La buena muerte

Adela Muñoz Páez

Una reflexión necesaria sobre la eutanasia, y las implicaciones morales y legales de luchar por una muerte digna.

La muerte sigue siendo un tema tabú en las sociedades occidentales, una cuestión que entendemos que está fuera de nuestras manos y que, en opinión de muchos, queda en manos de Dios. En consecuencia, la eutanasia, el derecho de cada uno a decidir sobre su propia muerte, es uno de los debates más controvertidos pero también más necesarios de nuestros días. Adela Muñoz Páez expone casos reales y explica cuales son las implicaciones científicas morales y legales de la eutanasia, en un texto que nos ayuda a reflexionar sobre el derecho a tomar nuestra última decisión.

En muchas ciudades españolas se venera al Cristo de la Buena Muerte, que aparece representado en hermosas imágenes talladas por los mejores escultores. Pero, a pesar del nombre, estas tallas no representan una muerte buena, precisamente. Tal y como se relata en los Evangelios, esa muerte fue un auténtico calvario que nadie desearía para las personas que quiere y que solo unos pocos dicen desear para sí mismos. Esa agonía representa la purificación por el sufrimiento, concepto presente en muchas religiones, y muy especialmente en la católica.

Hoy es posible morir de otra forma. Los avances de la medicina que nos trajeron mucha más vida, también pueden traernos paz y sosiego una vez llegada nuestra hora a través de la eutanasia, vocablo de raíz griega que significa «buena muerte». El conflicto surge cuando esa «buena muerte» requiere poner fin a la vida, porque esto choca frontalmente con uno de los principios morales más importantes en todas las sociedades: «No matarás». Sin embargo, a veces la vida puede convertirse en el más atroz de los suplicios. Una vez desterrada la tortura, ¿en nombre de qué se puede tolerar que la sufran personas inocentes? Y en el caso de que se decida escuchar las peticiones de clemencia de aquellos que quieren acabar con su vida para poner fin a su sufrimiento, ¿quién y en qué circunstancias tendrá potestad para atenderlas?

Todos tenemos que morir, todos tenemos que atender a otros en su muerte. Algunos cuentan con el consuelo de la religión, pero todos podemos contar con el auxilio de la ciencia. La forma en que podamos acceder a este auxilio depende de muchos factores, y para definirlos hay que recorrer un largo y tortuoso camino que, además, está lleno de escollos. De entrada, en nuestra sociedad adoradora de la belleza y la juventud, la muerte es un tema tabú, por lo que nunca es buen momento para hablar de ella. Por otro lado, todos tenemos recuerdos dolorosos asociados con muertes cercanas. Por último, las religiones tienen opiniones definidas respecto a cómo se debe morir, y algunos de sus representantes se creen en la obligación de imponer su criterio al conjunto de la sociedad. No obstante, la forma en que hemos de encarar la muerte es algo que tenemos que decidir entre todos, porque a todos nos afecta y porque esas son las normas en las sociedades democráticas aconfesionales.

Una de las cosas que más llaman la atención en los debates sobre la eutanasia es la beligerancia de los representantes de las religiones en general, y la de los de la Iglesia católica en particular. Al examinar este aspecto con detenimiento se llega a entender que no es crueldad, sino que se trata de una postura consustancial a la esencia de las religiones. Los principales blancos de los ataques, tanto de las iglesias como de los sectores más reaccionarios de la sociedad, han sido los médicos. Puede que esto se deba a que son ellos los que han liderado los movimientos ciudadanos para conseguir que el paciente tenga una muerte digna en el nuevo paradigma científico, que permite mantener con vida a una persona en condiciones impensables hace solo cuarenta años. Estos movimientos, que empezaron en los años treinta en Gran Bretaña, presentan características singulares en cada país, siendo Holanda aquel en el que más se ha avanzado. La incorporación de España a este movimiento ha sido tardía —puede considerarse que se produjo a partir de una carta publicada a finales de 19832—, pero los avances logrados son notables.

Dada la complejidad de una cuestión que tiene implicaciones médicas, jurídicas y éticas, tanto en España como en el resto de los países occidentales esta es objeto de un debate abierto, como pone de manifiesto la publicación en los últimos años de una gran cantidad de textos tanto divulgativos como destinados a profesionales. Asimismo, cabe destacar la creación de nuevas asociaciones para canalizar los movimientos ciudadanos. Uno de los últimos sondeos que evidencia el interés que despierta el tema en Europa es el realizado por Gallup3 a finales de 2012, del cual se han extraído los resultados que aparecen en el siguiente gráfico. A excepción de Grecia, entre un 71 por ciento y un 87 por ciento de los ciudadanos de los países europeos consideran que deben tener capacidad de decidir sobre su propia muerte.

 

Respuestas a la pregunta «¿Debería poder decidir cada uno el momento y la hora de su muerte?». Verde: sí; rojo: no; gris: no sabe/no contesta.

Mi interés por la eutanasia surgió al conocer las historias trágicas que nos han ido llegando a través de la prensa, historias que han puesto nombres y caras a esta cuestión. He seleccionado tres de las que han tenido mayor repercusión en Europa en los últimos años, y a partir de ellas he hecho la reflexión que recojo en estos textos. Mi perspectiva es la de una ciudadana que no es profesional de la medicina ni de las leyes, pero que está interesada en no perder su capacidad de decisión en un tema tan crucial como el de la muerte.

1. Una vía de escape

Mientras estaba escribiendo mi libro sobre el uso del veneno en el transcurso de la historia4, muchos amigos me preguntaban: «En confianza, llegado el caso, ¿cuál es la mejor forma?». Yo no podía responderles nada original ni fiable porque mi interés por los venenos era puramente histórico. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza prestar atención a esos aspectos de índole «práctica». Además, era algo por lo que no sentía ninguna curiosidad, a diferencia de algunos compañeros de trabajo, que decían haber probado varios venenos.

Entonces me di cuenta de que mi actitud era poco habitual; muchas personas con las que trato me decían que vivirían más tranquilas si conocieran una vía de escape por si llegaban a encontrarse en una situación desesperada, y pensaban que esa información podría estar en la documentación de la que disponía sobre envenenamientos históricos. El único contacto que yo había mantenido con el suicidio de pacientes terminales había sido a través de algunos artículos de prensa, en los que se contaba la historia de personas que habían conseguido acabar con sus vidas tras largas batallas en los tribunales y fuera de ellos. Como le sucedió a la mayoría de los españoles, mi primera inmersión en el tema tuvo lugar con la película de Alejandro Amenábar Mar adentro, ganadora de un Oscar en 2004.