La calle en marcha. Crónicas de un manifestante

Gabi Martínez

Una crónica contemporánea sobre las manifestaciones populares y los grupos conocidos como antiglobalizadores, que nos permite entender qué hay detrás de este término utilizado políticamente para estigmatizar a un grupo de gente que no cuestiona el progreso sino que propone canalizarlo de modo que no acabe con los recursos del planeta.

Las dudosas actuaciones de las fuerzas de seguridad contra los grupos antiglobalización en las últimas manifestaciones han levantado ampollas. Gabi Martínez se adentra en el mundo de los “antiglobalizadores”, asiste a sus asambleas y los acompaña en sus marchas para mostrarnos quién se encuentra detrás de esta etiqueta inexacta que tanto se utiliza y que cabría desmontar. La calle en marcha es una crónica del siglo XXI publicada previamente en el volumen Una España inesperada, antología que convirtió al autor en un referente del nuevo periodismo literario de nuestro país.

Jueves, 7 de marzo

08:00 – No suelo desayunar de cara a la tele pero como estoy poseído por una brutal ansia de información, conecto el Telenotícies de TV3 y veo a responsables de tráfico. En la A-2 prevén colas de hasta 100 kilómetros, aconsejan tomar rutas alternativas, utilizar el servicio público y un experto asegura que hay 100.000 coches que no sabe cómo accederán a la ciudad en los días de la cumbre.

10:40 – En la salida de metro de Palau Reial conversa un grupo de presuntos antiglobalizadores. Sujetan una cámara, un trípode y bolsas de las que sobresalen carteles enrollados. Me siento a la orilla de la hierba frente al palacio. Van apareciendo fotógrafos. El día es plomizo, de estratocúmulos bien grises y henchidos. En el lado sur del palacio han estacionado dos furgonas de donde salen antidisturbios que se distribuyen frente al césped y se colocan en posición de descanso con el casco negro colgando del cinturón. En los últimos tiempos los antidisturbios han oscurecido su indumentaria. Los cascos son negros y las furgonas combinan un azul intensísimo con el negro, igual que los uniformes, por lo que alguien ha bautizado este despliegue como Operación Añil. El añil favorece la escenografía intimidatoria, porque impone, da una sensación de opaco intraspasable que resulta persuasiva.

En el césped ya hay una considerable multitud de periodistas, varios cámaras de televisión incluidos, y localizo a AB y N en un ángulo de hierba. N sigue lastrando el menisco. El doctor le ha dicho que en una semana podrá abandonar las muletas pero aún será temprano para emprender carreras así que ruega por una cumbre en calma.

AB se ha afeitado deficientemente y le quedan pelillos sueltos. Sigue fiel al abrigo de su abuelo. Cuando mira al otro lado de la Diagonal se da cuenta de que falta algo.

—¿Dónde está el muro?

Los antiglobalizadores experimentan una ligera incertidumbre. Nadie sabe dónde está el muro pero tampoco quieren preguntar a los periodistas porque no es plan ir divulgando el desconcierto. Como AB es mi amigo y yo hago footing por aquí, les digo que hay dos zonas restringidas, una en dirección a la A-2, en la siguiente estación de metro, y otra entorno al Princesa Sofía. O sea que estamos en el medio.

—Tiraremos hacia la A-2.

Tres policías se acercan a AB, N y sus colegas y todas las cámaras les enfocan deprisa.

—Hola, buenos días —dice un agente con bigote de tiralíneas—. Ustedes son los que van a manifestarse, ¿no?

—Bueno, nosotros estamos aquí, sí.

—¿Y saben cuánto tiempo va a durar esto y dónde lo van a hacer?

Los antiglobalizadores se miran, encogen los hombros, dicen «no sé, por ahí, aún no lo tenemos claro».

—¿Y en qué consistirá su acto?

—No sé, aún no está nada claro, cortaremos unos veinte minutos la Diagonal y luego ya veremos.

—¿Pero no saben dónde?

Negaciones, encogimientos, y despedida.

Cuando se van, AB dice que esto es el encuentro cordial para verse las caras, desearse buena suerte y decirse «Bueno, ya nos veremos corriendo».

Empieza una exótica peregrinación por la Avenida encabezada por los convocantes, entre ellos un tipo —N- que maneja las muletas a velocidad de remero, un señor requetemaduro con gabardina, periodistas que cargan aparatosos artilugios y una hilera de furgonas antidisturbios que hablan por walkie talkies mientras avanzan por los carriles lejanos de la Diagonal.

Una chica nos enseña la botella de cava con la que pretende inaugurar la cumbre, y la cinta azul de protocolo. En la esquina de Diagonal con Doctor Marañón está la New Jersey frente a un paso cebra acordonado por decenas de policías con cascos —esta vez ya puestos en las cabezas— que de pronto se despliegan blandiendo majestuosos escudos negros. Y nos rodean. Dos polis esgrimen bocachas —los fusiles para lanzar pelotas de goma y proyectiles de ese estilo— y los periodistas se arraciman a la estela de los manifestantes. Tras una corta conversación, en vistas de que ahí no podrán «inaugurar» la anticumbre, los antiglobalizadores encaran de nuevo la Diagonal y la remontan junto al Real Club de Polo. Se detienen frente al Palacio de Congresos y los antidisturbios que lo custodian nos rodean en un cordón perfecto integrado por 24 agentes. La equivalencia de periodistas + manifestantes y antidisturbios es de uno contra uno. En ocasiones, la distancia entre el agente y el antiglobalizador no llega a medio metro. Un policía ronda la concentración grabando con cámara digital, como un padre en un picnic.

Dos antiglobalizadoras extienden una cinta azul delante del grumo de periodistas ya tan comprimidos que asemejan una criatura policéfala seducida por la chica, que dice:

—Y así queda inaugurada la cumbre. ¡Corta vida a la cumbre!

—Ha nacido una estrella—, afirma AB mientras sus colegas cortan la cinta y como el asunto no está para romper botellas, rasgan un tetrabrik de sangría Don Simón y proceden al turno de entrevistas.

Los jóvenes que hablan a las cámaras son instados por los periodistas a identificarse —«¿cómo te llamas? ¿quién eres?»— Y ellos recurren al nombre de pila, Me llamo María, Yo soy Enrique, y cuando le toca a AB dice Mi nombre es A(…), pero esta vez nadie le pregunta ¿A(…) qué? Porque ya les quedó claro que la B atañe a su intimidad.

Cuando a AB le plantan varios micrófonos a centímetros de la boca, pide:

—El derecho al souvenir, es decir a sacar fotos, porque hay noticias de que la policía va a penalizar a quienes lleven cámaras de vídeo o fotos sin estar acreditadas. Así que una buena idea sería salir todos con cámaras a la calle, a fotografiar a quienes nos fotografían.