La hora de la verdad (e-original)

Glenn Cooper

A la espera del desenlace de la aclamada trilogía de Glenn Cooper, formada por La biblioteca de los muertos y El libro de las almas, este relato inédito vuelve a sumergirnos en los misterios insondables de la abadía de Vectis y su siniestra colección de libros.

Miami, 2020. Will Piper, ex agente del FBI, al fin disfruta de la tranquilidad que tanto le ha costado alcanzar desde que se cruzó en su vida el misterio de la biblioteca de los muertos y reveló a una atónita humanidad la fecha del fin del mundo que los escribas de la abadía de Vectis habían predicho.Pero ese ansiado retiro no va a durar mucho: el secuestro del hijo de un senador de Estados Unidos tiene a la opinión pública conmocionada, sobre todo porque el senador Killian podría convertirse en el presidente que lleve al país al temido «fin de los días».El principal sospechoso es Cameron MacDonald, responsable de la seguridad del político y antiguo compañero de Piper. Y, por esa amistad, para demostrar la inocencia de su amigo, Will está dispuesto a desafiar todas las normas. Incluso las que impone el Área 51 sobre la información secreta que se halla en los libros de los malogrados escribas.

Enero de 2020

—Policía. Urgencias. ¿De qué se trata?

—¡Mi niño! Ha desaparecido.

—¿Desaparecido?

El hombre parecía muy angustiado.

—Secuestrado. Han dejado una nota. ¡Envíen a unos agentes!

—¿Cuántos años tiene su hijo?

—Tres meses; no, cuatro.

—¿Y dice que hay una nota?

—Sí. En la habitación del bebé. Mi mujer acaba de verla.

—Dígame su dirección.

—El 7220 de South Ocean.

—¿Palm Beach?

—Sí.

—¿Y usted se llama…?

—Soy el senador John Killian.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Y luego:

—¿El senador Killian?

—¡Sí, hombre, sí! Haga el favor de mandar a unos agentes enseguida…

—Varias unidades están de camino.

Will Piper estaba capeando literalmente un temporal, bailando rock’n’roll dentro de la cabina de su barco de once metros de eslora, el Will Power.* Un rato antes, cuando el mar estaba tranquilo y el cielo de un rosa ocaso, Will había sujetado el barco a su amarre con tantos cabos que parecía un insecto gordo preso en una tela de araña. Pero ahora lo único que podía hacer era agarrarse fuerte y confiar en que, pasado el vendaval, no tuviera que llamar a la aseguradora.

Esa noche no se encontraba solo. Varios de sus colegas de navegación estaban también en sus respectivas embarcaciones; antes de que el temporal alcanzara Panama City procedente del Golfo, un grupito del club náutico había organizado una comida al aire libre con profusión de latas de cerveza, y al tocar tierra la tempestad conectaron las radios para saber cómo les iba a sus vecinos.

Will los escuchaba intercambiar mensajes. Estaba tendido cuan largo era en un asiento acolchado, los músculos en tensión para no caerse cuando el barco se escoraba. Por una vez se alegraba de que Nancy y Phillip no estuvieran con él. Phillip no era problema —al chaval le iba la marcha—, pero Nancy odiaba el mal tiempo y le habría echado las culpas a Will por salpicarse con la sopa. El temporal aún tardaría un día en llegar a Virginia, pero Nancy también sabría lo que era bueno. Los colegios cerrarían por la nevada, Phillip tendría un día de asueto, y a su madre le tocaría buscarse la vida para colocar al niño en casa de alguno de sus amigos. La alta oficialidad del FBI no disfrutaba de días de asueto ni que se hundiera el cielo.

La lluvia percutía con fuerza en las ventanas de plexiglás. Will tenía las luces de la cabina a poca intensidad para no perder detalle del espectáculo luminoso; cada vez que oía un trueno contaba los segundos hasta el relámpago, como había hecho de pequeño en aquella misma parte del país. Nueve segundos, cinco, tres. La tormenta estaba encima y las comunicaciones por radio crepitaban con las interferencias.

El retumbo ahogó el tono de su teléfono móvil, pero en el último momento, antes de que el aparato conectara el buzón de voz, Will lo oyó. Era un modelo pasado de moda, un smartphone de los sencillos, sin la parafernalia de accesorios de los NetPen que ahora usaba casi todo el mundo. Ni pantalla reflectante, ni imágenes en 3D, ni interactividad inteligente de voz: la simple pantallita de cristal líquido y nada más, como en los viejos tiempos. Una reliquia, igual que él.

No reconoció el número.

—¿Diga?

—¿Will? ¿Will Piper?

—Sí. ¿Quién es?

—Hola, Will. Soy Cam MacDonald. ¿Te acuerdas de mí?

Se acordaba. Cameron MacDonald. Los dos habían trabajado en la sucursal del FBI en Indianápolis a finales de los años ochenta. Habían llevado varios casos juntos y compartido más de una juerga en sus ratos libres. En aquella época, Cam bebía todavía más que él, si tal cosa era posible. Un tipo campechano, se había casado con una de Texas y conseguido el traslado a San Antonio. Will, presente en la boda, se había ganado un cabreo de su propia mujer apostando con otro agente a ver cuánto tardaría Cam en divorciarse. A la postre, Will se le adelantó en los tribunales por unos cuantos años.

—Joder, Cam. ¡Cuánto tiempo!

—Sí, ya ni me acuerdo. Un montón de años. ¿Cómo te van las cosas? Oye, ¿hay tormenta o algo?

—Estoy a bordo de mi maldito barco en pleno jolgorio atmosférico.

—Uf. Bueno, pues si necesitas las manos para conducir, o lo que sea que hagáis en los barcos, te llamo más tarde.

—Tranquilo. Aquí estoy, bien atadito. De momento solo voy de un lado para otro como un cubito de hielo en una coctelera. ¿Cómo me has localizado?

—Bill Tannenbaum.

—No me digas. Con él también hace siglos que no hablo.

—Bill tenía tu número. Sigues viviendo en Florida, ¿no?

—Panama City. Paso temporadas aquí y temporadas en Virginia. Nancy, mi mujer, es un pez gordo en Washington.

—Sí, eso me han contado. Parece que va camino de ser la primera mujer directora.

—No sé si habrá margen de tiempo suficiente para eso, la verdad.

Quedaban solo siete años para el 2027. Nancy estaba en pista rápida, pero no tan rápida.

—Te entiendo. Eso del Horizonte es una putada.

Will había agotado sus recursos para la charla trivial; le preguntó a Cam qué podía hacer por él.

—¿Estás al corriente del secuestro del hijo del senador Killian en Palm Beach, hace dos días?

—Sí, claro. No soy muy de seguir las noticias, pero todo el mundo habla de lo mismo. ¿Y qué tienes tú que ver con ese asunto?

—Trabajo para Killian. Guardaespaldas, chófer, ese rollo. He currado con él durante un año. Antes estaba Chuck Steuben, otro ex de la agencia, él me pasó el trabajo.

—¿Killian no tiene un servicio secreto?

—El trato era que si gana de calle las elecciones, le pondrían protección. Ya sabes, presunto nominado y todo eso. El secuestro ha hecho que la cosa se dispare. Parece ser que ahora contará con todo un ejército.

—¿Parece?

—Es que yo ya no estoy en nómina. Bueno, peor que eso. Lo creas o no, soy un sospechoso en lo del secuestro. Necesito un buen abogado con urgencia. Pensaba que estando en Florida seguramente conocerás a algún buen criminalista por esa zona. Estoy jodido, Will, te lo juro. Me vendría bien un amigo.

La ventisca que azotó Virginia un día después convirtió el trayecto cotidiano de Nancy Piper a Washington en una carrera de tortugas. Mientras miraba enfurecida el inexorable reloj del salpicadero, se dedicó a pensar cosas feas de su marido.

Eran, desde hacía siete años, un matrimonio poco o nada convencional. Mientras que Will seguía prácticamente retirado de la circulación, ella había ascendido con agilidad de trapecista en el escalafón organizativo del FBI. Su traslado al cuartel general en Washington supuso abandonar Pittsburg, lugar de su último puesto de trabajo, y mudarse a Reston (Virginia) con el hijo de ambos, Phillip. Era una casa preciosa de tres habitaciones en una parcela arbolada, y Will no tardó en sumirse en la locura extrarradial. Si había un pez fuera del agua en el país de los oficinistas, los trayectos al colegio y los partidos de fútbol de los críos, ese era Will Piper.

Aunque casi todo el mundo suponía que al gran Will Piper, el hombre que había sacado a la luz la existencia de la Biblioteca de Vectis y el mundo oculto de Área 51, le iban muy bien las cosas, no era ese el caso en absoluto.