La mancha de humedad

Alberto Marcos

Dos relatos sensacionales, en los que andamios y humedades se convierten en metáforas precisas de la vida en construcción, y subrayan la precaria estabilidad sobre la que se sostienen la identidad o el deseo.

«Hay una mancha de humedad en el techo del ático, frente al ventanal de acceso a la terraza». De este modo aséptico describe el aparejador en su informe las molestas goteras que turban la existencia del protagonista del primero de los relatos. Unas manchas de contornos difusos y amenazantes, como las figuras de un test de Rorschach, que despiertan en él los recuerdos de un desamor reciente y le devuelven un reflejo aterrador de sí mismo, como un Dorian Gray contemporáneo.

El escenario del segundo de los relatos es el interior de un edificio en obras, donde un cartel publicitario que anuncia las ventajas de un nuevo plan hipotecario sirve para ocultar las pequeñas tragedias que atraviesan las vidas de los personajes que lo protagonizan, dejándolas en penumbra. Treintañeros en busca de una felicidad que se les escapa, habitados por la soledad, la incomunicación y el desencanto.

Dos relatos sensacionales, en los que andamios y humedades se convierten en metáforas precisas de la vida en construcción, y subrayan la precaria estabilidad sobre la que se sostienen la identidad o el deseo.

La mancha de humedad y La vida en obras fueron publicados por primera vez en la colección de cuentos La vida en obras (Páginas de Espuma, 2013).

¿Qué me gustaría hacer en esta tarde primaveral de viernes? Voy a decírtelo con toda sinceridad, Santiago: metería la mano en una de esas freidoras burbujeantes, dejaría que el aceite hirviendo me escaldara y se transformara en mi segunda piel, una piel reluciente, renovada, ambarina. Eso es lo que haría, aunque te pueda parecer melodramático. Pero todavía no hay casetas, ni fritangas, ni aceites. Esperaremos a otro día, ¿vale?

«Hay una mancha de humedad en el techo del ático, frente al ventanal de acceso a la terraza, como a un metro y medio del mismo. Con toda probabilidad, la filtración la provoque algún defecto en la impermeabilización de la cubierta. También se observa un desprendimiento del encintado de las placas de pladur del falso techo que se inicia en la tabica del cambio de altura y tiene una longitud de aproximadamente dos metros.»

Leo el informe del aparejador y me parece una forma tan buena como cualquier otra de describir cómo me siento. La mancha de humedad es un bisonte rupestre. El desprendimiento del encintado es la grieta gigante que da forma al abismo. Estas dos últimas frases son de cosecha propia. Me muero de curiosidad por saber qué es lo que verías tú, pero no creo que eso vaya a ser posible.

Más allá de la ventana, realizan los preparativos de una verbena. Un colombiano está probando el micrófono. Funciona a la perfección, así que aprovecha y da órdenes: del taciturno «uno, dos, probando» al autoritario «trabajad, gandules». Casi puedo oler la pegajosa fritanga que durante el fin de semana flotará como una brisa quieta.

Llaman a la puerta, será el perito. Le abro: es un hombre con bigote, pantalones de vestir y camisa azul claro de manga corta que lleva desabrochada a la altura del esternón. No es el perito, es Manu, el portero. Me saluda con voz nerviosa, pero, como siempre, la incomodidad por importunarme le dura dos segundos.

—El administrador estuvo aquí.

—Y el aparejador.

—¿Ha visto que le pasé el informe por debajo de la puerta?

El viento trae los acordes de una bachata.

—Son los ensayos de su banda —dice apuntando con la barbilla la ventana—. Mi yerno, ya sabe, es colombiano.

—¿Cómo está su hija? —pregunto.

—No quiero saber nada de ella. Uno no se va así como así dejando a un marido y a un bebé.

Conozco a Manu e imagino a su yerno, no me resulta difícil excusar a su hija. Pienso que se quedó embarazada demasiado joven. Y que después se enamoró de alguien. Creo que alguna vez te he escuchado decir que el amor lo disculpa todo. Pues ahí tienes.

«Me voy contigo, me voy contigo», canta el playback al son de una trompeta.

¿Sabes qué? Envidio a la chica. Ha ido detrás de algo bello, a mí la belleza me da la espalda. Supongo que ya sospechas, Santiago, por dónde van los tiros.

—Yo me tengo que ir —se disculpa Manu—. No puedo esperar al perito.

—No hacía falta que lo esperara —replico bruscamente.

Manu vuelve a disculparse. Justo antes de cerrarle la puerta en las narices, veo que uno de sus zapatos negros, sucios y cuarteados por el uso, está parcialmente desatado. Es un símbolo de desamparo, y una ráfaga de culpa me recorre la columna vertebral. Retomo la lectura del informe del aparejador, bajo la mancha de humedad del techo. Juraría que ahora no es un bisonte, sino un cazador de mamuts.

«Me voy contigo, me voy contigo», repite el estribillo grabado.

No hay nadie en la pista de baile, sólo es una prueba.

Cuando llega el perito, estoy tumbado en el sofá, he conseguido dormitar un poco gracias al vodka y recuerdo lo que he soñado. En el sueño, el perito llamaba al timbre, le invitaba a entrar y descubría que tenía tus facciones. Su actitud, en cambio, era muy diferente a la tuya: se movía con altivez, como lo haría un comprador de esclavos ante la mercancía. Lanzaba miradas al techo, sin dirigirse a mí. Yo me recreaba en sus hombros de cordillera, en sus manos, finas y largas, en las patillas con forma de hacha, y tenía que contener el ansia que siento por ti (es el doble de frustrante reprimirse en un sueño). Finalmente, él (o tú) llegaba a la mancha de humedad y decía: «Es la silueta de una mujer». Después se reía como el villano de una película de Disney. Me he despertado con una erección.

Cuando hablo de belleza, no me refiero a la belleza física, sino a todo aquello arduamente definible que hace que una persona nos resulte seductora. El cabello desgreñado y somnoliento. O el pequeño tartamudeo de un «buenos días». La vista concentrada en una pantalla de ordenador. El punto desnudo en el que se encuentran la nuca y los hombros. No me basta con apreciar esa belleza. Necesito poseerla y no está a mi alcance.

Vuelven a llamar al timbre. Me levanto del sofá y abro la puerta. El perito es un chico un poco más joven que yo, de gafas redondas, sonrisa nerviosa y pantalones caquis. Me da la mano y se presenta como el «perito tasador». Suelto una carcajada, no sé por qué me ha hecho gracia. El chico, eficiente e inexperto, echa una ojeada a la botella de vodka que hay sobre la mesa del salón. Estoy seguro de que también se ha fijado en que la tengo tiesa. Murmura una disculpa y mira el techo como queriendo perderme de vista. De espaldas, puedo estudiarlo: no es alto, tiene los hombros ligeramente caídos, con la espalda formando un triángulo hasta la cadera. El culo es amplio, como una hogaza de pan.

¿Ves? A esto me refería. ¿Acaso alguien apreciará la belleza de nuestro perito tasador? ¿Acaso alguien apreció en su día la belleza de Manu, el portero? No puedo quitarme de la cabeza tu mirada esquiva, medrosa, impresionable… Y la imagino recorriendo la silueta de una chica semidesnuda que, apoyada en el lavabo de un baño público, te invita a desabrocharte los pantalones. Querido amigo: la frustración no sólo la provoca la incapacidad de poseer la belleza, sino sobre todo ser testigo de que otros la poseen por ti.

Mientras el perito echa una ojeada al techo, me acerco por detrás. Noto su nerviosismo. Huelo su miedo. Y me siento poderoso.

—El informe del aparejador —digo y él pega un respingo.

Una vez, hace tiempo, pegaste un respingo parecido desde el sofá en el que me acabo de echar la siesta. Después de una cena con amigos, de muchas botellas de vino, el sol empezó a asomarse tras los sauces del parque. Y todos echaban cabezadas en la cama, en los sillones, en el sofá… Yo te observaba. Tu pecho subiendo y bajando. Y, de súbito, ese pequeño sobresalto, como tocar la verja electrificada entre la vigilia y el sueño. O quizá algo dentro de ti supo que yo te miraba. Carraspeaste un poco y giraste la cabeza hacia el cojín. Y se te marcó el músculo del cuello como si estuviera esculpido.

—El informe es concluyente —dice el perito. Y al escuchar su propia voz, profesional y definitiva, gana en seguridad y se atreve a encontrarse con mis ojos. Los suyos son verdes, aunque probablemente nadie los mire tan de cerca como los escudriño yo ahora.

El perito no resiste el duelo de miradas y se aparta para abrir su maletín.