La primera teoría del amor (e-original)

Francesco Gungui

¿Cuándo y cómo se conocieron Luca y Alice? Descúbrelo en este relato inédito, publicado únicamente en ebook y protagonizado por el carismático Luca de Siempre estarás tú.

Luca, el amigo-y-algo-más de Alice, seduce por sus extrañas teorías sobre cualquier aspecto de la vida. Ahora, tenemos la oportunidad de conocerlo en primera persona: divertido, mordaz y seguro de sí mismo. Nos cuenta cómo elaboró sus primeras teorías cuando sólo era un niño y, a través de ellas, descubriremos también a quién dio su primer beso, cuándo tuvo su primera cita y cómo conoció a Alice.

Vi a Alice por primera vez en los servicios de los vestuarios del gimnasio. Ella estaba hablando con su imagen reflejada en el espejo. Yo estaba trepando a un armario para llegar a la ventana, huir por ella al patio del colegio y, desde allí, hacia Génova, donde me embarcaría en un buque mercantil para vivir siempre en medio de los mares.

Ahora bien, yo tenía buenas razones para hacer lo que estaba haciendo. Media hora antes de mi intento de fuga, Laura, una chica preciosa, dulce y triste, me había dado calabazas. Yo tengo una versión de cómo se desarrolló el breve diálogo que mantuve con Laura aquel día, versión que Alice se empeña en poner en entredicho.

—Huye conmigo —acababa de decirle. Estábamos en el pasillo, delante de su aula. Ella me había dicho que según su madre era demasiado joven para salir con un chico. Así que yo la invité a desafiar los límites y las convenciones sociales.

—No escuches a tus padres, escucha a tu corazón, huye conmigo.

—Pero ¿adónde quieres huir?

—A cualquier sitio, vayámonos a Francia, a Estados Unidos… juntos construiremos una nueva vida.

—No podemos, Luca. Verás, eres un chico perfecto, y deseo que tengas una vida maravillosa, pero yo ya estoy comprome…

Vale, no es verdad, las cosas no ocurrieron así. Aunque podría citar al menos dos o tres películas que ponen la madrugada del domingo, en las que las separaciones se producen precisamente así.

No, las cosas ocurrieron de la siguiente manera:

—Estoy saliendo con Fabio.

—¿Y quién es Fabio?

—No lo conoces, está en bachillerato.

—¿Sales con uno de bachillerato?

—Sí, adiós.

—Adiós.

Por ese motivo pocos minutos después estaba corriendo escaleras abajo hacia la única escapatoria que te permitía huir del colegio sin que te viera el vigilante de la puerta.

Justo cuando entré en el gimnasio de la entreplanta y de ahí en los vestuarios, sonó la campana que anunciaba el final del recreo. Me dirigí directamente hacia el armario sobre el cual estaba el ventanuco que daba al patio.

De repente, un ruido.

No estaba solo.

De la puerta que dividía los vestuarios del servicio llegaba una voz. Alguien hablaba rapidísimo y en voz baja. Faltaba el interlocutor. Intrigado, me asomé a la puerta y la vi.

Llevaba vaqueros ceñidos y una camiseta que le dejaba al aire un poco de barriga. El pelo estaba recogido en una coleta alta. Pero lo que de primeras me chocó fue que estuviera hablando, gesticulando animadamente, con su imagen reflejada en el espejo.

—Ya, ¿y encima te crees muy lista? —decía—. Alice, atiéndeme, piensas demasiado, es evidente, ese es tu problema. ¿Que por qué? ¿Quieres un ejemplo? Llevas media hora encerrada en el servicio hablando conmigo, y yo soy solamente tu imagen.

Yo observaba la escena desde la puerta. Aquella chica debía de estar francamente mal.

—Y no empieces de nuevo con que los demás no te entienden —dijo tras una breve pausa—, los demás te entenderán cuando tú seas capaz de hacerte entender. Eso me parece tan obvio que me resulta casi ofensivo seguir adelante con esta conversación.

Después de la última parrafada estaba bastante decidido a largarme de allí; aquella chica estaba loca, yo no quería saber nada de una chica loca, a mí solo me gustaban las dulces y tristes. Sin embargo, no me había dado cuenta de que mi imagen también se reflejaba en el espejo, y de que era perfectamente visible desde el ángulo de la chica loca. En efecto, ella reparó en mí en ese preciso instante.

—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —preguntó sin volverse, de manera que tenía que dirigirme directamente a su imagen.

—Perdona, soy, estaba… —balbucí. No tenía por qué confesarle a aquella chica quién era ni qué estaba haciendo allí. Ella permaneció inmóvil, en silencio. Tenía la tez clara y tersa, los rasgos suaves, la nariz un poco chata y los labios ligeramente fruncidos. No sabía si era mona o no. O sea, me lo pregunté instintivamente porque, por un lado, me había parecido guapísima y, por otro, también triste, lo que para mí constituía un requisito fundamental.

—No estoy hablando sola —dijo con sequedad. Durante un instante su rostro perdió toda magia. No se había transformado en una morsa, vale, sencillamente ya no tenía aquella dulzura ni aquella rudeza que juntas habían creado una expresión única. Me recordaba un poco esas pegatinas que muestran imágenes distintas según la inclinación. En una podías ver una rana, y, al inclinarla, aparecía un príncipe. Sí, Alice me había parecido eso, el cruce entre una princesa y una rana.

—Hablabas con tu imagen —dije para tranquilizarla.

—¿Tú no lo haces nunca?

—No; cuando estoy así, huyo.

—¿Cómo así? ¿Y qué quiere decir que huyes?

—Así de triste y cabreado. Y que huyo quiere decir que me voy solo a algún sitio.

—¿Y ahora estabas huyendo?

—Sí, me voy a Génova, me marcho por mar.

Recuerdo que sonrió. Y entonces se volvió hacia mí, mientras su imagen me daba la espalda. Tenía los ojos rojos y brillantes, pero no había rastro de lágrimas en sus mejillas. Daba la impresión de que todas las lágrimas se hubieran esfumado.

—¿Así que te vas por mar?

—Sí. Me voy hacia el norte, creo.

—Me parece una buena idea, aquí empieza a hacer calor.

—En efecto. ¿Quieres venir conmigo?

—Tengo que terminar de hablar con la gilipollas de mi imagen.

—Ah, claro, tienes razón.

Una sonrisa se había encendido en sus labios, rosados y brillantes. Y a mí, por primera vez, me dio por reír en un momento triste. Hasta aquel día siempre había reído cuando había que reír, cuando alguien hacía algo gracioso o me contaba un chiste. Alice me había hecho descubrir que se podía reír cuando se está triste, y era una sensación estupenda y nueva.

A partir de aquel día, ya nada nos separaría.

Dos años después estábamos en la misma clase, en secundaria. Y además éramos compañeros de pupitre. Fue en aquel año cuando, durante una breve etapa, las cosas cambiaron entre nosotros. Fue en aquel año cuando comprendí que definir los sentimientos es como tratar de cortar el aire. Fue en aquel año cuando, durante la okupación del colegio, me encontré una noche, hacia las siete, atrapado en la azotea del colegio con ella.

Nos habíamos hecho amigos. Muy amigos, pero nada más.

Habíamos entrado en la azotea por una puerta de emergencia que solo se abría por dentro. Estábamos en la segunda planta, los pocos okupas que iban a pasar allí la noche estaban en la planta baja, era el 20 de noviembre y hacía un frío espantoso.

Habíamos aporreado las ventanas pero nadie nos oía y a esa hora ya se habían ido del colegio todos nuestros compañeros.

—¡Qué putada! —dijo ella.

—Bueno, tampoco.

—¿Qué dices?

—Según mi teoría del destino, esto no es ninguna putada.

—¿Por qué?

—Porque todo tiene un sentido, solo tienes que intentar averiguar dónde pueden llevarnos los acontecimientos.