La tercera persona

Henry James

Un Henry James casi desconocido en este relato de solteronas y fantasmas.

Henry James empezó a escribir relatos para periódicos estadounidenses en 1875, y nunca dejó de compaginarlos con sus novelas, no por más conocidas, necesariamente mejores. En la narrativa de corto aliento encuentra el genio de James el espacio preciso para mostrarnos las caras más sutiles de los conflictos humanos con un retrato magistral de los personajes que es la “marca de la casa” del más británico de los escritores americanos.La tercera persona (1900) narra con melancólico humor la problemática intimidad de dos solteronas con un fantasma que despierta una equívoca primavera en el otoño de sus vidas.Este relato forma parte de la antología Relatos.

Cuando, hace unos pocos años, dos buenas señoras, que nunca habían sido íntimas, ni más que simples conocidas en realidad, se encontraron compartiendo domicilio en la pequeña pero antigua ciudad de Marr, las consecuencias fueron dignas, naturalmente, de mención aparte. Llevaban el mismo apellido y eran primas hermanas; pero hasta entonces sus caminos no se habían cruzado; no había habido coincidencia de edad que las uniera; y la señorita Frush, la más madura, había pasado gran parte de su vida en el extranjero. Era una mujer dócil, reservada, que hacía bocetos, y a quien el destino había condenado a una monotonía –triunfante sobre la variedad– de pensions suizas e italianas; en cualquiera de las cuales, con su sombrero bien atado, sus guantes y sus botas resistentes, su sillita de campo, su cuaderno de dibujo, su novela de Tauchnitz*, habría servido con singular propiedad para ilustrar la portada de una historia natural de la vieja solterona inglesa. Lo cierto es, pobre señorita Frush, que les habría dado a ustedes la impresión de ser una tan afortunada representación de su tipo que difícilmente habrían podido equiparla con la dignidad de un ser individual. Esto era lo que ella, sin embargo, prefería según sus allegados: una identidad harto contumaz, que alguna vez hasta pudo ser hermosa, pero que ahora, descolorida y en los huesos, tímida y desproporcionadamente rara, capaz de pronunciar sólo interjecciones vagas, y con una apariencia en la que sólo se veían el monóculo y los dientes, podía ser reconocida sin dificultad y lamentada sin reparo. La señorita Amy, su pariente, que, diez años más joven, tenía una figura distinta –una figura que, aunque parezca mentira, habiéndose formado casi enteramente en tierra inglesa, habría podido delatar influjos foráneos en mucho mayor grado–; la señorita Amy era morena, enérgica y expresiva: de muy joven, hasta se había dicho que llamaba la atención. Hacía gala de una inocente vanidad al tratar el tema de su pie, un miembro en el que veía, en cierto modo, una prueba de su buen criterio, o cuando menos de su buen gusto. De no haber sido bonito, siquiera, se habría consolado pensando que lo llevaba bien calzado: nunca –no, nunca, como Susan– habría prescindido de él. Sus ojos vivaces y castaños resultaban comparativamente audaces, y había aceptado a Susan, definitivamente, como un espantajo. Hasta pensaba, y por ello lo deploraba en silencio, que era una pava. Y eso que ella no era, en modo alguno, un corderito.

Se había beneficiado, este inocuo par, del testamento de una vieja tía, una dama prodigiosamente anciana, a quien, en las postrimerías de su vida, no habían tenido oportunidad, en buena parte por culpa de terceros, de ver apenas nada; razón por la cual la pequeña propiedad que les tocó en herencia tuvo el feliz efecto de parecer caída del cielo. Por lo menos cada una de ellas aparentó ante la otra no haber ni soñado siquiera una cosa así…, como en verdad pocos motivos había habido para fomentar sueños en el triste carácter de lo que ahora llamaban el «horrible entourage» de la malograda dama. Creían ellas que su propia gente la había tenido engañada y atemorizada, y habría sido poco razonable esperar de la señora Frush un acto de casi inspirada justicia. La buena suerte de las sobrinas de su marido había consistido en que ella sobreviviera en la práctica, en su mayor parte, a aquellos que la querían mal, y así, muy a lo último, pudo morir sin ser culpable de separar el buen uso Frush de las buenas propiedades Frush. De sus bienes, completamente suyos, había hecho lo que había querido; pero se había apiadado de la pobre Susan sin patria y acordado de la pobre Amy sin marido, aunque confundiéndolas quizá un poco a bulto en su provisión final. El testamento prescribía que, de no haber otro arreglo más conveniente para sus ejecutoras, la vieja casa de Marr podía venderse para su común beneficio. Lo que aconteció, al cabo, fue que las dos herederas, avisadas a su debido tiempo, aprovecharon rápidamente la oportunidad –y sin ponerse en absoluto de acuerdo– de juzgar sus posibilidades sobre el terreno. Llegaron a Marr, cada una por su lado, y Marr les gustó tanto que se quedaron. Así fue como se encontraron: la señorita Amy, acompañada por el mozo del procurador local, se presentó personalmente en la puerta de la casa con la intención de solicitar su admisión a la guardesa. Pero cuando la puerta se abrió apareció no la guardesa, sino una señora inesperada, y que a nadie esperaba, con un impermeable muy viejo, que sostenía un monóculo de manija larga de un modo muy parecido a como un niño sostiene una carraca. La señorita Susan, ya en la plaza, yendo y viniendo, curioseando, remirando en ausencia de la encargada, que había salido a un recado, se mostró de esta guisa asentada en sus posesiones; y fue sobre este principio como, a través del monóculo, se vieron las primas una a otra con cierta penetración incluso antes de que Amy entrara. Luego, por fin, cuando entró, no hubo, igual que Susan, de volver a salir.

Nos llevaría demasiado lejos imaginar lo que habría podido ocurrir de haber dispuesto la señora Frush, como condición de su benevolencia, que las beneficiarias de ésta hubieran de cohabitar, de vivir en pacífica comunidad, bajo el techo que les legaba; pero lo cierto es que, mientras se encontraban allí, tuvieron ambas al mismo tiempo la misma idea impremeditada. Las dos tomaron conciencia sobre el terreno de que la vieja y querida casa era exactamente lo que cada una, y exactamente lo que la otra, necesitaba; se ajustaba a la perfección a su deseo de un puerto tranquilo y de un futuro seguro; cada una, en fin, quería convencer a la otra de quedarse con la casa. De ahí que no se vendiera; y que pasara, en cambio, a ser de su propiedad, con las viejas dependencias extremadamente «bonitas» de la difunta dama no sólo sin tocar ni dividir, sino devotamente reconstruidas e infinitamente admiradas, en tanto que los agentes de su voluntad testamentaria se regocijaban al ver las diligencias así de simplificadas. Quizá tuvieran éstos, para sus adentros, alguna duda; quizá la tuvieran sus esposas; habrían podido vaticinar cínicamente la pelea más feroz, en cuestión de tres meses, entre el iluso par de asociadas, y la disolución de la sociedad entre recriminaciones de toda clase. Sólo podemos decir que tales profetas habrían profetizado de un modo vulgar. Las señoritas Frush no eran vulgares; habían apurado la copa de la soltería y la habían encontrado especialmente amarga; no les eran desconocidas ni la soledad ni la tristeza, y reconocieron con la debida humildad la gran ocasión de sus vidas. En cuestión de tres meses, además, cada una conocía ya lo peor de la otra…