La tierra incierta y otros cuentos

Monica Lavin

La exitosa autora Mónica Lavín comparte esta serie de cuentos para el sello digital Flash.

¿Qué sucede cuando una noticia que supone cierta alegría no causa sino lo contrario? Una noticia que inquieta, que genera nostalgia y, sobre todo, miedo a lo desconocido. Y sin embargo, lo que está en juego es el amor. La decisión, buena o mala, radica en ponderar el dolor que producirá la ausencia de todo aquello a lo que hay que decirle adiós. Y he ahí el horizonte: una nueva vida, un mundo inexplorado al otro lado del mar, de cálidas corrientes y sensaciones húmedas, pero inmerso en una guerra. Una tierra incierta: único testigo de los lazos que mantienen unida a una pareja. Estos cuentos tienen un solo hilo conductor: la ceguera, producto del amor que tarde o temprano deriva en tristeza, amargura o incertidumbre.

Ángela no tuvo más remedio que ceder la mejilla a su suegro cuando la comitiva, abusando de tan inusitada situación, pidió el beso. Salían de la mano de Nuestra Señora de la Consolación, y aunque el festejo era alegre y el matrimonio había sido largamente anhelado, Ángela sintió la falta de Miguel. Su suegro era alto y tenía la frente amplia como su prometido que hoy era su marido, pero no tenía esa sonrisa casi traviesa ni podía levantarle la barbilla para besarla suavecito en los labios. Para entonces, Ángela ya no estaba segura de los rasgos de Miguel; tal vez se había inventado lo de la travesura en la sonrisa. La suavidad de sus besos era una certeza magnificada por la distancia y por los años.

La propuesta de Miguel había llegado seis meses atrás. Cuando vio ese papel ajado de tanto viaje no quiso abrir la carta de golpe. No frente a su madre que zurcía en la galería del salón, justo en el mejor sitio para rasgar el fino doblez del sobre, tan poderoso en el celo de su contenido. Así que cogió el chal y anunció que se vería con Dolores en un café del paseo. Corría el mes de mayo y la tarde prodigaba un frescor primaveral.

Esperó a que le trajeran la horchata y sacó la carta de su bolsito. Miró despacio la caligrafía de Miguel e imaginó la mano que hacía un mes rotulaba el sobre y pasaba la lengua —tal vez con los ojos cerrados— por el borde engomado de la solapa. Cerró también los ojos para estar con él. Hacía casi tres años y diecisiete cartas de su partida. Leyó excitada. Miguel no volvería; la esperaba como legítima esposa para reunirse con él a la brevedad en la casa que ya construía en el sur de México, al borde del océano Pacífico. Cedía a su padre —a quien ya se lo había hecho saber en una carta simultánea— el poder para casarse con ella en su nombre.

Ángela metió la carta al sobre. Se quedó quieta y reposó la mirada en la curva de la playa, no muy cierta de alegrarse. Vería a Miguel en algunos meses, sólo que nunca se había imaginado que no saldría de la iglesia de su brazo, que no la vería vestida de novia, que no beberían el vino el día del banquete y que su vida sería en otro lado. Suspiró. Quería guardarse el secreto algunos días, mientras se acostumbraba a la boda a distancia con su suegro como actor suplente y a la despedida de Santander. Hubiera querido hacerlo mientras miraba el horizonte del Cantábrico y olisqueaba en los mercados los aromas del pescado, antes de que los demás fueran testigos de su despedida y cómplices de los preparativos de su boda. Pero las cosas no podían ser así, no cuando Miguel estaba lejos, solo, cuando tardaba tanto la travesía y cuando todo lo que quería era estar a su lado para siempre.

Nuestra Señora de la Consolación era una virgen prudente a quien acogerse, pensó Ángela cuando su madre y ella hicieron los arreglos para celebrar la misa matrimonial el 19 de octubre de 1914; consolaba la fatiga de extrañarlo y la naciente melancolía de irse tan lejos, ella que sólo conocía los paseos en Noja y los veranos en Altamira. Consolaba el miedo de embarcarse y de llegar a una tierra con salvajes y tigres y monos y guerra. Por las noches, cuando pensaba en ella vestida de falda larga con su parasol esperando el ferrocarril mexicano, odiaba a Miguel. Cómo se le ocurrió mudar la pesca sencilla de la tierra de sus abuelos por el cultivo del cafeto en una tierra incierta. Cómo es que la había hecho esperar tanto para anunciarle que los hijos de ambos mirarían otro mar, un mar caliente enmarcado por la humedad de la selva. La palabra hijos le sacudió el anhelo por la suavidad de la piel de Miguel, sofocado a base de rezos y miradas furtivas a los brazos de otros muchachos en los días de playa. Bastó el atisbo del deseo para sentir el ímpetu por cruzar el mar y la cintura estrecha del istmo mexicano.

Ángela no tuvo tiempo de extrañar lo que aún no dejaba. Conversar con su madre tras la cristalera de la galería mientras bordaban su ajuar de novia, alejó la evidencia de que ese invierno ya no miraría rebotar la lluvia contra los cristales. Los dos inviernos anteriores con Miguel a la distancia habían sido fríos y descobijados. La proximidad del encuentro calentaba la zozobra del tiempo anterior. Ahora sabía que, aunque lejos de los demás, Miguel y ella se pertenecerían en cuerpo y alma. La M y la A voluptuosamente engarzadas en el embozo de las sábanas de lino blanco eran el principio de la fundación de una familia. Entre los hilos se llevaría las tardes de galería y las enseñanzas de su madre que ponía un empeño furioso pues en cada hilván despedía a su pequeña de veintitrés años.

Hasta el día de su entrada a la iglesia, Ángela evitó prestar importancia a las historias y exageraciones que sus amigas y cuñadas contaban en el café. Que si había nativos que reducían cabezas en esas tierras, que si robaban a las mujeres bancas y les sacaban el corazón, que si las víboras eran enormes y venenosas, que había arañas peludas. Pero esa mañana en que cerró el baúl para que lo llevaran al puerto, sintió temor. Imaginó los vestidos de terl y las blusas de piqué, que había almidonado cuidadosamente, rasgadas por unas manos oscuras. Pensó en el lodo y en las arañas. Sobre todo, encaró los hechos cuyas noticias habían llegado hasta España: México estaba en guerra, los campesinos luchaban contra los ricos. No sabía si sería una rica en esa tierra, pero sería una extranjera. Se persignó y se encomendó a los brazos lejanos de Miguel que habrían de protegerla.

Ya no tuvo más tiempo de estar sola hasta que montó por la pasarela del barco y desde lo alto agitó las manos con vehemencia, alejó las lágrimas de niña que le nublaron la vista mientras su madre y su padre y su suegro novio y su suegra y su amiga Dolores se borraban a la distancia. El día de la boda entraron a vestirla, le apretaron el vestido de percal blanco y le colocaron el velo. Ángela se dejaba hacer como una muñeca. Pensó que Miguel no existía y que estaba soñando, que a la mujer de blanco en el espejo no le sentaba mal el traje. Su madre le mostró las sábanas de lino que bordaron los meses pasados y presumió la perfección del planchado. Ángela reaccionó. Miguel y ella, como esposos, habrían de estar bajo su blanco cobijo en alguna noche próxima, Miguel existía. México, también.

El mar desde la popa del trasatlántico era de un azul voraz. Los días de sol y frío, de mareo y temor, del empeño por recordar la entonación de la voz de su marido, sus gestos y su mirada se volvieron largos. Parecieron ocupar en el ánimo de Ángela el espacio de los tres años que aguardó el regreso de Miguel. Cuando se acercó la fecha de tocar puerto mexicano, sus pensamientos se anclaron a la tierra. El calor le devolvió el sudor del cuerpo y el aroma de su piel guardada bajo la ropa. Fantaseó con la noche de amor en que usaría el camisón de seda que su madre le heredara. Antes de dormir se lo pasó por la cara y por el cuerpo y dejó que toda ella se llenara del deseo del cuerpo de Miguel. Dejó que el amor ocupara el último tramo de la travesía.

Fue extraño bajar al puerto veracruzano sin que nadie la esperase. Algunos pasajeros se despidieron con albricias. Cuando se subió al tren, una hora después del horario previsto, y miró por la ventana, comprendió que estaba en tierra tropical. El aire olía diferente. Así, sentadita y callada con el bolso de mano, su caja de sombreros y el baúl a los pies, la invadió el recuerdo de la boda y el banquete sin novio. El ramo que voló por los aires y que luego le devolvieron para que se lo mostrara a Miguel, y el olor a bacalao con pimentón. Se miró el anillo que su suegro le había puesto y hurgó en su bolsa buscando el estuche que contenía el de Miguel.

No podía ser así. Se lo quitó, revisó las fechas y los nombres y los insertó juntos en la caja acojinada. Entonces, mientras veía con sorprendente frialdad a los hombres con cananas y rifles que esperaban en la estación donde el tren se detuvo, pensó en resarcir la ausencia. Cerró las cortinas, abrió el baúl y se cambió de ropa. Los hombres golpearon la puerta del compartimento y, como tardó en responder, la abrieron de un jalón. La presencia de la novia, con el velo sobre la cara y el ramo de gardenias secas entre las manos, los contuvo. Se alejaron entre disculpas torpes y un murmullo respetuoso.

Al llegar a la estación de Tapachula, Ángela no quiso abrir la cortina y husmear el paisaje que la acompañaría para siempre. Esperó a que entraran a ayudarla con el baúl y su caja redonda. Después bajó vestida de novia por la escalerilla del tren como si entrara a una iglesia. Miguel se acercó y, como si lo hubieran ensayado, le dio el brazo para que se tomara de él. Frente a los curiosos, caminaron despacio hacia la carreta.

Caía la tarde cuando llegaron a la finca: una casa de madera sostenida sobre pilotes a cuya sombra se almacenaba el café. Ángela respiró profundo. Miguel la abrazó y la condujo de la mano a la habitación de la planta alta. Ángela reconoció su sonrisa traviesa. Era como lo había estado recordando. Miguel hizo el velo a un lado y besó los labios de su esposa. Ángela le dio el estuche y esperó a que le colocara el anillo. Ella hizo lo mismo. Entonces, mientras Miguel la observaba, abrió el baúl, sacó las sábanas y las extendió en la cama solitaria. Se acercó a la ventana, miró el mar bajo la luz muriente y aspiró los olores de la nueva tierra. Se sentó al borde de la cama y se echó a llorar.