Lágrimas

Rafa Russo

A veces, ver a una mujer llorando es todo lo que necesita un hombre para que su vida dé un vuelco

En Segovia, Bernardo Olmedo lleva desde hace años una óptica. Su vida se rige por una tranquila rutina tan solo aderezada por el desparpajo de Tatiana, su ayudante. Un día, tras prescribirle unas gafas, una mujer rompe a llorar en su consulta. Desde ese momento Bernardo buscará incansablemente la razón de las lágrimas de la mujer, y al hacerlo descubrirá el pozo de serena tristeza que guardaba en su interior sin apenas imaginarlo.

Había sido una mañana cualquiera hasta entonces: dos miopías, un astigmatismo, una conjuntivitis, la nieve flotando tras el ventanal —como si fueran siempre los mismos copos bailando en el mismo viento—, Tatiana pidiéndole salir media hora antes para poder ir con el novio de turno a un concierto en Madrid, algún turista despistado preguntando por la casa de Antonio Machado… Nada le había preparado a Bernardo Olmedo para el sobresalto que iba a vivir cuando invitó a Celia Valdés a pasar a su consulta.

Ni su aire despistado, mientras se llevaba un kleenex a la nariz enrojecida por el aire gélido de la calle, ni su mirada huidiza y sus balbuceos ante los comentarios protocolares con los que Bernardo trató de romper el hielo —el frío que hacia fuera, la dificultad de encontrar aparcamiento en el casco antiguo—, ni su torpeza de movimientos y desorientación al entrar en el gabinete —daba la sensación de que nunca había estado en la consulta de un optometrista— le hicieron presagiar que aquella mujer iba a confiar en él mucho más que sus ojos cansados. Hasta entonces Bernardo había reparado más en su sobria elegancia —algo inusual incluso en las zonas más adineradas de Segovia—, en una delicada y frágil belleza a la que ella no había intentado sacar especial partido o de la que quizá simplemente no era del todo consciente, en un copo de nieve derritiéndose lentamente en su pelo castaño. Celia Valdés parecía algo ensimismada y distante, como si su mente estuviera todavía en el lugar del que provenía o ya en el que le esperaba después de la consulta. Bernardo pensó que quizá sintiera fastidio por estar en esos momentos en su óptica y no en algún otro más trascendente. A él no le importaba la descarada facilidad con la que muchos de sus clientes movían o cancelaban una y otra vez las fechas de sus citas para hacer hueco a otras más apremiantes. Asumía que una cita con el optometrista no era el plan más estimulante para el ciudadano común, y de hecho la mayoría de sus clientes acababan presentándose en su óptica sin anunciarse, seguramente en esos pequeños ratos libres que no llegaban a ocupar con sus avatares cotidianos, en las migajas del día. Y aunque no era el caso de Celia Valdés, puesto que había llamado una semana antes para concertar la cita, Bernardo tuvo desde el primer momento la sensación de estar privándola de estar en otro sitio donde su presencia era más requerida.

Bernardo tomó su abrigo y echó un rápido vistazo a la ficha que le había entregado Tatiana antes de sentarla en la silla de examinación, ajustarle el foróptero automático en los ojos y comenzar el examen visual. Comprobó los síntomas y la fecha de nacimiento, que indicaba dos años más —cuarenta y cinco— de los que él le hubiera echado y de los que él tenía. A Bernardo le gustaba jugar a adivinar la edad de sus clientes —dato importante para ciertos diagnósticos— antes de comprobarla en la ficha clínica. Era uno de los tantos pequeños pasatiempos con los que solía aderezar la rutina de un trabajo que ya no le ofrecía mayores horizontes profesionales que la plena satisfacción de unos clientes cuyos rostros con toda probabilidad volvería a encontrar en la cola del supermercado, en la farmacia o en la tintorería, si es que no eran ya vecinos o conocidos o familiares. Celia Valdés se mantuvo tensa y silenciosa en todo momento, y Bernardo, tras un par de intentos infructuosos, cejó en su empeño de extraer algún conato de conversación de sus labios más allá de la mayor o menor nitidez con la que iba leyendo las letras en la pantalla. Él siempre se esforzaba en tratar de relajar a sus clientes, hacerles sentirse cómodos en la frialdad de una sala morada por intimidantes artilugios cuyos oscuros propósitos sólo conoce el optometrista. A pesar de que el diagnóstico fue sencillo —a partir del momento en que ella sólo pudo leer con precisión la primera y más grande de las líneas cuando sostuvo el pequeño tablero de visión cercana en las manos—, Bernardo, siempre minucioso y exhaustivo, se permitió hacer una exploración en profundidad del globo ocular. Desplegó la lámpara de hendidura ante ella y, pidiéndole que apoyara la barbilla y la frente en el soporte y mirara a través del biomicroscopio, se sentó frente a ella y procedió a examinar sus asustados ojos de color miel desde el otro lado de los oculares. Sus bocas quedaron a escasos centímetros la una de la otra. Bernardo podía sentir su aliento, y sabía que ella estaría sintiendo el suyo. Una erección le sorprendió apenas comenzar la exploración, confirmando la secreta premeditación de esa exploración redundante, la cristalización de un momento que inconscientemente llevaba anticipando desde que la vio entrar por la puerta. ¿Quizá porque tenía algo que le recordaba a Irene? ¿O simplemente porque era una mujer bella y no son tantas las mujeres bellas que entran diariamente al redil de su consulta (y no digamos en su cama)? Quizá fuera aquél el único momento y el único lugar en el que una mujer como Celia Valdés —más desvalida y desubicada que el cliente medio— se pondría enteramente en las manos de un tipo corriente y gris como él, y aquella pequeña y efímera sensación de poder era algo en lo que Bernardo Olmedo no podía dejar de deleitarse. No era la primera vez que había experimentado una erección en la repentina intimidad que proporcionaba la lámpara de hendidura, pero esta vez sintió que se asomaba al abismo cuando tuvo que hacer un serio esfuerzo de contención para no acercar sus labios a los de ella y besarlos. Abochornado por su pensamiento, Bernardo se levantó bruscamente y, apartando la lámpara de hendidura como un voyeur su telescopio, se dirigió raudo hasta el escritorio, a la otra punta del gabinete.

—Me temo que le ha llegado ya la presbicia, lo que comúnmente se conoce como vista cansada —dictaminó mientras se sentaba ante el ordenador.

Celia Valdés permaneció muda por unos instantes, como si todavía estuviera enredada en algún pensamiento de su cita anterior o de la cita que le esperaba.

—Eso significa que necesito gafas para ver de cerca, ¿no? —preguntó tímidamente.

—Exactamente.