Las damas de Shanghai

Marian Izaguirre

¿De qué hablarían, si pudieran, Doris Lessing y Elisabeth Costello?

La escritora Marian Izaguirre nos lo desvela en «Las damas de Shanghai». Y con gran sensibilidad nos relata la vida de la gran escritora, desde su infancia marcada por la literatura y la miseria en el sur de Rhodesia, actualmente Zimbabwe, hasta convertirse en la undécima mujer en ser galardonada con el Premio Nobel de Literatura.

El primer libro que leí de Doris Lessing tiene ahora las páginas amarillentas. Al abrirlo las hojas sueltan un sonido abarquillado, como si se quejaran del paso del tiempo. Es una encuadernación rústica y un poco primitiva, cosida con hilo vegetal gris. Compré este libro en Cuba, a principios de los años ochenta, en una de esas librerías destartaladas de la calle O’Reilly. Eran tan baratos y había tan poco donde elegir que recuerdo haber adquirido indiscriminadamente un diario del Che, la historia de las armas, grados, uniformes y organización del Ejército Libertador, varios cuentos infantiles de la Editorial Progreso de Moscú, algunos libros de arte entre los que había un volumen de pintura veneciana (con una preciosa lámina de Caterina Cornaro, la reina de Chipre, pintada por Gentile Bellini y que con el tiempo se transformó en la historia de uno de mis libros), y también esta recopilación de los primeros cuentos y novelas de Doris Lessing que los editores cubanos agruparon bajo el título de El hormiguero. Son dos cuentos y tres novelas breves, todos de ambiente africano. Ahí está la génesis de la escritura de esa mujer que fue galardonada con el premio Nobel.

Sí, ese es el comienzo. África. Un país que se llama Rhodesia y que es el antiguo reino de los zimbabwes. En el momento de la conquista británica Zimbabwe (en el lenguaje shona quiere decir el recinto de un jefe) estaba dividido en dos territorios: el de los shona, al norte, y el de los matabele, al sur. Ambos territorios eran codiciados tanto por los bóers como por los ingleses, pero fue el avispado Cecil John Rhodes quien conquistó las tierras que fueron llamadas Rhodesia del Norte y Rhodesia del Sur en su honor. Y a ese territorio llega la familia Tayler, el padre mutilado en la Primera Guerra Mundial, la madre, una enfermera que le cuidó en el hospital, y los hijos. Una pequeña de seis años que crece entre la granja, en la que los negros cultivan maíz y tabaco, y el colegio de monjas donde la obligan a bañarse con una tabla en el cuello para que no pueda ver su propio cuerpo desnudo. Conocer, saber, ver, penetrar en ese mundo que hay al otro lado… de la vida de los colonos blancos. Y eso es lo que ve. Eso será lo que guarde en su mente de escritora que aún no escribe. La segregación. El abismo entre dos mundos. Las injusticias sociales, los delgados panfletos azules (la Ley de empleo de los Nativos adolescentes, la Ley de inscripción o la Ley de alojamiento de los Nativos) con los que el gobierno de los administradores blancos intenta vertebrar un país que se ha quedado sin esqueleto. Esos panfletos que se filtran en los primeros cuentos y novelas como una parte más de la historia que la joven Doris intenta contar.

Ahora es una muchacha de pelo oscuro y rizado, tiene unos destellantes ojos verdes que con los años se volverán un poco azules y mucho más sabios, y está llena de anhelos. Conocer, saber, ver, penetrar en ese mundo que hay al otro lado… de las granjas. El mundo de las ciudades. Y allí va, a Salisbury, con quince años y un empleo de telefonista en el despacho de unos abogados. Seguramente es en esta época cuando archiva en la memoria esos otros textos que luego aparecerán en sus libros de manera más o menos explícita: la Ley de Conciliación Industrial, El desarrollo de la trata de esclavos en el siglo XVIII, o La historia de una granja africana, esa novela escrita por Olive Schreiner, en 1882, que para Sudáfrica fue tan importante como Cumbres borrascosas lo es para Inglaterra. De Olive Schreiner aprendió que con los materiales más burdos y humildes se puede construir una obra literaria importante y vital, que una mujer puede hacerse un lugar en ese mundo brutal, viril y precario en el que quedan enterradas las personalidades más débiles y sumisas.

Desde luego esa niña que antes vagaba por la jungla con su perro y un fusil no ha crecido para ser la esposa de un funcionario de Salisbury. A los doce años sabía conducir, cuidar cerdos y gallinas, disparar. A los quince aprendió a huir de su propia niñez (una nube plomiza y gris que ha llevado sobre la conciencia durante toda la vida) de la única manera posible, la más directa, la que de un modo intuitivo y primario considera efectiva: consiguiendo un trabajo en la ciudad para escapar definitivamente de la rígida tutela materna. Y en Salisbury es libre. Por primera vez se siente libre. Para equivocarse, para contraer matrimonio a los diecinueve años con un funcionario rhodesiano llamado Frank Wisdom y tener dos hijos con él. Cuatro años más tarde abandonará ese matrimonio triste, opaco y escaso, insuficiente para el anhelo incansable que la hija de los Tayler adquirió mientras crecía salvaje en los tres mil acres de tierra desbrozada donde los hombres eran esclavos y los animales libres. Conocer, saber, ver, penetrar en ese mundo que hay al otro lado… del matrimonio. El divorcio. Los hijos quedan bajo la custodia del padre y otra vez la muchacha que creció en la granja de los Tayler es libre para acertar, equivocarse, o ambas cosas a la vez. No hay normas lo suficientemente sólidas para obligarle a vivir según el cliché de los colonos blancos. Los viejos valores de la Inglaterra victoriana crecen mal en el exuberante suelo africano. Y eso que la tierra es fecunda, opulenta, generosa. Precisamente. En ese suelo germinan con abundancia las pasiones, los vicios secretos y, a veces, la rebeldía.

En Salisbury, tras el malogrado matrimonio con Frank Wisdom, y mientras los dos hijos nacidos de esa unión quedan al cuidado del padre, Doris Lessing pone en marcha su sueño de escribir, ese impulso que Frank Wisdom consideraba terrible y amenazante para su apacible condición de funcionario. Y cuando la joven madre sin hijos vuelve a sentirse libre, presa de ese feroz deseo de independencia que guía siempre sus pasos, lucha por sus sueños más secretos. Y escribe. Escribe. Escribe. Conocer, saber, ver, penetrar en ese mundo que hay al otro lado… de la nube espesa que fue la infancia. Escribe sobre lo que conoce, sobre un hormiguero, sobre las espantosas condiciones de vida de los nativos en su propia tierra, sobre las actitudes vergonzantes de los blancos y los intereses espurios de los estados. Escribe sobre un Gran Árbol adornado con cuentas y abalorios y sobre calles estrechas y tortuosas donde los negros malviven hacinados en ruinosas edificaciones de hojalata. Y en esos cuentos africanos se yergue a veces la chimenea de una planta eléctrica que inunda el aire de humo negro. Necesita mostrar al resto del mundo eso que sus jóvenes ojos contemplan en las ciudades africanas, algo que ella no sabe se repite en todas las urbes pobres del mundo, en los suburbios miserables de América de Sur y en los asentamientos donde la gente bebe de las charcas cubiertas de una fina capa de petróleo que les protege de los mosquitos.