Las jaulas

Pablo Raphael

Los cuentos que conforman Las jaulas recrean mundos tan disímiles como sorprendentes, infinitos, porque encierran a su vez otros tantos de los que el lector no podrá -y sobretodo no querrá- escaparse.

“Pablo Raphael transita con suma facilidad y eficacia en mundos que otros encontramos complejos, turbios, inescrutables. Contar es, para él, un acto tan natural como la respiración”, refiere Ignacio Padilla acerca del autor. Y este libro reitera dicha afirmación, a veces conteniendo el aliento, y otras con la contemplación de quien decide poner la mirada a la caza de la última exhalación.Las jaulas, cuento que abre y que da título a esta pequeña antología, marcará el paso del lector por un mundo de ancianos que se fragmentan de una u otra manera, y cuyas historias dejan, después de la lectura, el sabor de la derrota contra el paso del tiempo, pero también el resabio de la memoria que se arroja por la boca y desaparece como vaho. Esa belleza del gusto metálico que cada mañana nos recuerda hacia dónde vamos.

SABER QUE MORIRÍA NO ERA UNA SORPRESA, con releer la frase dos o tres veces la certeza volvía a su memoria: “verano, estación para morir” . Sin embargo, una mañana a principios de marzo, encontró una nota apresurada, escrita sobre la sentencia que encabezaba la lista de cosas que apuntaba para no olvidar.

Las jaulas. Si hubiese puesto esas palabras en cualquier otra parte no se habría disgustado tanto. Le insultaba encontrarse impotente ante algo que manchaba la dignidad de la fecha dispuesta para marcharse de este mundo. Seguramente esas palabras eran producto de la ocurrencia infértil de anotar en hojas de papel todas las cosas imposibles de registrar en su memoria descompuesta y, mientras no se le olvidara el alfabeto, seguiría burlándose de su enfermedad, enlistando cientos de palabras que para los demás eran restos de gramática sin significado, pero que a él lo orientaban en el mar de olvido donde estaba a punto de zozobrar.

Escribir para fabricarse una memoria también le ayudó a no caer prisionero del dolor de recuerdos insoportables, que, con el simple hecho de no ponerlos en papel, se le olvidaban para siempre. Así se deshizo del recuerdo de su esposa y su afición por la pintura. De esos recuerdos, sólo quedaron algunos cuadros en las paredes, más una fotografía de Amelia sobre el piano. A veces se les quedaba mirando y lo invadía, sin saber por qué, una extraña nostalgia por el verano.

Nostalgia. La palabra no se entendería nunca en su inservible vocabulario. No recordaba que gustaba del verano para pintar porque era cuando el sol daba la mejor luz. No comprendería que la sensación de tristeza la provocaba el olor a sal y concha nácar de Amelia, un olor de verano que, según sus hijos, inundaba toda la casa.

Montones de letras se desbordaban de las hojas, conforme el tiempo desgastaba su capacidad de retención, amenazando con secarle el cerebro. La nota de muerte lo sobresaltaba todos los días; era natural, tenía a su propio fantasma merodeando el lugar para recordarle que su fin sería en los días en que la época templada del año asoleara su casa, su huerto y, para ese entonces, su tumba. En cambio, el artículo y el sustantivo seguían ahí, como un augurio, como un entrometido que pretende detener el tiempo.

II

Cuando los recuerdos borrosos de su mente no le dieron para más, guardó en la gaveta de la cómoda el paquete de frases infinitas y sólo conservó la primera página. Morir era indispensable y por un descuido no viviría en la inconsciencia permanente. Se le olvidó qué era gaveta y archivó para siempre un asunto que no tenía llave ni solución.

De aquella primera página, lo único que entendía eran las frases encaramadas del principio. Lo demás no tenía significado, ninguna letra, ningún símbolo le revelaba algo que despertara su memoria muerta antes de tiempo.

En las mañanas se sentaba frente a la ventana y miraba por horas la hoja de papel que había pegado en el cristal. Las anotaciones, además de frases encimadas, tenían datos que para él eran como si estuviesen escritos en sánscrito. Aquellas eran palabras que, al quedar fuera del entendimiento, se transformaban en restos de locura o breves datos biográficos:

nombre, Francisco Durán, 80 años recién cumplidos. Escribirle a Juan, mi cuñado. Un ave es, según el diccionario Larousse , un animal vertebrado, ovíparo, con pico córneo y cubierto de plumas, tiene dos alas y dos patas. Tengo cuatro hijos, Mónica es la mayor, mis nietos, sus hijos, son Isabel y Manuel, le sigue Sofía, quien es soltera y luego Paula, madre de Gerardo y Miguel. La crema de rasurar que uso es la Gillete. Lastre es algo que me gritaron en el mercado de artesanías; buscar las palabras lastre y artesanías en el diccionario. Páginas últimas (80 en adelante) del libro titulado Memorias de la Guerra del Catorce de Gerard Misistrano. Recoger el cheque de la pensión en el Banco Nacional, Alfonso Reyes 18, entre República y Mazatlán, de paso comprar el periódico, que cuesta diez pesos; estaría bien ir al cine, cuestión de animarse con a; lo absurdo de la razón es abstraer, acacia, árbol de las mimosas; bambú balanceándose, bailando, bambú seco y cortado, bollos, panecillos del desayuno amasados con huevo y leche, comprarlos en la panadería la Gran Vía; costillas, cada costilla cunde carne y es cronómetro, canario, charlatán, chorlito, ave zancuda que habita en los ríos, tienes cabeza de chorlito, persona distraída o tonta; día, diagonal, delinear las notas de una epístola, evangelio de San Juan, está en el estante de la estancia de televisión; endemoniado, energúmeno, enano, encino; fácil, falso como mi hijo Juan, figura; g, golondrina, gota; hojas, hueso, huerto, lugar para los idilios; imposible, inútil juntar jinetes en jauja, judío; k, kilo, única letra con k que me acuerdo, un kilo de queso cada lunes, letras, lido, lodo, llanto; miércoles, el sopor medio de la semana, manzana, mastín, es un perro como el Mike de Manuel hijo de Mónica; nácar, nada de nada, nado; ñ, Ñandú, empeñarse en lo oscuro, oquedad, oxígeno; paz, pez, peso, Pessoa, peso a: quijote, nunca lo quise leer, cuestión de querer; raíz, registro de los sentidos, sentado, siendo sal de tapia, pared de tierra apisonada como la de todo el terreno, tumba, útero último, umbral de uno con la vida; verano, viento; w, x, y, hay humedades en el zaguán, zoológico, zen, Stefan Zweig se suicidó en Brazil, Brasil en español.

Ésa era la primera página y el abecedario de su vida estaba terminado.

III

Del huerto que cuidara durante tantos años, sólo quedaban los árboles secos y algo se hablaba de sus frutos en alguna página guardada en la gaveta. Aquella que, como los árboles, no tenía raíz de dónde nutrirse.

El insomnio vino después. Su única distracción era combinar las frases iniciales, escribirlas una y otra vez como si jugando con ellas tuviera la oportunidad de encontrar una revelación. Esas ocho palabras le ayudaban a matar el tiempo, a escaparse de la estúpida frase que se entrometía con su destino, que separaba al verano de la muerte misma. Su preocupación fue tal, que se pasaba la noche sentado frente a la ventana que daba hacia el huerto dormido. Si tan sólo hubiese escrito Las jaulas con lápiz; borrar y todo en paz hasta julio o agosto, pero la tinta era oscura, igual que su huerto a esas horas.