Las parejas de los demás

Gonzalo Torné

¿Cuál es el contrato que hay que firmar en una relación amorosa? Gonzalo Torné lo desvela en Las parejas de los demás.

En Las parejas de los demás Gonzalo Torné compone un lúcido relato sobre la educación sentimental de nuestro tiempo. Torné recupera la figura de Clara, protagonista de Hilos de sangre (Literatura Mondadori, 2010), quien se encargará de contarnos la historia de dos parejas que acaban de sobrepasar la treintena, y que oscilan entre el amor, la hipocresía y los celos.

Tampoco esperaba que mi regreso de Londres fuese una sensación, claro que habían pasado todos esos años, pero me había mantenido en contacto por correo, nos veíamos en Navidad, conocía el programa de ruta de cómo las personas que quería estaban progresando hacia el interior de sus vidas. ¡Pero es que ni siquiera levantó algo de revuelo! No me quejo de que no me escuchasen, me prestaron unas horas de atención educada, supongo que no me sentó precisamente bien comprobar que mis años en Londres podían condensarse en la carga de frases de las que puedes dar cuenta en media tarde. Si alguna vez pensé que iba a ser fácil mantener vivos los hábitos y las impresiones londinenses, que habían arraigado a una profundidad suficiente, ahora que ya no podía acudir a Terry o a Iris para refrescarlas, ni descansar en Green Park ni pasear por el Southern, me quedó claro que se alimentaban de unos vínculos espaciales concretos, y que al privarme de ellos iban a languidecer como los bichos a los que la tala de un bosque o un río desviado les altera por sorpresa su hábitat.

Dos semanas en Barcelona me bastaron para redistribuir correctamente el peso de las dos ciudades en mi existencia. No podía pasear como una turista, las calles no se abrían limpias al ojo para adherirles una sensación fresca, en cuanto posabas la vista en las aceras saltaban en dirección a los sentidos una serie de vivencias (expectativas, palabras defraudadas, entusiasmos) que enseguida recuperaron sus posiciones usuales en mi estructura emotiva. Las experiencias londinenses seguían allí, pero no podían competir en densidad, el tiempo que las contenía pesaba menos, lo había invertido en una divisa exótica que se devaluaba ante mis ojos.

Debió de contribuir que no volviera de Londres con un trabajo y que la única idea sobre mi futuro fuese aquel marido guapo que sólo podías tomarte en serio si lo mirabas de lejos. Qué poco vale lo que bebiste, lo que bailaste, los besos, las conversaciones, los diminutos triunfos sociales, toda esa trama cotidiana en la que te reconoces durante meses, cuando intentas calcular tu propio valor, cuando sientes el impulso de desempolvar los logros recientes, es un poco absurdo, pero es así.

Claro que tampoco me encontré en Barcelona un hogar acogedor. No es que la ciudad hubiese cambiado, el plano seguía igual, encajado entre dos ríos innavegables; la Diagonal seguía cortando la reticulada felicidad del Eixample; los monumentos célebres estaban donde los dejé, irradiando su fama; Aragón y Gran Vía todavía discurrían en paralelo con ese aspecto de rutas antiguas; y los autobuses especiales podían llevarte a las elevaciones del Carmel y a los puntos avanzados del puerto, entre raíles abandonados, contenedores y aves marinas. Creo que la impresión de desplazamiento, de leve mareo, que me acompañó durante los meses de readaptación venía de los restaurantes y las librerías cerradas, del tejido alterado de las tiendas, de las cafeterías donde ya no acudía nadie, de los nuevos perfiles y asfaltados de las plazas, del ritmo cambiante de la gente que ya no encontrabas donde solías, de las fluctuaciones de popularidad, de las vaharadas de chinos, de latinoamericanos, de árabes. El dibujo de la ciudad era el mismo pero lo encontré emborronado, como si un niño distraído hubiese corrido la tinta con la mano.

Sea como sea no sentí la vertiginosa euforia del regreso, empecé a trabajar duro para reintegrarme al único pedazo de tierra al que podía pertenecer; no soy lo bastante fuerte para vivir sin raíces, aunque sean demasiado tiernas para adentrarse con fuerza en el suelo. Estaba demasiado ocupada tratando de salir de mi laberinto privado para encajar en las preocupaciones sociales de los nuevos amigos de Amanda, así que me dejé agasajar por Álvaro, es una de las cosas que mejor me salen. Me divierte cómo se las arregla mi hermano pequeño para mirarte como si la sustancia que transportas fuese un elemento decisivo para el progreso de la especie. Es capaz de mantener el semblante inalterado, aunque la agitación del pie delata su impaciencia, sé que no tardaré en verlo desplazarse de grupo en grupo, conversando animoso, protegido por ese imperceptible barniz displicente. Puedo suscribir cualquier cosa desagradable que se diga de Álvaro sin rebajar un solo grado mi aprecio por él, ni siquiera me sorprende, siempre ha sido así.

—¿Trabajando?

—Puedes llamarlo así.

—¿No te aburres ni un poco?

—Bueno, eso es porque se han acostumbrado a decir en público sólo lo que sus madres y cónyuges pueden escuchar sin torcer el morro. Están viciados, el día que sienten el impulso de decir algo picante se les distorsiona al impactar con la masa de verborrea previsible. Pero si pudieras verles por dentro.

—Me tomas el pelo.

—Míralos: parejas, amigos, matrimonios, esas palabras son como muros circulares que protegen de la mirada civil pequeños mundos de emociones insospechadas. Cada uno de esos dúos interpreta su espectáculo para los ángeles. Un dispositivo para agujerear esas protecciones y echar un vistazo, eso sí que no tendría precio, podrías currártelo un poco por Navidad.

—¿Qué haces de inconfesable con Laia?

—Eres idiota, Clara, siempre has sido la más idiota de los tres, por eso te queremos tanto. ¿Cuándo vas a presentarme a tu marido?

—Novio.

—¿Cuándo?

—Pronto. ¿Nunca te acercas y les preguntas?

—¿Por sus tesoros interiores? ¿Por qué iba a hacerlo? Puedo pensarlos con la imaginación, es más higiénico.

—Hablando de madres, ¿sigues sin telefonearla?

—Ese papel no te pega, no das nada de miedo, eres demasiado delicada, no puedes competir con Amanda, es el único terreno donde siempre va a ganarte.

El efecto práctico es que me dejó sola en las fiestas, en las habitaciones, en los nuevos bares, avasallada por conversaciones bien alimentadas por un entendimiento común del que brotaban árboles y cereales que desconocía; los intereses se habían desplazado, no estaba al corriente de la nueva disposición de la red de relaciones. La sensación dominante se parecía a llegar a la mitad de una fiesta en la que llevan un buen rato bebiendo. Claro que el alcohol ayuda, y que un gin-tonic administrado a su debido momento puede iluminar las conversaciones y absorber reticencias, pero debajo de estos destellos lo que se agitaba era un cúmulo de tardes ociosas, que se han ido alejando y reduciéndose, y de las que ya sólo me queda una selección caprichosa de retales imprecisos.