Lecciones de Fukushima

Manuel Lozano Leyva

Las claves para comprender mejor el debate nuclear y qué sucedió realmente en Fukushima.

La catástrofe de Fukushima se ha mostrado en los medios de comunicación como un infierno contemporáneo. Manuel Lozano Leyva nos da las claves para entender las causas y consecuencias de este accidente y reflexiona sobre lo que supone para la continuidad de la energía nuclear.

Al portentoso terremoto que tuvo lugar el 11 de marzo de 2011 le llaman en Japón Tohoku, por la región japonesa más cercana a donde se produjo. Según el Ministerio del Interior, basado en los informes que dio la policía un mes después, el balance de las víctimas del terremoto y del tsunami que este provocó es aterrador: 12.787 muertos, 4.661 heridos y 14.991 desaparecidos. El número de viviendas destruidas y de personas desplazadas aún no ha sido cuantificado con precisión. La magnitud de la pérdida económica tiene tantos ceros que a nadie conmueve por inimaginable. Sin embargo, la bella palabra asociada al desastre que quedará grabada para siempre en el ideario popular del mundo no será Tohoku, sino Fukushima, la isla (shima) afortunada o de la suerte (fuku).

En la provincia de Fukushima, de 13.783 km2, como la española de Córdoba, y 2.028.752 habitantes, varias centrales nucleares se vieron afectadas por el terremoto, en particular las de Fukushima I (o Dai-Ichi) y Fukushima II (o Dai-Ni). También otras dos de provincias limítrofes, Onagawa y Tokai. Quince reactores en total, aunque solo once estaban operativos en el momento del terremoto. Ocho de los reactores nucleares resistieron sin grandes problemas, pero tres de Fukushima I provocaron un accidente que se puede catalogar como el segundo más importante de la historia de la producción de electricidad con energía nuclear.

El impacto que causó la noticia de la desgracia japonesa en todo el mundo se vio inmediatamente eclipsado por los posibles efectos de la radiactividad liberada por los reactores nucleares. La tragedia se fundió con el problema nuclear de manera extraña. Lo normal en la mejor prensa del mundo era una fotografía de la devastación en zonas muy alejadas de las centrales nucleares, un titular referido al «pánico nuclear», un subtítulo en que se estimaba el número de víctimas total del terremoto y del tsunami y un recuadro con la foto de los efectos del bombardeo de Hiroshima. 1

El problema presenta (cuando se escriben estas líneas los reactores aún no están estabilizados y fuera de peligro) infinidad de facetas políticas, psicológicas, periodísticas, económicas y, sobre todo, estratégicas por lo que significa la energía para la humanidad. Este texto pretende abordar algunas cuestiones técnicas de lo que ha pasado en Fukushima, pero también analizar y criticar algunos de los aspectos anteriores del problema. Considero que, en esencia, ha faltado información técnica accesible a los no especialistas en energía nuclear, o sea, a la mayoría de las personas, y porque sobre ese desconocimiento técnico puede girar todo el alarmismo y la desinformación que se desató.

El asunto de la energía nuclear ha levantado tradicionalmente tantas pasiones –y tras el accidente japonés mucho más– que es bueno que el lector sepa dónde se sitúa el autor en ese debate. Soy catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear desde hace muchos años y mis explicaciones públicas de la energía nuclear han recibido tanto agradecimientos como la despectiva catalogación de «pronuclear», o sea, también he recibido vituperios. Solo puedo alegar dos circunstancias constatables y una presunta para el lector. Las primeras son que nunca he trabajado para la industria nuclear (ni para la armamentística) y que mi sueldo y los fondos de los proyectos de investigación que he desarrollado (siempre generosos y dedicados a la física nuclear fundamental no aplicada) han venido exclusivamente del Estado. La mayor parte del resto de mis ingresos, no muy cuantiosos, se derivan fundamentalmente por derechos de autor de mis libros. La circunstancia presunta, la que siempre espero que se me presuponga consiguiendo éxito diverso en el empeño, es que, más que estar a favor de la energía nuclear, estoy absolutamente convencido de su inevitabilidad en el futuro de la humanidad. En consecuencia, lo que pretendo con mis escritos e intervenciones en los medios de comunicación es ofrecer elementos de juicio para que los ciudadanos ejerzan desapasionadamente su capacidad de decisión democrática. Considero que si España y Europa quedan fuera del desarrollo nuclear en el mundo, a medio plazo se situarán en clara desventaja tecnológica, y a la postre económica y geoestratégica, respecto a los países emergentes, que jamás abandonarán la energía nuclear. Y, sobre todo, estoy convencido de que el planeta no resistirá un desarrollo humano en el siglo XXI basado en la combustión química de carbón, gas y petróleo, como estuvo el XX.

Así pues, voy a analizar el accidente de Fukushima desde muchos puntos de vista con especial énfasis en el aspecto técnico para que el lector pueda formarse una opinión sensata e independiente. Si no lo consiguiese, al menos tendré la esperanza de haber contribuido a que el lector haya entendido algo más sobre la energía nuclear de lo que han dicho los periódicos. Y conste que entre el tremendo batiburrillo informativo que ha formado la prensa con el accidente de Fukushima se ha podido encontrar cierta cantidad de información correcta y bien detallada. Curiosamente, en mi opinión, una de las fuentes de información más fiable y bien elaborada ha sido una página web particular: www.lapizarradeyuri.com. Obviando los aspavientos antinucleares, los datos, enlaces y explicaciones, la página prestaba gran ayuda a quien deseara saber más de energía nuclear y seguir la evolución del accidente día a día.

La magnitud del accidente

La producción de electricidad con centrales nucleares ha tenido, afortunadamente, muy pocos accidentes en las cinco o seis décadas que se lleva haciendo; por eso, la escala con la que estos se clasifican es muy abierta e incluso ambigua. La establece el Organismo Internacional de la Energía Atómica (IAEA por sus siglas en inglés) y va del 1 al 7. Los dos accidentes más importantes anteriores al de Fukushima fueron el de Harrisburg en 1979, de nivel 5, y el de Chernóbil en 1986, de nivel 7. ¿En qué nivel de la escala se situará Fukushima? En mi opinión, este accidente obligará a cambiar la escala, o al menos a precisarla. Tal como está, lo más apropiado es situarlo al máximo nivel, pero eso supondría equipararlo al de Chernóbil, lo cual tiene poco sentido por más que haya prosperado la expresión periodística de Fukushima como un «Chernóbil a cámara lenta».

Fukushima versus Chernóbil

Las siete diferencias esenciales entre los dos accidentes se pueden establecer como sigue.

1. El accidente de Chernóbil lo desencadenó un experimento, precisamente para aumentar la seguridad, que estuvo mal planificado y desastrosamente ejecutado. Se trataba de ver si la inercia de la turbina en caso de parada de la reacción nuclear en cadena era suficiente para alimentar las bombas eléctricas de refrigeración hasta que entraran en funcionamiento las bombas diésel. El experimento se tuvo que detener y aplazar porque hubo una avería en otra central térmica cercana y peligraba el suministro de electricidad a la población. Se aplazó a las once de la noche, cuando el consumo bajara, pero los trabajadores del turno de noche no tenían la experiencia necesaria. El tiempo que el reactor había estado a mínima potencia generó ciertos isótopos cuyo papel se ignoró. De madrugada, por fallos humanos que tenían como base la ignorancia mencionada, la reacción en cadena se desbocó sin control.