Letras americanas: Roth y DeLillo

David Remnick

Los perfiles de dos novelistas fundamentales por el director del New Yorker.

Nacidos con apenas tres años de diferencia, Philip Roth (1933) y Don DeLillo (1936) son dos glorias vivas de las letras americanas que han sido retratados por la ágil pluma de David Remnick. Pocos escritores concitan tanta unanimidad como el estadounidense Philip Roth. Uno de los novelistas fundamentales de los últimos cincuenta años, fue el primer escritor vivo publicado en la Library of America. En este extraordinario perfil, Remnick repasa las obras maestras de Roth, la polémica que acompañó sus inicios tras la publicación de El lamento de Portnoy, la depresión que a mediados de los ’90 le llevó a refugiarse en la literatura y las opiniones de Roth sobre el futuro de la literatura y las raíces de su arte.Si Roth es el escritor público, que se crece ante la hostilidad, Don DeLillo es el autor huidizo, que intenta evitar la exposición pública. Sin embargo, su obra, con cumbres como Submundo, o Libra le ha convertido en uno de los novelistas más prestigiosos de la actualidad. Remnick va en su busca a un pueblecito cercano a Nueva York y le acompaña en un paseo por su barrio natal para buscar los temas y las preocupaciones que marcan sus novelas.

El penúltimo verano, Philip Roth dejó su casa del Connecticut rural para realizar una de sus incursiones periódicas en Babilonia. Visitó a unos cuantos amigos, se fue a cortar el pelo y, justo antes de volver a casa, se dejó caer por las oficinas de The New Yorker. Mientras comía unos bocadillos, habló primero de los Yankees, que estaban disfrutando de un verano de felices gestas, y después, no tan felizmente, de los Clinton, que no lo estaban pasando bien. Durante el año siguiente, cuando nos reuníamos en Nueva York o en la casa de Connecticut, Roth demostró ser tan divertido y apasionado como decían sus amigos. «Philip es un hombre increíblemente vehemente —afirmó la biógrafa Judith Thurman—. Sus reflejos son rápidos y agudos; es la antítesis del flemático.» Cuando Roth está de humor, es un hábil imitador (puede reproducir cualquier voz, desde los encendidos discursos del programa de deportes de la radio de Mike and the Mad Dog, hasta los melosos antiamericanismos de Harold Pinter); es tan divertido como un espléndido cómico de los Catskills que además estuviese dotado de un inmenso don lingüístico. Pero ese día de verano, mientras el país parecía debatirse entre la preocupación piadosa y los accesos de risa, Roth no estaba de humor en absoluto. Sus ojos oscuros y expresivos transmitían una seriedad enorme. Fue el verano de Monica, una temporada impregnada de un «placer traicionero y subversivo: el éxtasis de la mojigatería», como lo definió Roth a la postre. Fue la temporada del «eso depende de cuál sea tu definición de “es”», del informe de Kenneth Starr y de los chistes sobre sexo oral en la oficina, de la ira y de las acusaciones, y de la incesante cháchara que hundió la popularidad del presidente en las encuestas. Muchos de los temas más recurrentes de Roth entraron en juego: la traición, la falsa piedad y la estéril lucha de un hombre contra lo repulsivo y lo libidinoso; y mientras se preguntaba qué podía hacer Clinton, Roth se incorporó y dijo, bromeando solo a medias: «Tal vez debería salir por televisión y hablar con franqueza del adulterio». Quizá podría hablar de la complejidad de un matrimonio largo y difícil, de la fragilidad, y a lo mejor se atrevería a preguntar si verdaderamente está tan solo en sus flaquezas. Pero, por supuesto, eso no tenía sentido políticamente. Entonces, Roth añadió: «¿Por qué no les pedís a unos cuantos novelistas que escriban sobre esto?». ¿Por qué ceder un debate a escala nacional sobre la moralidad, sobre el hombre y la mujer, a los periodistas de Hardball y de The Beltway Boys? Sin embargo, al final, uno de los pocos escritores que rechazaron la idea fue Philip Roth.

Resultó que no tenía tiempo, porque estaba escribiendo una novela ambientada en el verano en que Estados Unidos había vivido «una orgía de religiosidad y de pureza, cuando al terrorismo, que había sustituido al comunismo como la amenaza predominante para la seguridad del país, le sucedió la mamada». Estaba escribiendo La mancha humana, el libro que ahora completa una trilogía sobre la vida estadounidense de posguerra. Antes de este llegaron Pastoral americana, ambientada en la época de Vietnam, y Me casé con un comunista, que utilizaba la era de McCarthy como telón de fondo. Roth es un narrador que cree en abordar sin demora el problema, las tribulaciones de un personaje, y en La mancha humana, con una voz inconfundible por su carácter directo y su indignación, esboza rápidamente el clima moral y político en el que se moverán sus personajes:

Fue el verano en que la náusea retornó a Estados Unidos, en que la broma no cesaba, como tampoco la especulación, la teorización y la hipérbole, en que la obligación moral de explicar a los hijos cómo es la vida de los adultos quedó abolida y se prefirió mantener en ellos todas las ilusiones que se hacen sobre la vida adulta, en que la insignificancia de la gente fue aplastante,en que hubo algún demonio suelto en el país y, en ambos lados, la gente se preguntaba: «¿Por qué nos hemos vuelto tan locos?», en que hombres y mujeres por igual, al despertar por la mañana, descubrían que por la noche, durante el sueño que los transportaba más allá de la envidia o el odio, habían soñado con el descaro de Bill Clinton. Yo mismo soñé con una pancarta gigantesca, dadaísta, como una envoltura de Christo desde un extremo al otro de la Casa Blanca, con la inscripción aquí vive un ser humano. Fue el verano en que, por enésima vez, la confusión,el pandemónium y el lío se revelaron más sutiles que la ideología de tal y la moralidad de cual. Fue el verano en que el pene de un presidente estuvo en la mente de todo el mundo, y la vida, con toda su desvergonzada impureza, confundió una vez más a Norteamérica.

Roth no intenta realizar un tratamiento ficticio de personajes históricos, como ha hecho Don DeLillo con Lee Harvey Oswald en Libra y con J. Edgar Hoover en Submundo. Por el contrario, en cada volumen de la trilogía, la historia se inmiscuye sin explicación racional en la vida de gente corriente. Hace muchos años, en el experimento cómico que constituyó Nuestra pandilla, Roth arrojó a un presidente de grotesca factura al primer término —su Nixon, Trick E. Dixon, parecía surgir de una ciénaga de iniquidad estadounidense—, pero ahora, en sus obras más recientes, trabaja más en la tradición de Stendhal o Tolstoi, quienes situaban en primer plano a sus Fabrices y Pierres, y no a Napoleón. Aquí, la historia no es un decorado, sino que impregna el relato, la mente de los personajes y el tejido moral del libro. En Pastoral americana, un Adonis judío-estadounidense, Seymour (Swede) Levov —un buen hijo, un deportista estatal que hereda la fábrica de guantes de su padre en las ruinas de Newark—, se casa con una ex Miss Nueva Jersey y se traslada a la casa de piedra de sus sueños en la selvática Old Rimrock. Levov pierde todo lo que le importa en la vida cuando su hija Merry «lleva la guerra a casa» al hacer estallar un artefacto explosivo en la oficina de correos de Nueva Jersey. En Me casé con un comunista, Eve Frame, una estrella del cine mudo, traiciona a su marido, un idealista actor radiofónico y comunista llamado Ira Ringold, en una furia conyugal alimentada por el clima de acusaciones que imperó durante los años de McCarthy. Frame publica unas memorias (escritas en realidad por un cronista de sociedad) en las que lo acusa de espiar para la Unión Soviética. El libro que escribe se titula Me casé con un comunista.