Los diplomáticos desaparecidos

Cyril Connolly

La extraordinaria crónica de la desaparición de los dos primeros miembros del círculo de Cambridge.

El 25 de mayo de 1951, Guy Burgess y Donald Maclean, dos funcionarios británicos, desaparecieron sin dejar rastro y dieron inicio al mito de los cinco de Cambridge, los brillantes jóvenes captados por la inteligencia soviética en el Cambridge de los años treinta. Aun conmocionado por la desaparición, y mucho antes de que la Unión Soviética admitiera que les había acogido, Cyril Connolly escribió este fascinante y perspicaz retrato de los dos, intentando adivinar qué había pasado con los diplomáticos que desaparecieron.

Aquellos que se obsesionan con un misterio no son los más adecuados para resolverlo. He aquí uno sobre el que he estado meditando durante un año y que ahora quisiera quitarme de encima. Quizá algunas de mis conclusiones puedan herir, pero es un riesgo que debo correr porque en lo que toca a la gente, la verdad no se puede establecer sin hacer daño, y porque creo que este relato puede llevar a que alguien recuerde el dato o la frase que súbitamente lo ilumine todo.

Si no creyera (instintiva más que racionalmente) que las dos personas sobre las que voy a escribir bien pudieran haber sido víctimas de una desgracia imprevista, el enigma no existiría y yo no tendría nada que decir.

No he tenido acceso a ningún secreto. No he hablado con muchas de las personas con las me hubiera gustado hacerlo, no ofrezco ninguna solución, sólo unas pocas sugerencias, una reflexión sobre la complejidad humana que conduce a oscuros senderos, pero que, espero, demostrarán que nadie tiene derecho a llegar a conclusiones precipitadas sobre gente de la que no sabe nada.

La desaparición, hacia finales de mayo de 1951, de Guy Burgess y Donald Maclean es un misterio que no se puede resolver mientras tantos factores permanezcan ocultos y, por lo tanto, toda explicación sólo pueda basarse en un cálculo de probabilidades.

Tales explicaciones se dividen en dos categorías, según presupongan la desaparición como un caso de libre elección o de necesidad.

Una huida voluntaria puede ser política, como la de Hess a Escocia, o de naturaleza psicológica y privada, como cuando dos chicos se escapan del colegio.

La salida obligada, el paso forzado, implica huida bajo presión, siendo la amenaza un chantaje privado o bien un escándalo público, o también puede ser la consecuencia de una imperiosa llamada de una potencia que consideraba a uno o a ambos diplomáticos o bien en peligro o bien demasiado peligrosos.

Queda además la posibilidad de que hayan sido enviados al extranjero en misión secreta, y aún otra, que ambos salieran del país engañados y luego fueran secuestrados.

Sencillamente no hay suficientes datos para descartar ninguna de estas explicaciones, ni siquiera podemos asumir que el comportamiento de Maclean y el de Burgess respondan a la misma motivación. El hecho más sorprendente —lo repentino de su desaparición— sugiere una crisis, pero incluso esta urgencia puede haber sido simulada. La genuina seriedad de la búsqueda parece indicar que el Foreign Office aceptó inicialmente la teoría del secuestro y por tanto tendería a desmentir el supuesto de la misión secreta (a menos que fuera autoimpuesta), mientras que un alto mando de la policía francesa ha declarado que habría sido imposible que los dos viajeros eludieran la red tendida para ellos en Francia sin la «protección» de una organización política. Aun así, hay países donde sería posible que dos hombres sanos consiguieran trabajo sin llamar la atención, pero no son fáciles de alcanzar desde la estación de Rennes, en Bretaña, donde su rastro se desvaneció el 26 de mayo de 1951. También se debe contemplar la posibilidad de que hayan muerto.

Como uno de tantos que los conoció a ambos cuando aún eran dos personas independientes, y como uno de los pocos que habló con Maclean en su último día en Inglaterra, quisiera acercarme al asunto desde una perspectiva distinta. Dejemos al margen los hechos de los que tan poco sabemos y consideremos las personalidades involucradas. En la medida en que un individuo puede llegar a entender a otro, es posible que encontremos argumentos para descartar algunas de estas explicaciones y así minimizar el valor de X, como llamaremos al factor responsable de su desaparición conjunta.

Dos características distinguen a Burgess y Maclean de los llamados espías «atómicos»: primera, no se sabe que hayan cometido ningún delito; segunda, pertenecen a la clase gobernante, a la alta burocracia, esos «ellos» que gobiernan a los «nosotros», donde se incluyen refugiados como Fuchs y Pontecorvo y humildes figuras como Nunn May. Si fueran traidores, serían traidores a sí mismos. Pero, como en todos los casos en que la gente parece actuar contra sus propios intereses políticos, debemos remitirnos a la infancia.

La política comienza en la guardería, nadie nace patriota o antipatriota, de derechas o de izquierdas, y es el niño cuya necesidad de amor no es satisfecha, cuyo deseo de poder se frustra o cuyo innato sentido de la justicia se pervierte, el que puede acabar queriendo ser un revolucionario o un dictador. En Inglaterra consideramos que durante la infancia y la adolescencia sólo se manifiestan valores espirituales y se reducen las acciones políticas de naturaleza subversiva a gamberradas juveniles. Pero, de hecho, tales conductas en los jóvenes son a menudo reveladoras porque expresan el verdadero sentido de la relación con el padre en su fase más crítica. Antes de herir a la patria hay que odiar al padre.

Guy Burgess perdió a su padre, un oficial de la Marina, a edad temprana, y su madre (a quien adora) se volvió a casar. Maclean desciende de una distinguida familia del Partido Liberal; su padre murió cuando él tenía diecinueve años, siendo presidente de la Junta de Educación. Burgess nació en 1911, Maclean en 1913. El primero llegó a Cambridge después de pasar por Eton y Trinity, el otro, dos años más tarde, desde Gresham y Trinity Hall. Se conocieron en Cambridge y allí ingresaron en los círculos izquierdistas. Maclean consideraba que Burgess había ejercido una muy fuerte influencia en él. Pero no hay indicios de esa opresiva autoridad familiar que lleva a los jóvenes a rebelarse, y después de Cambridge nunca se les volvió a ver juntos.

Habían pasado más de diez años desde el final de la Primera Guerra Mundial, y aparecía una nueva generación que no encontraba ninguna salida en la política nacional para los impulsos aventureros y altruistas de la adolescencia. El marxismo satisfacía tanto la rebeldía de la juventud como su necesidad de dogmas.

Los comunistas de Cambridge adoptaron un nuevo padre o superego en lugar del anterior y aceptaron una nueva justicia con una autoridad más severa. Pensaron que habían expuesto las debilidades del liberalismo, así como la ignorancia de sus mayores sobre asuntos económicos. Para esta generación el atractivo del comunismo era intelectual, al estar lleno de amor, libertad y justicia social, y de una nueva visión de la vida y el arte. Pero estaba ligado a un partido político, y este partido no está dispuesto a dejar de ejercer el control sobre la doctrina. «El Comintern —dice Arthur Koestler— dirigía una trata de blancos cuyas víctimas eran jóvenes idealistas que flirteaban con la violencia.» Los sentimientos de estos jóvenes aparecen en numerosas novelas y poemas o en tratados como «Forward from Liberalism» del señor Stephen Spender. No suponían ninguna traición a la patria de los distintos autores y la dosis de marxismo rara vez resultaba letal.