Los juerguistas

Robert L. Stevenson

Un hombre llega a una isla en busca de un barco español hundido en sus aguas con un magnífico tesoro.

«Los juerguistas» son la sucesión de inmensas olas que han destrozado un barco español; así las conocen los lugareños por el estruendo que emiten, similar a una risa macabra. Una risa que tiene consecuencias malignas: el asesinato, la oscuridad. El horror del mar. El horror.«Los juerguistas», relato publicado por primera vez en 1882 en la Cornhill Magazine, resume en sus páginas el universo de Stevenson, «el contador de historias»: Escocia, el mar, la presencia demoníaca en la naturaleza, la leyenda. Es una obra maestra ineludible cuya intención -y cuyo final- recordará a muchos la esencia de una obra posterior: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, a la que parece unida.

Hacía una hermosa mañana de finales de julio cuando emprendí a pie por última vez el camino de Aros. La noche anterior un bote me había dejado en Grisapol. Desayuné lo poco que me pudo ofrecer la pequeña posada donde me hospedaba, dejé allí todo mi equipaje hasta que llegase la ocasión de ir a recogerlo por mar y emprendí la marcha a través del promontorio con el corazón animoso.

No era ni mucho menos nativo de aquel lugar, sino que procedía de una estirpe sin mezcla de las tierras bajas escocesas. Pero un tío mío, Gordon Darnaway, después de pasar una juventud pobre y ruda y varios años en el mar, se había casado con una joven de las islas llamada Mary Maclean, que era la última superviviente de su familia. Cuando murió al dar a luz a una niña, aros, la granja rodeada por el mar, pasó a manos de mi tío. Yo sabía muy bien que apenas le proporcionaba lo justo para vivir, pero era un hombre en quien se había cebado la desdicha y, agobiado como estaba ahora con la carga de la niña, temía emprender una vida nueva, por lo que se había quedado en Aros lamentándose de su destino. Los años fueron pasando en aquellas soledades sin depararle ayuda ni satisfacciones. Entretanto, nuestra familia agonizaba en las tierras bajas: los de esa raza no tenemos mucha suerte, y tal vez se contara mi padre entre los más afortunados, pues no solo fue de los últimos en morir, sino que dejó un hijo que llevase su apellido y un poco de dinero para mantenerlo. Yo estudiaba en la Universidad de Edimburgo y vivía bastante bien a mis expensas, aunque sin parientes ni amigos, cuando mi tío Gordon oyó hablar de mí en el monte Ross, en Grisapol. Y, como para él los lazos de sangre tenían mucha importancia, me escribió el mismo día que supo de mi existencia y me pidió que considerase Aros mi propia casa. Así fue como empecé a pasar las vacaciones en dicha parte del país, lejos de cualquier compañía y comodidad, entre urogallos y bacalaos. Y así fue como, una vez terminadas las clases, volví allí tan animado aquel día de julio.

El monte Ross, como lo llamamos nosotros, es un promontorio ni muy alto ni muy ancho, pero tan escarpado como el día en que Dios lo creó, rodeado por todas partes por un mar repleto de islas peñascosas y una serie de arrecifes muy peligrosos para los marineros, dominados al este por unos acantilados altísimos y por el pico del Ben Kyaw. Dicen que en gaélico significa «montaña de niebla», y sin duda tiene el nombre bien merecido. Pues su cima, que supera los novecientos metros de altura, retiene todas las nubes que llegan desde el mar, y, de hecho, a veces me daba la impresión de que las creaba ella misma, pues incluso cuando el cielo estaba despejado hasta el nivel del mar, había algún jirón prendido en el Ben Kyaw. Eso retenía la lluvia y, en consecuencia, era pantanoso hasta la cima. En ocasiones hemos visto caer sobre la montaña una lluvia negra como el crespón mientras nosotros estábamos a pleno sol en el monte Ross. Sin embargo, esa humedad la hacía aún más hermosa, pues, cuando el sol iluminaba sus laderas, había muchas rocas mojadas y cursos de agua que brillaban como joyas y eran visibles incluso desde Aros, a veinticinco kilómetros de distancia.

El camino que seguía era un sendero de cabras tan sinuoso que casi duplicaba la longitud de mi viaje. Ascendía entre unas peñas tan escarpadas que había que saltar de una a otra y por unos valles donde el musgo te llegaba casi a la rodilla. No había rastro de cultivos y ni una sola casa en los quince kilómetros que separaban Aros de Grisapol. Por supuesto, de vez en cuando se divisaba alguna que otra casa —tres al menos—, pero estaban tan alejadas que ningún forastero habría sabido llegar a ellas desde el sendero. La mayor parte del monte Ross está cubierta de enormes rocas graníticas, algunas mayores que una casa de dos habitaciones, unas junto a las otras y separadas por brezos y helechos donde crían las víboras. De todos modos el viento soplaba siempre del mar y estaba tan cargado de salitre como en un barco, las gaviotas sobrevolaban el monte Ross tan libres como las aves del páramo y, cada vez que el camino ascendía un poco, la vista se iluminaba con el reflejo del océano. Los días de viento y marea alta se oían, como si de una batalla se tratase, el rugido del gran remolino a su paso por Aros, y las voces temibles y estentóreas de las rompientes conocidas en la región por el nombre de «los juerguistas».

Aros —«Aros Jay» he oído que la llaman los lugareños, que afirman que significa «la casa de Dios»— no es exactamente una isla, ni forma en realidad parte del monte Ross. Constituye su extremo sudoeste y está casi unido a él por un estrecho muy angosto cuya anchura no supera en algunos sitios los doce metros. Cuando sube la marea está tan quieto y claro como una poza en un río, con la única diferencia de las algas y los peces y de que el agua es verde en lugar de marrón, pero, en la bajamar, hay uno o dos días al mes en que se puede pasar a pie desde Aros a tierra firme. Había buenos prados donde mi tío llevaba a pastar las ovejas de las que vivía; tal vez fuesen mejores porque el terreno estaba más elevado en la isla que en las laderas del monte Ross, pero no estoy lo bastante seguro para afirmarlo. La casa tenía dos pisos de altura y era la más indicada para la región. Miraba al oeste sobre la bahía, donde había un embarcadero para amarrar un bote, y desde la puerta se veían las nubes agolpándose sobre el Ben Kyaw.

En toda esa parte de la costa, y sobre todo en las proximidades de Aros, las grandes rocas graníticas de las que he hablado antes descienden en tropel hasta el mar como el ganado en un día de verano. Se alzan allí ante el mundo entero como sus vecinas de la orilla, solo que entre ellas solloza el agua salada en lugar de la tierra silenciosa y en su base se entrelazan los congrios y no las víboras venenosas de la región. Los días tranquilos se puede vagar horas entre ellas con un bote y los ecos resuenan en aquel laberinto, pero cuando el mar está encrespado, que el cielo se apiade de quien oiga hervir aquella caldera.