Maggie

Andrew O'Hagan

Dos fabulosos ensayos uno sobre Thatcher y otro sobre Escocia, de uno de los mejores escritores británicos en activo.

La muerte de Margaret Thatcher, el 8 de abril de 2013, tuvo dos consecuencias inmediatas: puso fin a una era que sus políticas inauguraron y reabrió las profundas heridas que su ejercicio del poder abrió en la sociedad británica. En “Maggie” Andrew O’Hagan, cuya adolescencia coincidió con los gobiernos de Thatcher, reflexiona sobre una figura tan polémica como transcendental para la historia del siglo XX.En “En busca de Escocia”, el ensayo que lo acompaña, O’Hagan, nacido en Glasgow, realiza un ejercicio de autocrítica sobre el nacionalismo; es un texto de lectura obligada a las puertas del referéndum previsto para el 2014.

Hay tardes de verano en Londres en las que Piccadilly Circus parece impaciente por que se enciendan sus neones, en las que cae la lluvia y los turistas dan la impresión de estar cansados de la luz del día. Precisamente en una de esas noches de junio de 2003 conocí a Margaret Thatcher. El encuentro no pintaba del todo bien; ella no sabía quién era yo y, más importante aún, yo no sabía quién era yo, hasta que la vi ante mí y comprendí que no iba a darle la mano. La persona a la que en mi infancia conocía por el sencillo nombre de Maggie era la figura política más electrizante con la que hubiera coincidido. Lograba hacer de la gente héroes y villanos limitándose a existir. Hay que reconocer, si no otra cosa, que Maggie producía una impresión superior a la media, pues uno podía decidir qué clase de persona era alguien solo por cómo reaccionase al mirarla. Supongo que cada generación tiene un líder que personifica ese momento en que la ideología parece que brillase con el carisma, pero el hecho es que, a mí, la persona que estaba en aquel bar me pareció del todo oscura, y me quedé helado.

Coincidimos en una cena en el Carlton Club para celebrar el noventa cumpleaños de Bill Deedes. En el Carlton Club es de esperar encontrarse a tories ingleses; es uno de sus principales caldos de cultivo, rodeado de retratos de sus ancestros políticos. Bill Deedes, que murió en 2007, fue director del Daily Telegraph y diputado conservador por Ashford. Sirvió como subsecretario con Winston Churchill y, más tarde, fue ministro de Información en el gabinete de Harold Macmillan.

Deedes había dedicado la mayor parte de su vida a ejercer el periodismo con coraje y gran solvencia, y había inspirado el personaje de William Boot, que aparece en la novela ¡Noticia bomba! de Evelyn Waugh. (El novelista y el joven reportero habían ido a cubrir la invasión de Abisinia por parte de Mussolini.) La caracterización de Waugh irritaba un poco a Deedes, y yo probaba siempre que podía a chincharlo con eso. Nos hicimos amigos, y ambos promovíamos la labor de la organización benéfica Unicef contra el fenómeno de los niños soldado en Sudán. Deedes amaba a Margaret Thatcher, y también con eso se le podía tomar el pelo. Pero su verdadero héroe, amigo y confidente era el marido de Thatcher, Denis. Jugaban juntos al golf, y a lo largo de los años ochenta Deedes fue el destinatario ficticio de las cartas «Dear Bill» («Querido Bill») publicadas en la revista satírica Private Eye.

Cuando entré en el club, fui hacia el bar y enseguida vi a Bill rodeado de oscuras gárgolas que chorreaban. La mayoría eran de bronce y se alzaban sobre pedestales. Pero también estaban Conrad Black y, con él, Tim Yeo, entonces miembro del gabinete de la oposición conservadora, así como Margaret y Denis Thatcher. Hice al instante un rápido cálculo social: si llegaba al bar iba a tener que darle la mano a la Dama de Hierro, y eso no podía hacerlo, mientras que una vez en la mesa ya no habría problema. (Éramos unas treinta personas.) De modo que di media vuelta, salí del club, fui hasta St. James’s y me detuve a beber algo en el Ritz. Al cabo de media hora regresé y ocupé mi sitio en el comedor bajo un retrato gigantesco de Benjamin Disraeli.

Creo que hubo cinco discursos. El mío fue el segundo. Lo único que recuerdo es que dije que ejercer el oficio con Bill fue una experiencia extraña porque me sacaba siempre sesenta años y sesenta yardas. (De Boot no hablé.) Conrad Black lo hizo algo mejor, llamando la atención sobre las extraordinarias destrezas y el fantástico criterio que hicieron de Deedes uno de los mejores periodistas de su generación. Aquella noche lord Black no dejó entrever lo ansioso que estaba por agradar a la Dama de Hierro, pero siempre lo estaba. «Buscaba desesperadamente sacar el tema del prestigio —me dijo uno de sus socios—. Estaba obsesionado con el tema del estatus y la reputación, especialmente si se trataba de la señora T. Una vez fuimos a comer a Chequers* y casi estaba fuera de sí de los nervios. No paraba de hablar, y sentía que tenía que contarle cuanto sabía de la historia de los tories

Miré a la señora Thatcher cuando Black se sentó. Estaba justo frente a mí, impertérrita. No dijo nada acerca de que organizó una fiesta en el 10 de Downing Street para celebrar la salida de Bill del Telegraph. O de que le ordenó entrar a formar parte de la Cámara de los Lores después de que él rehusara hacerlo. «No quiero ir con esos viejos cansinos», dijo él. «No seas tonto —contestó ella—. Ve y ya está.»

Entonces se levantó el propio Deedes y empezó a hablar de otras compañías y otras noches. «Pasamos algunas veladas magníficas en el número 10, ¿verdad, Margaret? —dijo—. Recuerdo una cena en particular: un vino espléndido, lo de la guerra de las Malvinas iba bien encarrilado, y estaba con nosotros el señor Mulroney, ya sabes, el primer ministro canadiense.»

Ella le sonrió.

«Bueno, tú tenías que andar levantándote de la mesa para ponerte al teléfono. Ya sabes, lord Carrington y aquel hombre de Defensa, John Nott. Marzo de 1982. De todas formas, fue una velada deliciosa. Pero, después de pasar un rato tan agradable, ya sabéis que es costumbre enviar una nota de agradecimiento. Hay quien incluso manda flores, o chocolate, o lo que sea. Pues el señor Mulroney de Canadá, ¿te acuerdas?, fue un paso más allá y te envió un buque de guerra. De verdad que nos pareció todo un detalle por su parte.»

La mesa estaba animadísima, y yo mantenía una agradable conversación sobre jardinería con el señor entrado en años que tenía al lado. En medio de alguna observación elemental sobre la siembra de patatas, de repente recordé que en junio de 1990 el IRA intentó volar el Carlton Club, dejando veinte heridos. Miré a la señora Thatcher, que parecía estar en su propio mundo, y comprendí que era una veterana de los atentados del IRA, pero eso no iba a decírselo a ella o al señor entrado en años, que parecía de lo más ajeno a la inquietud o el escándalo. Todo se me dio mal aquella noche, incluso con el anciano. Hacia las once, habiéndonos quedado ya sin más que decir sobre el tema de las rosas, me preguntó si tendría la bondad de ayudarle con el abrigo. Lo cogí del respaldo de su silla y vi que tenía cosida una de esas etiquetas blancas con el nombre, de las que se ven en las prendas de los jóvenes de los colegios privados ingleses. Al inclinarme para poner el abrigo en los hombros de ese caballero, me tomé el tiempo de volver a mirar y confirmar que decía: «J. PROFUMO».

El principal logro de Margaret Thatcher, podría decir alguien, consistió en trasladar el cuartel general espiritual del Partido Conservador del Carlton Club a los suburbios de la clase trabajadora de Gran Bretaña. Siempre sintió cierto odio por la élite de Inglaterra, o por la idea de que no pudiera haber una élite de tenderos, y acabó convirtiendo el país en un lugar más voraz y más sórdido.