Mireles, el rebelde

J. JESÚS LEMUS

Mireles, el rebelde es un ensayo periodístico inédito donde Jesús Lemus, autor de Los malditos, construye un perfil del fundador de las autodefensas en México: José Manuel Mireles.

En esta obra el autor desarrolla de forma analítica e informada su visión sobre José Manuel Mireles, fundador de las autodefensas en las zona de Michoacán y Guerrero, que sin duda nos ayudará a entender mejor el grave conflicto que se vive en esa zona de México y enriquecerá la discusión acerca de la seguridad nacional y la lucha contra el narcotráfico.

En estas páginas el autor describe el momento y las circunstancias que orillaron a los habitantes de las zonas de Guerrero y Michoacán a levantarse en armas liderados por la iniciativa del Doctor Mireles. Sin caer en apologías adulatorias, el autor cuenta paso a paso el desarrollo de un malestar social generalizado que se convirtió en iniciativa de cambio social. El conflicto de las autodefensas en Michoacán es un tema de gran importancia en el ámbito nacional e internacional con repercute en temas como la violencia, la seguridad y el narcotráfico, y es por ese motivo que este ensayo encuentra una importancia fundamental para entender esta situación.

Cuando el helicóptero Black Hawk sobrevoló el caserío de La Mira, el doctor José Manuel Mireles Valverde recién acababa de ordenar pollo frito para él y la comitiva de cinco personas que lo acompañaba. Las palapas aledañas al pequeño restaurante, en donde se había acomodado el líder de los grupos de autodefensa, se alcanzaron a cimbrar con el estruendo del animal metálico volando. En el aire se revolvió el calor y la humedad.No soltó el pedazo de pollo que estaba comiendo, pero se le notó un dejó de preocupación.
Con la mirada señaló al helicóptero que volaba en círculos sobre el caserío. Salvador, Gerardo y Javier, los escoltas que desde hacía cinco meses no se le despegaban las 24 horas del día, no pudieron descifrar el pensamiento del doctor. Es su costumbre señalar con la mirada. No le dieron importancia y siguieron comiendo. Mireles observó el celular que tenía sobre la mesa, como buscando algo. Eran las 16:27 de la tarde del viernes 27 de junio del 2014.

En La Mira, municipio de Lázaro Cárdenas, a esa hora del día la resolana mata. Todos los que fueron convocados a la reunión para organizar la toma del municipio de Lázaro Cárdenas se encontraban al resguardo de las sombras de los árboles. En el kiosco de la plazuela, apiñados como racimos de uva, otros civiles armados aguardaban con paciencia que el líder terminara de comer. No eran más de 150 hombres y adolecentes los que habían acudido al llamado del doctor. Se levantarían contra lo que quedaba del cartel de Los Templarios.

Fue el cariño de los vecinos de las comunidades de La Mira y Acalpica lo que hizo que el doctor José Manuel Mireles Valverde, luego de negarse a ser parte de la Policía Rural Estatal y tensar la relación con el Gobierno federal, se refugiara en ese lugar. Allí todos lo veían emocionados como a un padre. Desde allí Mireles planeaba lanzar las acciones del Consejo Nacional de Autodefensas, el que formó en la ciudad de México el 28 de mayo del 2014 al lado de personalidades con peso en la sociedad civil como el padre Solalinde.
Desde la plazuela, los autodefensas en ciernes sólo alcanzaban a distinguir la figura de aquel hombre canoso y larguirucho que en ocasiones parecía inclinarse sobre la mesa, a veces para acercarse más a los pedazos de pollo que tenía en su plato, a veces para revisar en busca de algún mensaje nuevo en su teléfono celular. Nadie perdía de vista a la comitiva que comía en el restaurante, aun cuando el zumbido del helicóptero iba en aumento, volando cada vez más bajo. Desde el kiosco se podía ver la ametralladora 50 mm que asomaba por uno de sus costados.

Mireles seguía inquieto, desde muy temprano lo estuvo. Ese día, apenas se levantó comenzó a hacer algunas llamadas desde su celular. Para antes del mediodía, en su buzón de voz tenía varios mensajes de la secretaria de Alfredo Castillo Cervantes, comisionado federal para la paz en Michoacán. Mireles entre cariñoso y pícaro se refería ella como la Güerita cada vez que hablaba con ella, ese día hablaron en varias ocasiones. Estaban acordando una reunión con representantes de la Secretaría de Gobernación para organizar la toma del municipio de Lázaro Cárdenas.

Gente que informaba al doctor Mireles le había filtrado que dentro de esa localidad portuaria se encontraba un reducto importante del cartel de Los Caballeros Templarios. Mireles ya les había dicho a los encargados de las fuerzas federales de esa zona que había varias células criminales operando en el puerto. Nadie hacía nada y el doctor se empezó a desesperar. Mireles comenzó a manejar la posibilidad de tomar él y sus autodefensas la ciudad del Puerto de Lázaro Cárdenas.

Cuando se anunció al Gobierno federal la decisión de tomar dicho puerto hubo resistencia al acto. Mireles ya había señalado también su deseo de tomar la capital de Michoacán, puesto que sus informantes le habían avisado de la reagrupación de lo que quedaba del cartel templario. La rebeldía del fundador de las autodefensas ocasionó diversas reuniones entre el secretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong y el comisionado para Michoacán Alfredo Castillo Cervantes.Allí se acordó irlo acotando.

Las razones del Gobierno federal para no permitir el ingreso de civiles armados en las dos principales ciudades de Michoacán nunca se discutieron con el líder de las autodefensas. Sólo se determinó no permitir la entrada de los rebeldes. Mireles seguía insistiendo en ir, con su propio ejército de ciudadanos armados, tras las células del crimen organizado que aún continuaban actuantes. El Gobierno federal inició la detención por cualquier medio del líder de las autodefensas.

El día de su detención el doctor José Manuel Mireles seguía insistiendo en organizar una toma conjunta del puerto Michoacano. Se comunicó desde muy temprano a la oficina del comisionado Alfredo Castillo.Las negociaciones que entabló Mireles con la Güerita fueron con el objeto de esperar la llegada de dos emisarios de la Secretaría de Gobernación, a fin de organizar la movilización y hacer una toma conjunta del municipio.

No era nada descabellada la propuesta. No hubo elementos para alertar a Mireles. Ya en otras ocasiones había tomado diversas localidades de la zona de Tierra Caliente al lado de las fuerzas del Gobierno federal. Otros coordinadores de autodefensas, bajo el mando del Consejo de Autodefensas de Michoacán, también hicieron lo propio en acompañamiento con las fuerzas federales. Así fue como la seguridad de 27 municipios de Michoacán terminaron bajo el control de los grupos de autodefensa en menos de un año.

 

–Mira Chavo –le dijo Mireles a Salvador, apuntando hacia el helicóptero que no se decidía a aterrizar– allí vienen ya los de gobernación. Hay que prepararnos –dijo, como para acelerar la comida–.

 

En la mesa, todos voltearon a ver al helicóptero que seguía buscando en donde descender. Intercambiaron algunos comentarios, inaudibles a los meseros, que causaron la risa del líder de las autodefensas. Mireles y sus tres escoltas personales estaban acompañados por el doctor Rogelio Ramos, la maestra Estela y el ingeniero Roberto. La amistad de más de dos décadas los había hecho reunirse, como lo hacían de manera frecuente, para comer pollo y platicar de lo que fuera.

Desde el aire, el helicóptero estaba organizando el sitio al caserío de La Mira en donde ya se había ubicado al doctor Mireles. Lo pudieron encontrar no sólo porque Mireles estaba a la espera de una reunión con dos enviados de la Secretaría de Gobernación y había señalado lugar y hora para el encuentro, sino porque se pudo ubicar (con la tecnología avanzada del helicóptero) la camioneta del líder de las autodefensas, una jeep, color blanco, modelo 2014, con placas de circulación PRV 23-00. Estaba estacionada frente al Pollo Feliz.

Más de 600 elementos de la Policía federal, Ejército mexicano, Marina armada de México, Policía ministerial y miembros de la Fuerza rural estatal (formada por ex miembros de los grupos de autodefensas) comenzaron a rodear el poblado de La Mira. Establecieron puntos de control en las siete calles que desembocan en la plaza principal. El helicóptero descendió y bajó un comando de siete hombres que se desplazaron sigilosamente, con movimientos milimétricamente calculados. En menos de cinco minutos se encontraban parados, rodeando la mesa en donde aún estaban comiendo Mireles Valverde y sus acompañantes.

La llegada del comando de élite de la Policía federal no sorprendió al doctor Mireles. Los miró entrar al restaurante y siguió comiendo. Los que vieron la escena supusieron que el área estaba siendo asegurada para que ingresara un alto funcionario. Mireles todavía le pidió a Javier que le pasara la salsa y comentó que estaba muy picosa. Estaba mordiendo una pata de pollo cuando uno de los policías lo sujetó de la mano derecha y lo sometió sobre la mesa. El resto del comando hizo lo propio con los escoltas del doctor y las otras tres personas que los acompañaban en la comida. Los escoltas no tuvieron tiempo de reaccionar ni amagar con el arma que en ese momento portaban. El doctor Mireles se encontraba desarmado.

Afuera del restaurante, entre los recién integrados como autodefensas, que esperaban la salida del doctor para la reunión a la que se había convocado, nadie supo lo que pasaba. Vieron que el doctor Mireles era sometido por los elementos de la Policía federal, pero nadie atinó a sopesar la situación. Antes de que alguien pudiera reaccionar, ya estaban encañonados por las fuerzas federales y estatales que les exigían deponer sus armas. Los soldados comenzaron a ordenar que todos se tiraran al piso. Algunos dejaron sus armas y corrieron, otros decidieron seguir la suerte de su líder y no ofrecieron resistencia.

Tras entregarse los civiles armados fieles a Mireles, el Ejército amplió su operativo a calles aledañas a la plaza principal, para ubicar a los llamados autodefensas que habían corrido. En el operativo fueron detenidos varios civiles inocentes que transitaban con naturalidad en el cometido de sus actividades cotidianas. Un total de 82 civiles fueron capturados. José Manuel Mireles Valverde fue subido en forma inmediata a una camioneta de la Policía federal, allí se le retuvo por espacio de 20 minutos. Él mismo relató que luego fue encapuchado y subido al helicóptero Black Hawk.

Tras el sometimiento de todo el grupo de autodefensas presente en La Mira, y de la escolta personal del doctor Mireles, fue revisada la camioneta en la que él viajaba. El detenido pudo ver, a través de la capucha negra que le fue embocada en la cabeza, cómo un elemento de la Policía federal, al que describió como un sujeto alto, gordito y de pelo claro, con camisa azul, le colocaba bolsitas de color verde y blanco dentro de la unidad.

El doctor y sus tres escoltas fueron subidos al helicóptero Black Hawk y trasladados inicialmente a la zona militar de Lázaro Cárdenas. Después de 20 minutos, arribaron a Morelia. Ya se había preparado la acusación oficial, estaban acusados de delitos graves que ameritaron fueran recluidos en centros penitenciarios federales de máxima seguridad. Mireles había sido anulado.

El doctor Mireles fue internado en el Cefereso número 11 de Hermosillo, en Sonora. Fue humillado y vejado a su ingreso, rapado y rasurado en seco. Fue golpeado y abandonado en una celda de separo en donde lo privaron de sus medicamentos, comida y agua. En su declaración preparatoria ante el juez de la causa, ubicado en Uruapan, al que compareció por medio de teleconferencia, el líder de las autodefensas refirió el trato denigrante al que estaba siendo sometido.

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