Mujeres indígenas

Gisela Espinosa

Este libro es una muestra de cómo las mujeres indígenas forjan su historia a mano propia, aun cuando en su lucha política y social han querido ser borradas del camino.

Un trabajo indispensable en el que la reconocida antropóloga mexicana Gisela Espinosa hace visibles las historias de numerosas mujeres indígenas del estado de Guerrero que han transitado el sinuoso camino de las luchas sociales y políticas en México. Ni siquiera los movimientos feministas e indigenistas se han dedicado a seguirles el paso: sus problemas, propuestas y reivindicaciones han dependido únicamente de ellas.Por esa razón, tal como se pone en evidencia en este texto, la Coordinación Guerrerense de Mujeres -fundada por las experiencias de lucha contra los mecanismos de subordinación, exclusión y violencia que subyugan a estas mujeres indígenas- se ha dedicado a modificar y enriquecer la visión del presente y el imaginario del futuro: no sólo combate la discriminación étnica, de clase y género (la “triple opresión”, como la llama la autora), sino que también busca construir una ciudadanía verdaderamente equitativa.En suma, el presente libro es una muestra de cómo las mujeres forjan su historia a mano propia, dejando una huella en el camino que sirve de luz para que otras puedan seguir su andar.

Para las y los mexicanos no es novedad escuchar que Guerrero es uno de los estados más pobres del país; desafortunadamente, tampoco sorprende escuchar que los pueblos indígenas se hallan en peores condiciones de vida que el resto de los mexicanos y de los guerrerenses; y por desgracia, también, es lugar común abandofr que las mujeres indígenas son pobres entre los pobres, discriminadas entre los discriminados, invisibles entre los negados, sometidas entre los subordinados. Imágenes de mujeres débiles, tímidas, humildes y vulnerables se asocian a aquellas descripciones; y sí, en muchos casos las imágenes se sustentan en realidades. Pero no todas las indígenas responden al estereotipo, y justo las que se rebelan contra el sometimiento y la injusticia generan procesos trascendentes y abren perspectivas de cambio en la vida de muchas mujeres.

¿Ha escuchado usted que en Guerrero hay mujeres indígenas que están organizándose?, ¿que luchan?, ¿que alzan la voz?, ¿que se defienden?, ¿que salen de sus casas y pueblos?, ¿que impulsan proyectos innovadores y cambios culturales profundos?, ¿que son escuchadas en distintas latitudes?, ¿que están construyendo otras ciudadanías y otros mundos para ellas y sus pueblos?, ¿que están empoderándose? ¿Cómo?, ¿aún no sabe nada de estas mujeres?

Este texto tiene como propósito que las lectoras y lectores conozcan una historia viva de organización y de lucha encabezada por un grupo de mujeres que pertenecen a los cuatro pueblos indígenas más grandes de Guerrero: el nahua, el amuzgo, el mixteco y el tlapaneco. Tiene usted la oportunidad de conocer que en este estado, la experiencia y la conciencia de las indígenas sobre su triple opresión está dando lugar a procesos que apuntan a una triple emancipación, que apunta a transformar simultáneamente las injusticias de clase, la discriminación étnica y la subordinación e inequidad de género que por siglos han sufrido las indígenas.

En el impulso creador de la Coordinadora Guerrerense de Mujeres Indígenas (CGMI) está presente el cuestionamiento a la pobreza y las dificultades de la subsistencia, el rechazo a la discriminación étnica y de género, la desnaturalización de la violencia y la subordinación de las mujeres; todo ello ha llevado a muchas indígenas a salir de casa, a dejar un rato a la familia, a apartarse de los cánones tradicionales de la comunidad.

No sólo las mueve la percepción de la injusticia: al lado de la indignación se hallan las ilusiones, los sueños, el deseo; las ganas de que las cosas cambien para bien, que sus ideas y problemas, su voz, sus derechos y proyectos, sean considerados por el movimiento indígena y por las instituciones públicas. A las mujeres de la CGMI no sólo las motiva el sufrimiento, también las alienta el coraje y la convicción de crear un mundo donde la felicidad tenga cabida, en el que se destierre la violencia y la desigualdad; donde no haya mujeres indígenas excluidas y humilladas; en el que ellas, sus hijas y sus hijos, sus compañeros, puedan desplegar sus capacidades. Que nadie quede fuera o silenciado por ser indígena o por ser mujer.

Nuevos imaginarios y nuevas prácticas sociales van modificando las vidas personales y las identidades de las protagonistas y, mediante su acción colectiva e individual, desestabilizan las jerarquías y el papel tradicional de varones y mujeres en sus familias y en sus comunidades, erosionan la cultura sexista, cuelan la equidad de género en las estructuras organizativas y proyectos del movimiento rural e indígena, en las prácticas y representaciones sociales de sus pueblos.

¡Arman el caos! Caos indispensable para crear un nuevo orden, pues si nada se desordena nada podrá modificarse. La inestabilidad que genera la CGMI despierta simpatía y esperanza, pero también causa miedo y molestia: ¿Cómo será el mundo si estas mujeres se resisten a ser como antes? ¿En qué sitio quedarán los varones, los ancianos? ¿Qué ejemplo darán a los niños y las niñas? ¿Quién tendrá la autoridad si ellas también deciden?

Crece la incertidumbre entre “servidores públicos” que de pronto no dan crédito a que ellas, las últimas, las resignadas, las invisibles, se atrevan a exigir, a denunciar, a proponer, a existir; como entre aquellos con quienes comparten las penurias diarias y que a la vez las subordinan: sus parejas, sus progenitores, sus suegras, la gente de las comunidades, los compañeros del movimiento indígena. Allí también arman el caos: ¿Cómo que las mujeres hablan? ¿Cómo que van a salir solas de casa? ¿Por qué fueron a otro pueblo, a la capital, ¡a otro país!? ¿Por qué ya no quieren sólo hacer la comida? ¿Quién les dijo que tienen derecho a decidir sobre su cuerpo, que pueden decir si quieren o no más hijos, que nadie puede golpearlas? ¿Por qué se les ocurre ocupar cargos? ¿Cómo que ya son dirigentes, que tienen representación social, que hacen gestiones y que son interlocutoras del gobierno y de las instituciones públicas?

Su participación en organizaciones sociales mixtas, su vida en familia, su pertenencia al pueblo, en una palabra, su arraigo, permite que sus pensamientos y acciones incidan en la cotidianidad de múltiples espacios. No sólo trabajan por y para ellas, sino en proyectos de cambio de más amplio espectro donde interactúan con sus compañeros de lucha, con sus paisanos, con sus familiares. La multiplicidad de relaciones y planos en los que transcurre su vida y su quehacer político las obliga a salvar simultáneamente obstáculos “internos” y “externos”, a enfrentar con razones y acciones el sexismo naturalizado en todos los espacios de la sociedad mexicana, incluidos los pueblos originarios. Ante ello, ofrecen una mirada crítica; analizan su posición social, sus relaciones y experiencias; argumentan derechos; abogan porque la equidad, la libertad, la justicia y el respeto a las mujeres formen parte de la vida cotidiana, de la cultura indígena y de la cultura mexicana.

El feminismo indígena

En Guerrero, donde la organización popular tiene una larga trayectoria, donde las respuestas campesinas e indígenas ante el poder caciquil y el poder formal institucionalizado, incluyen una amplia gama de experiencias organizativas y métodos de lucha, la CGMI aparece como un núcleo novedoso y joven –empezó a ver la luz pública apenas en 2004–, pujante y creativo.

La Coordinadora es una convergencia de líderes y activistas que están participando en diversas organizaciones y proyectos sociales de Guerrero. Casi todas tenían experiencias previas de participación en organizaciones mixtas. En el seno de esas instancias empezó a surgir y a multiplicarse la idea de juntarse y actuar como mujeres, idea fortalecida por los debates y la movilización indígena y de mujeres indígenas que trajo consigo el alzamiento zapatista de 1994. En el último lustro del siglo XX, la insumisión de las mujeres de los pueblos originarios se observa en todo México, pero en Guerrero ha tenido especial vitalidad y continuidad. Hoy, la CGMI es la única Coordinadora estatal de mujeres indígenas del país pese a que a mediados de los años noventa otras entidades tenían más historia y organización de mujeres indígenas.