Nona Vincent

Henry James

Henry James recrea el mito de Pigmalión en este relato poco conocido y de elementos fantásticos.

El padre de la llamada «novela internacional», el maestro de la narración indirecta y del punto de vista, el escritor que depuró y complicó los contenidos melodramáticos de la novela naturalista del XIX nos ofrece en «Nona Vincent» (1893) uno más de sus intensos y sutiles estudios de las relaciones pero con un «toque final» que nos obligará a leer el cuento desde otra perspectiva.Este relato forma parte de la antología La tercera persona y otros relatos fantásticos.

—No sé si pedirle que me la lea —dijo la señora Alsager mientras aún se entretenían un poco junto a la chimenea antes de que él se despidiese. Miraba el fuego de soslayo, apartando el vestido y haciendo la proposición con una tímida sinceridad que se sumaba a su encanto. Tenía siempre un encanto enorme para Allan Wayworth, como el aire todo de la casa, que era simplemente una especie de destilación de sí misma, tan dulce, tan tentadora, que el joven, antes de marcharse, daba siempre varios pasos en falso. Había pasado en ella algunos buenos ratos, había olvidado, en su cálido, dorado salón, muchas de las soledades y muchas de las preocupaciones de su vida, tanto que había llegado a constituirse en la respuesta inmediata a su ansiedad, en la cura de sus males, en el puerto en el que se refugiaba de sus tormentas. Sus tribulaciones no eran inauditas, y algunas de sus virtudes, si bien nada extraordinarias, eran relativamente notables, teniendo en cuenta que era muy inteligente para ser tan joven, y muy independiente para ser tan pobre. Tenía veintiocho años, pero había vivido mucho y estaba lleno de ambiciones, de curiosidades y de desengaños. La oportunidad de hablar de algunas de estas cosas en Grosvenor Place corregía perceptiblemente las inmensas desventajas de Londres. Desventajas que, en su caso, se concretaban principalmente en la insensibilidad mostrada hacia el estilo literario de Allan Wayworth. Tenía un estilo, o creía tenerlo, y el inteligente reconocimiento de esta circunstancia era el más dulce consuelo que la señora Alsager habría podido prodigar. Era ella aún más literaria y artística que él, ya que el joven solía arreglárselas para sobrevivir a sus naufragios (en eso consistía su ocupación, su profesión), mientras que la generosa mujer, que abundaba en ideas felices pero inéditas y sin publicar, se erguía ahí, en la marea alta, como la ninfa salpicada por el agua en la marmórea taza de una fuente.

El año anterior, en una cena del gran mundo periodístico, se la había encontrado sentada al lado, y los dos habían convertido esa ocasión profundamente material en un banquete para el espíritu. No hubo otro motivo para que le invitara a visitarla salvo que le gustó, cosa de la que él tuvo el mayor placer en percatarse, tanto como se percataba de que era una mujer exquisita. Ella gozaba de una libertad envidiable a la hora de proceder según sus gustos, y esto permitió a Wayworth creer menos inútil su deducción de que por el momento le había tocado ser uno de ellos. Se guardó el descubrimiento para sí, y es que en realidad nada había que le indujese a dar la espalda a la amabilidad de una mujer amable. La señora Alsager estaba tan sólidamente asentada sobre el sentido de propiedad que, de no haber sido por principio liberal, se habría visto condenada a permanecer inactiva. Su marido, que le llevaba veinte años, una personalidad de envergadura en la City y de peso en la vida privada (dondequiera que se irguiese, o se sentase siquiera, era monumental), era propietario de la mitad de un gran periódico y de la totalidad de un montón de cosas más. Admiraba a su mujer, aunque no le hubiera dado hijos, y le complacía que tuviese gustos distintos a los suyos, porque de esa manera parecía extenderse la parcela de su vida en común. Sus propias inclinaciones abarcaban tanto que apenas alcanzaba a ver los confines, y su teoría consistía en confiar en que ella pusiera a las suyas un límite dentro del cual tuviera que ser para ambos motivo de asombro llegar a saciarlas. Las ideas de él eran prodigiosamente vulgares, pero algunas tenían la suerte de que las llevase a cabo una persona de la mayor delicadeza. La delicadeza era algo que permitía hacer extraños malabarismos con tales ideas, pero de eso el señor Alsager nunca se hubo de enterar. Minado sin saberlo, pensaba, sobre todo, que era a ella a quien había engrandecido. En realidad habría sido aún más grande sin su esposa, con la que la sociedad, con un suspiro de alivio, estaba prácticamente en deuda, y a la que en justicia correspondía con una actitud de aturdido respeto. La señora Alsager sentía una estremecedora necesidad de proyectar su libertad y su ocio en las cosas del alma: las cosas más bellas que conocía. Cuando se ponía a buscarlas, las encontraba en un centenar de sitios, y particularmente en una zona de penumbra sagrada —la zona de la piedad activa— sobre cuyo acceso había corrido un velo tan tupido que habría sido una impertinencia descorrerlo. Pero también cultivaba otras pasiones benéficas, y si acariciaba un sueño de cosas hermosas, los momentos en que más le parecía que éste se hacía realidad eran cuando veía, como una flor, recogida la belleza en el jardín del arte. Amaba la obra perfecta: sentía la vibración del arte. Una vibración así sólo podía darse al compás de otra, para que, en su espíritu, se añadiera al aprecio la intensidad de un lamento. Sabía entender el júbilo de la creación, pero no le bastaba con que le dijeran que su propia persona creaba felicidad. Lo que le hubiese gustado, en fin, habría sido elegir su camino; pero aquí era precisamente donde la libertad le fallaba. No poseía la voz: poseía, únicamente, la visión. La única envidia que era capaz de alimentar estaba dirigida contra aquellos que, según sus palabras, eran capaces de hacer algo.

Pero como en ella, al fin y al cabo, todo se tornaba gentileza, era admirablemente hospitalaria con tales individuos como clase. Creía que Allan Wayworth era capaz de hacer algo, y le gustaba oírle hablar de los medios con que se proponía demostrarlo. Él apenas hablaba de ellos con nadie más: ella lo dejaba sin fuerzas para otros oyentes. Con su hermosa lozanía y su reposada gracia constituía en verdad un auditorio ideal, y si alguna vez le hubiese confesado que le habría gustado emborronar algunas páginas (de hecho esto jamás se lo había mencionado a nadie), él se habría encontrado en la posición idónea para preguntarle por qué razón una mujer de tan expresivo rostro no habría de ser consciente de sus propios hallazgos. ¿De qué otra manera podía, en fin, expresarse mejor? Menos expresión tenían Shakespeare y Beethoven. Nunca había sido tan generosa como aquella vez en que, atendiendo a la invitación que he consignado, le llevó el joven su obra para leérsela. Ya le había hablado antes de ella, y una oscura tarde de noviembre, cuando su chimenea roja era más que nunca una liberación del clima y de la ciudad, había exclamado al llegar: «¡Ya la tengo! ¡Ya la tengo!». Ella le obligó a contársela toda…