Nueva York con Norman Mailer

V.S. Naipaul

V.S. Naipaul sigue como periodista la legendaria campaña de Norman Mailer a la alcaldía de Nueva York en 1969.

La política estadounidense vivió numerosos sobresaltos en los años 60. Uno de ellos fue la mediática campaña del polémico escritor Norman Mailer a la alcaldía de Nueva York. A su lado durante la mayor parte de la campaña estaba Naipaul, que fue recogiendo en sus crónica como la trituradora de la política iba deshaciendo la ilusión y la resistencia del incauto Mailer y su entusiasta equipo.

Norman Mailer siempre hacía campaña con un impecable traje azul marino. Hacia el final se cortó el pelo muy corto. Como una semana antes del día de las elecciones su equipo también perdió pelo. El corpulento coordinador de campaña, de treinta años, se afeitó la barbita, y las patillas de otros se redujeron. Los cuellos jóvenes quedaron al descubierto, frescos, limpios y furibundos; las camisas se cerraron con corbatas oscuras y lisas. La primera orden, la que eliminó la barba del coordinador de campaña, vino directamente de Mailer; fue bajando puestos y durante los tres o cuatro días de la última semana el candidato y su equipo se distanciaron un tanto.

—Ha habido cierta confusión de funciones —dijo un joven rapado.

En la sede seguían siendo leales, pero decían que eran leales a la campaña, a la causa, a las ideas. Hablaban menos de «Norman» y más del «candidato», y por su tono parecía que el día de las elecciones sería un día de sacrificio. Donde había un cartel con «Prepárate para la Conquista Normanda»* habían pintado una obscenidad anti-Mailer en rojo, pero tímidamente, no el nombre y el apellido, solo las iniciales.

La sede de la campaña (la del senador Eugene McCarthy el año anterior) era una habitación grande y mugrienta en la segunda planta de un deteriorado edificio de Columbus Circle, encima de un par de cafés y una sauna. El ascensor no siempre funcionaba; era más seguro dar la vuelta y subir por la escalera, en cuyos descansillos a veces había bolsas de plástico llenas de basura: algunos sitios de Nueva York parecen Calcuta con dinero. La sede estaba dividida en varios despachos por endebles mamparas, que fueron derribadas una a una, por diversas razones, en el transcurso de la campaña. El mobiliario era escaso: mesas de caballete, viejas sillas plegables, multicopistas; papel impreso por todas partes, en las paredes, las mesas, el suelo.

Los ayudantes formaban sus camarillas dentro del club. A veces, cuando las chicas llevaban a sus hijos a la espalda, en armazones de aluminio con correas, era como un campamento hippy con sus intimidades domésticas y sus vanidades y compromisos. Durante los días de distanciamiento desaparecieron las intimidades, y los ayudantes, como aficionados que tienen que fingir sentirse hundidos en una película de bajo presupuesto, hacían corrillo alrededor de una mesa detrás de la última mampara y, con la ayuda de unas latas de cerveza, intentaban dar la impresión a los corresponsales —al principio no les hacían ni caso, pero después los recibían con los brazos abiertos— de que bebían más de la cuenta.

Había sido una campaña ambigua, entre profesional y de aficionados, política y antipolítica. Los tontos son los otros, decía una chapa de la campaña de Mailer. Pero se notaba que el distanciamiento también servía como tapadera de la duda, acaso del pánico. Dos semanas antes un escritor de Nueva York, que no era amigo del candidato, me había dicho que la campaña de Mailer sería tan autodestructiva como la de Goldwater en 1964. Mailer era una marca registrada. Los medios de comunicación lo jalearían, pero solo en ese papel. Con el tiempo empezaría a padecer la falta de atención seria, situación que empeoraría a medida que avanzara la campaña, y al final sus ideas, por buenas que fueran, quedarían desacreditadas y el propio Mailer tendría que protegerse.

No resultó así, pero fue la apuesta que hizo Mailer, en el punto culminante de su fama. Mailer no paraba de quejarse de la escasa cobertura de la prensa, pero le prestaban mucha, y cada vez con más seriedad. El día de las elecciones lo votaron cuarenta y un mil demócratas inscritos para la votación. Buenas ventas para cualquier escritor, y para Mailer, político de siete semanas, un triunfo. El traje azul, las visitas a pie, el estrechar de manos; Mailer se fió de su intuición, y le salió bien. El despliegue de energías y la campaña ortodoxa —el político y la sencilla sátira de sí mismo— habían contribuido a establecer la seriedad de Mailer.

Al mismo tiempo la campaña nunca dejó de ser un entretenimiento intelectual. Entre tanta simplificación y repetición Mailer siempre daba la impresión de ser sincero. No perdió su don para frasear, que hacía que muchos comentarios suyos parecieran epigramas. «El anonimato genera aburrimiento.» «La delincuencia irá en aumento mientras sea la actividad más interesante.» «Harán falta cada vez más policías para mantener en el poder a gobiernos cada vez peores.» Al final se desenvolvía bien en las entrevistas en directo. Entonces sus respuestas —después de algo que parecía un chasquido de la lengua contra los dientes superiores, como si estuviera guardándose un chicle— eran bruscas, rápidas y concisas. La imaginación del escritor, procesando y ordenando sin cesar la experiencia («Siempre estás escribiendo esa novela sobre ti mismo», me diría Mailer más adelante), podía pasar revista en cualquier momento.

—Si obtiene la nominación demócrata, ¿a qué republicano le gustaría enfrentarse?

—A Marchi. Dice que es conservador. Yo me considero conservador de izquierdas. Podríamos mantener una discusión extraordinaria sobre el significado de los principios conservadores. Muchos que se consideran conservadores son reaccionarios de derechas, que es algo completamente distinto.

Siguiente pregunta. Y esto fue en la última conferencia de prensa, cuando Mailer estaba harto de tantas palabras.

Cuando menos eficaz resultó fue en las comparecencias posteriores en televisión, sin debate, en las que los candidatos se turnaban para hablar durante un minuto. Entonces ganaban los políticos. Aun haciendo uso de las palabras, parecían rechazarlas, incluso las propias, y dejaban bien claro que lo que realmente querían era el poder y que sabían en qué consistía ese poder. Las palabras de Mailer formaban parte de Mailer. Llevaba una doble carga, como escritor y como político, y lo ridículo de su apuesta —tan privada y tan pública— radicaba en que la irresponsabilidad en uno de los dos papeles desembocaría en la catástrofe que muchos veían venir.

Las ideas eran estupendas: Nueva York, ciudad moribunda; la alienación, su mayor problema; su única esperanza, una reorganización política completa, con Nueva York como el estado número cincuenta y uno, un control más directo de sus fondos y el desarrollo de un modo de vida propio de los distritos más o menos autónomos. Intervenían otros elementos de fantasía muy seductores: eliminación de los coches en Manhattan (un monorraíl rodearía la ciudad-estado), bicicletas públicas y gratuitas y un domingo sin tráfico al mes, un «Domingo Feliz», en el que «lo único que volaría serían los pájaros».