Octavio Paz: una vuelta a su vida

Julio Scherer Garcia

Un libro para conocer las facetas de Octavio Paz a través de las conversaciones con Julio Scherer.

Aquel 18 de octubre de 1993, Julio Scherer conversó con el mayor de los intelectuales mexicanos, Octavio Paz, con quien además de entablar una sincera amistad, compartió la preocupación por analizar y esclarecer los problemas del país. Scherer, una vez más haciendo gala de sus grandes dotes periodísticas, cuestionó al ganador del premio Nobel sobre temas como el 68 y los movimientos estudiantiles de esa época, la sucesión presidencial, la evolución política de México y la democracia, entre otros. Este intercambio, además, evoca la hostilidad gubernamental e intelectual que Paz vivió tras dejar la embajada de México en la India: “Me pides un juicio sobre la vida de México y sobre la mía propia, desde 1971 hasta nuestros días… más de veinte años ricos en cambios y peripecias”, comenta el poeta y escritor mexicano.

Inminente la aparición de sus obras completas en el Fondo de Cultura Económica y a medio camino entre los setenta y nueve y los ochenta años (los cumplirá en marzo), me acerqué a Octavio Paz. Director de Vuelta, le sugerí una vuelta a su vida. Antes de separarnos cruzamos unas frases a propósito de su departamento de tanto tiempo en Guadalquivir y Paseo de la Reforma, y ya en la puerta me dijo “De aquí al panteón de Dolores”.

Habíamos hablado de la sucesión presidencial y las versiones que crecen, pero no se multiplican, acerca del último capítulo del enigma. Parece que Salinas optará entre su hijo, Colosio, y su hermano, Camacho, y cualquiera que sea su decisión alterará sin remedio relaciones entrañables. Será el principio de otra vida para el presidente, a la que agregará una más al desprenderse de la banda con el águila y la serpiente bordados en oro. Tendrá entonces 46 años.

Su edad y la del poeta, que casi la dobla, me llamaron la atención:

—¿Conservan las pasiones de la vejez el ardor de la juventud? —indagué.

—Las pasiones de la vejez son terribles, más fuertes que las de la juventud —respondió Paz.

—No dejan de sorprenderme las paradojas de la vida como si fueran una sola y enorme contradicción. Los adolescentes, eternamente perplejos, se suicidan con una frecuencia desconocida en los viejos. Transitan por la duda y no la resisten —dije.

—Yo me detenía en la vía del tren a Mixcoac, sensible a la tentación —citó Octavio.

En la adolescencia conoció también la moda de la marihuana, sin dato que hoy valga. Íntimo entre los libros de su biblioteca recordó un poema fechado en Nápoles tres años después de la Segunda Guerra, dolido por la destrucción de las grandes ciudades de Europa. Se preguntó entonces si “todo ha de parar en un chapoteo de aguas muertas” y escribió:

Cae la noche sobre Teotihuacán.

En lo alto de la pirámide los muchachos fuman marihuana,

suenan guitarras roncas.

¿Qué yerba, qué agua de vida ha de darnos la vida,

dónde desenterrar la palabra,

la proporción que rige al himno y al discurso,

al baile, a la ciudad y a la balanza?

El canto mexicano estalla en un carajo,

estrella de colores que se apaga,

piedra que nos cierra las puertas del contacto.

Sabe la tierra a tierra envejecida.

Leyó Octavio las preguntas que me había pedido días antes. Sobre el teatro —uno de los temas— comentó que nada importante tendría que decir. “A Villaurrutia nada le debo; a Usigli, sí. Bueno, déjame ver.”

La pregunta diecisiete —¿Qué dolor cargas, Octavio?— lo precipitó en el misterio de su propia vida. “Son tantos”, dijo.

Julio Scherer. Nuestra amistad prendió hace veinticinco años, en lamatanza de Tlatelolco y tu renuncia como embajador en la India. Yo trabajaba en Excélsior y te propuse la dirección de una revista a la que pondrías nombre, sello y contenido (Plural, antecedente de Vuelta). Fue una época difícil, con el gobierno hostil a tu presencia. ¿Qué es hoy del tiempo ensangrentado de Díaz Ordaz y qué de tu vida de entonces?

Octavio Paz. No sé cómo contestar a tu pregunta. Es muy vasta y comprende muchos temas. Me pides un juicio sobre la vida de México y sobre la mía propia, desde 1971 hasta nuestros días… más de veinte años ricos en cambios y peripecias. Además o, mejor dicho, ante todo, tu pregunta resucita imágenes, sentimientos y episodios que, a pesar de los años transcurridos, me parecen apenas de ayer. Pienso en nuestro encuentro en 1971 y pienso en nuestra amistad, que ha sobrevivido a tantos años y a tantas diferencias de actitudes y opiniones… En fin, procuraré sobreponerme a mi natural emoción y trataré de responderte con cierto orden. Pero te advierto que mi respuesta será un poco larga.

Evocas mi regreso a México en 1971, después de doce años de ausencia. Aunque en octubre de 1968 había dejado la embajada de México en la India, no creí que fuese cuerdo volver al país inmediatamente. Aparte de la hostilidad gubernamental, me habría visto envuelto en querellas estériles y circunstanciales, lo mismo con el poder público que con la oposición. Decidí esperar un poco: era claro que la represión no podía prolongarse y que pronto se abrirían espacios libres que harían posible la crítica y el debate. En octubre de 1969 pronuncié una conferencia en la Universidad de Austin que, ampliada, se transformó en un pequeño libro: Postdata (1970). En sus páginas sostenía que la salida de la crisis histórica que vivía México no era la revolucionaria que proponían los líderes estudiantiles y la mayoría de la izquierda sino la instauración de una verdadera democracia. Hasta entonces habíamos vivido bajo la hegemonía de un partido estatal, un régimen de compromiso entre la democracia auténtica y la dictadura de un césar revolucionario. El sistema daba un poder inmenso al presidente pero lo limitaba a un periodo de seis años; un organismo impersonal —el partido— aseguraba la continuidad. Afirmé que después de 1968 esta situación de excepción no podía prolongarse más sin peligro de estallido o de recaída en una franca dictadura. La opción histórica consistía en elegir entre la democracia y la dictadura.

—¿Cómo fue recibido Postdata?

—Mis ideas fueron criticadas con dureza lo mismo por los voceros del gobierno que por los intelectuales de izquierda. Unos estaban empeñados en la conservación del statu quo y los otros soñaban con la instauración, por medios revolucionarios, de un régimen socialista. La reacción de los primeros era natural; lo era menos la de los intelectuales y los partidarios del movimiento estudiantil. Ninguno entre ellos parecía darse cuenta de la contradicción que había entre su pasión revolucionaria, su culto al Che Guevara o a cualquier otro santón de la izquierda, como Mao, y la significación real del movimiento en el que había participado: la democracia. Sí, hablaban de democracia pero para ellos era un medio subordinado a la acción revolucionaria, es decir, era una táctica, no un fin en ella misma. La democracia era un episodio de la lucha de clases, un escalón en el camino hacia la toma del poder. Su ideología y sus actitudes eran una viva ilustración de aquella profunda observación de su maestro Marx: los hombres hacen la historia pero casi nunca tienen conciencia de lo que realmente hacen: Colón va en busca de Cathay y descubre América, el Estado Mayor alemán envía a Lenin en un tren blindado a la estación de Finlandia y estalla la Revolución de Octubre… Pero es peligroso mencionar la soga en la casa del ahorcado: no me perdonaron que señalase la incoherencia de sus posiciones. Escandalizados por las ideas y los pareceres que exponía en Postdata, decretaron mi muerte civil.