ONGistán

Jordi Raich

¿Qué hay detrás de las ONG? ¿Cómo se trabaja en las zonas de conflicto? Un manual para todos los interesados en ayuda humanitaria.

En el mundo humanitario no es oro todo lo que reluce, la falta de coordinación entre agencias, la proliferación de falsas ONG o las luchas entre organizaciones están a la orden del día. ONGistán es una suerte de manual para el trabajo humanitario en el que Jordi Raich nos cuenta sus vivencias y cómo es el día a día en los proyectos solidarios. Un ensayo crítico que nos muestra qué sucede al otro lado de la pantalla en países en guerra como Siria o lugares devastados por catástrofes naturales como Haití o Filipinas.

—¿Cuál es el propósito de tu viaje a Sierra Leona? —preguntó el agente de inmigración del aeropuerto internacional de Lungi.

—Tomarme unas semanas de vacaciones y luego trabajar en Liberia.

El oficial examinó la validez del visado y la cédula que delataba mi pertenencia a una institución humanitaria. Tenía la cara perlada de sudor, que resbalaba hacia un bigote embrionario. El cuello y los puños deshilachados de la camisa no menoscababan un ápice su autoridad fronteriza.

—Ni se te ocurra ir a Liberia. Allí están locos —ordenó más que aconsejó.

Certificó mi entrada en el país con un enérgico tamponazo. Miré el sello: «Visitor-Entry 20-03-2003». Una sonrisa ladina endulzó su expresión.

—Quédate en Sierra Leona. A los cooperantes os gusta mucho. Buenas playas, buena comida y… no dejes de ir a Paddy’s.

—Así lo haré —afirmé sin saber qué era Paddy’s.

Las escamas de caucho de la cinta transportadora de equipajes trastabillaban como un tren que alguien olvidó jubilar. Mi maleta emergió empapada, celosa del rostro del policía. Al parecer, en aquella parte de África los objetos inanimados también transpiraban. El inspector de aduanas no me creyó cuando le dije que en la bolsa llevaba libros y ropa de invierno.

—Ábrela —decretó, convencido de estar a las puertas de un embarazoso secreto.

Descorrí la cremallera y brotaron varios pares de calcetines de lana, guantes de Thinsulate, un forro polar, un anorak cortaviento, una bufanda, un gorro. El hombre no salía de su asombro. Ver aquello bajo el Trópico de Cáncer resultaba asfixiante.

—¡No me extraña que tu maleta sude! —exclamó con inesperado sentido del humor.

Intenté aclararle el enigma.

—Vengo de Tayikistán. De las montañas del Pamir. He pasado el invierno a trece grados bajo cero y no he tenido tiempo de ir a España a coger la ropa de verano.

—No sé dónde queda el iskistán ese, pero aquí esto no te servirá de nada.

—¿Cuál es la mejor manera de ir a la ciudad?

—La mejor y la peor es en el helicóptero que despega del hangar contiguo. Hay un ferry del gobierno que atraviesa el río y que nunca funciona.

En la taquilla de Paramount Helicopters descubrí que tampoco había tenido tiempo de comprar dólares americanos. En la cartera tenía euros, francos suizos y somonis tayikos. Pregunté qué monedas aceptaban a la dicharachera empleada, protegida por un cristal grasiento salpicado de adhesivos de compañías aéreas.

—Solo cobramos en dólares. He oído hablar de los euros, ¿me regalas uno?

Le di dos euros.

Avergonzado, expliqué el problema a la mujer que hacía cola detrás de mí. Le rogué que me pagara el billete con la promesa de devolverle el dinero al día siguiente.

—No te apures, la deuda queda entre humanitarios —replicó sin vacilar —. Me llamo Jenny, del ACNUR.

—Yo me llamo Jordi. ¿Tanto se nota que soy de una agencia humanitaria?

Jenny recogió los tíquets y me indicó la sala de espera.

—¿Sabes qué lugar ocupa Sierra Leona en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas?

—Supongo que bastante bajo.

—El puesto número 175, el último. Lo que significa que esta es la nación más subdesarrollada del planeta.

—¿Has estado antes en Sierra Leona?

—No.

—Entonces, bienvenido a Humanitarilandia, olimpo de las ONG —dijo con voz de presentadora de concurso televisivo —. Aquí no vienen turistas, solamente expatriados de organizaciones de ayuda de todas las clases imaginables. Un circo lleno de magos de la desnutrición, domadores de refugiados, contables acróbatas, hipnotizadores de amputados y muchos, muchos payasos solidarios. Buena suerte.

—Gracias por la bienvenida —afirmé poco convencido del honor —. En cuanto a lo del circo, ya he visto varias veces la función. Sobreviviré.

Abordamos un helicóptero Mi-8 de fabricación soviética y pilotos ucranianos. El maquillaje de sucesivas capas de pintura no lograba disimular la avanzada edad del aparato, que, no obstante, despegó con envidiable levedad. Los manglares de la desembocadura del río Sierra Leona titilaban bajo el sol oxidado del atardecer. Por la escotilla del ingenio volador entraba la brisa ecuatorial, húmeda y pastosa. África caía a plomo en los pulmones del visitante. A pesar de mi anacrónico ajuar invernal me sentía feliz de encontrarme en mi continente favorito, lejos del hielo de las legendarias cumbres del Yeti. Al fondo palpitaban las primeras luces de Freetown, la capital.

—¿Sabes cómo llaman a este país? —Jenny interrumpió mi ensueño.

—No, no lo sé —respondí, a la espera de otra andanada de sarcasmos circenses.

—«La tumba del hombre blanco.» Así lo llaman.

«La tumba del hombre blanco.» Eso fue hace una eternidad, cuando en 1492 el navegante portugués Pedro da Cintra llegó a estas costas ignotas. Desde la carabela, el perfil de las majestuosas montañas vestidas de selva, abocadas al océano, se le antojó una leona sentada. Apodó a aquel paraje Serra Lyoa. En tierra firme, la romántica visión marinera se transformó en pesadilla sanitaria. El paludismo, la disentería, la tripanosomiasis, el dengue y otras graves infecciones causaron tantos estragos entre los colonos que el estado felino devino la tumba del hombre blanco. Los británicos no tardaron en hacer acto de presencia. La exportación de marfil, nueces de cola, aceite de palma y maderas preciosas fue ampliada al tráfico de esclavos. La corriente abolicionista del siglo XVIII animó al filántropo inglés Granville Sharp a crear en Sierra Leona una colonia para esclavos liberados que bautizó con el nombre de Province of Freedom, «Provincia de la Libertad». El asentamiento original contó con 411 ex cautivos, que deseaban escapar de la miserable vida emancipada que llevaban en Inglaterra, y un puñado de mujeres. A ellos se les unieron esclavos redimidos procedentes de América, de Jamaica y Nueva Escocia, que fundaron Freetown, la «Ciudad Libre». El ensayo sufrió serios descalabros y revueltas internas a causa de disputas territoriales y monetarias, si bien la mayor decepción fue advertir que cuantiosos antiguos esclavos que habían ido a la Provincia de la Libertad decidieron dedicarse al lucrativo comercio de esclavos.

En 1896 el territorio fue declarado protectorado británico. A él emigró una creciente comunidad de mercaderes libaneses que huía de la crisis financiera de Oriente Próximo. En la década de los treinta, el hallazgo de oro y diamantes aluviales alteró para siempre la economía y la sociedad sierraleonesas. Miles de campesinos abandonaron granjas y cultivos en busca de fortuna dorada o brillante en los ríos preñados de minerales del interior de la selva. Los avispados libaneses se hicieron con el control de una industria que les reportaría dinero y poder. Cuando Sierra Leona alcanzó la independencia en 1961, la exportación legal e ilegal de diamantes representaba ya el 70 por ciento de la riqueza nacional. Y los diamantes serían igualmente su perdición, el combustible que alimentaría la ambición, el soborno, las tensiones étnicas y un conflicto demencial.