Pink

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Una escalofriante pesadilla urdida por Juan Jacinto Muñoz Rengel, uno de los escritores más originales y prometedores del momento.

Un gas tóxico de color rosa irrumpe en las vidas de un variado grupo de personajes, aparentemente desconectados los unos de los otros. Todos ellos empiezan a actuar de forma extraña y violenta. Pero ¿es realmente el gas el causante de sus conductas desviadas?

Están al otro lado de la puerta. Puede verlos desde la ventana, oculta tras las cortinas. Han arrastrado el cuerpo de su marido a lo largo de toda la calle, agarrándolo por los tobillos y dejando que su cara se magullara contra la superficie del asfalto. Cuando lo han subido hasta aquí, su cabeza ha golpeado en cada uno de los escalones de la entrada, produciendo un ruido sordo, una y otra, otra, otra vez. Ahora, a tan sólo unos metros de ella, lo han levantado por los brazos, han hundido un cuchillo en su vientre y lo han abierto en canal hasta hacer crujir varias veces el esternón contra la hoja metálica. En un ataque de pánico, la mujer no ha podido evitar acercarse hasta la mirilla de la puerta, y ha visto cómo el cuerpo sin vida de su marido caía de rodillas y se desplomaba en el suelo. No sabe por qué lo han hecho. Imagina unas cuantas razones por las que pueden haberlo hecho, pero en realidad no lo sabe exactamente. La nube tóxica lleva varios días varada en esas calles, entre la iglesia y las hileras de adosados de detrás del centro comercial, y parece claro que esta noche ha ocurrido algo, aunque no lo pueda recordar. No es que haya perdido en ningún momento la conciencia, ni tampoco se ha quedado sin memoria. Recuerda perfectamente su nombre, Mariana, Mariana Schaublin, su número de la seguridad social, su número de documento de identidad, su número de teléfono, el orden en que le gusta comerse los sabores de helado del banana split, apartando a un lado las cerezas al marrasquino y dejando la nata templada para el final, las razones por las que ama —amaba— ciegamente al cerdo de su marido, a ese cabrón que ahora descansa sobre el charco de sangre casi negra, con una expresión beatífica en su rostro desfigurado, con más cara de santo de la que tuvo nunca en toda su vida. Se acuerda de todo, lo único que no consigue recordar son los últimos diez minutos. Sólo eso.

Cree que se le debe de haber escapado un gemido, porque ellos han comenzado a mirar hacia la puerta. Van a intentar entrar, seguro. Y cuando lo consigan será aún peor. Se volverán locos. Así que sube a la planta de arriba para ver si puede huir de allí por alguna parte. Se encierra en el dormitorio. Apenas dispone de un endeble pasador y de una silla que no logra atrancar. Se aproxima al ventanal que da al pueblo, y trata de localizar su coche, pero la nube de gas lo cubre todo. Desde el lunes la neblina está apostada entre los edificios, en una fina capa a tres metros y medio de altura, ni más ni menos. Así de exacta es esa nube tóxica. Por lo que ahora le impide ver todo lo que queda por debajo, los automóviles de la calle, o la calle.

Se mira las manos, y comprueba que tiene rotas dos uñas de la izquierda y la derecha encostrada de sangre seca. Busca su imagen en el espejo y en efecto es quien creía ser: Mariana, Mariana, Mariana. Pero sigue sin recordar los últimos diez minutos de su vida, que son como un espacio en blanco, una pantalla impenetrable. ¿Por qué? ¿Por qué no los recuerda? Sabe que no ha estado inconsciente, porque tiene la respiración acelerada, la piel sudada, y cuando su mente se despertó como de un sueño estaba corriendo en mitad de la calle, delante de su casa. Y sabe que no han sido más de diez minutos, porque se acuerda de la última vez que miró la hora en la radio digital del monovolumen: las 21.25. La sangre de la mano derecha no es suya. De eso no hay duda, no es su sangre. Y la sensación de que han ocurrido cosas no la abandona, también por eso sabe que no ha estado desmayada. Abajo se oye un ruido. Luego una voz:

—La otra tiene que estar por aquí.

Ella pega su espalda a la pared, sin dejar de mirar hacia la puerta. No cree en Dios, sería absurdo, pero reza para que esos hombres suban directamente a buscarla, y para que no se demoren ni un minuto más en la planta de abajo. Lo único que desea con todas sus fuerzas es que no comiencen a registrarlo todo en la planta de abajo.

—¿Dónde estamos? —pregunta una voz más atiplada.

—En su casa. —Las voces ascienden amortiguadas, y aun así intactas.

—Pero ¿cómo hemos llegado?

—Esa zorra debe de haberse escondido. Dividámonos.

—Sí, separémonos, que no se nos escape.

—Yo quiero volver… Creo que estaba haciendo algo… Algo importante. Vámonos, tíos. Larguémonos de aquí.

—Cállate, imbécil.

—Sí, calla. Pero ¿a qué demonios huele en este lugar?

Como se temía, ahora sólo tendrán que seguir el rastro del olor. Por un instante Mariana piensa que se cambiaría por su marido, daría todo lo que tiene por recibir la muerte de su marido. Se asoma a la ventana. Es sólo un primer piso. Si quedara malherida sobre la acera no habría arreglado nada. Se pregunta si sería capaz de tirarse de cabeza, si sería capaz de contener el instinto de su cuerpo de protegerse. Sería como si se lanzara a una piscina de algodón de azúcar. Por un momento, una ligera brisa dispersa la niebla rosada, y consigue ver su coche. Antes de que vuelvan a quedar ocultos logra ver los restos incrustados en el radiador de su coche, y un retazo de recuerdo le viene a la mente como una intuición. No como para poder recomponer lo sucedido en los últimos diez minutos. Pero sí como para tomar una decisión. Sí como para caminar hasta el tocador, coger el florero de cristal de Murano, levantarlo en el aire y arrojarlo contra el suelo haciéndolo añicos, para que el estrépito los atraiga hasta ella cuanto antes.

Nunca está solo. Al menos en su casa. Que él recuerde, nunca ha estado solo en casa desde hace alrededor de cinco años. Todo empezó una tarde de domingo; en alguna parte una vez leyó que las tardes de domingo son las que forjan el carácter. Estaba sentado en el sofá, rodeado de pilas de libros, de notas y de sobras de comida, con el televisor encendido, las luces encendidas y hablando por teléfono con alguien que ahora no consigue concretar, quizá con su hermana. Tenía la mirada perdida en las estanterías de la pared de su izquierda, en los lomos de colores de todos los grosores y tamaños. Cuando de repente advirtió un leve movimiento en el estante superior. Se ajustó las gafas. Fue apenas una vibración, algo casi imperceptible. Como si los perfiles de las cosas hubieran pretendido huir y de inmediato hubiesen regresado a su sitio. Como si una lámina transparente, una especie de película de acetato adherida a las cosas, hubiera querido emprender el vuelo para enseguida arrepentirse. Desde luego, fue algo distinto de cualquier sensación que hubiese experimentado antes. Aquella tarde de domingo atribuyó ese temblor a una debilidad de su vista, a un reflejo, al cansancio, a un amago de mareo, a su mala alimentación.