Pregón de la rosa

José Luis Sampedro

Una emotiva invitación a vivir la vida a través de la libertad.

Símbolo de la rebelión contra la tiranía desde época medieval, la leyenda de San Jorge es de sobra conocida y celebrada en todo el mundo cada 23 de abril. En 2010, el pregón de la lectura del día de Sant Jordi organizado por las Bibliotecas de Barcelona, tuvo como protagonista de excepción al magnífico José Luis Sampedro, que regaló a los presentes una maravillosa reflexión humanista sobre el personaje histórico y la vigencia de su lucha en el presente, porque la clave está «en defender la propia vida, en defender la propia verdad, y en defenderla con libertad, porque si no, no es propia.»Con esta versión escrita de su intervención, compartimos con sus lectores un momento inolvidable.

Ilustrísimo señor, autoridades, señoras y señores, amigos todos:

Me permito decirlo así porque la recepción que se me ha hecho es verdaderamente de amistad. No podía suponer que gozaba de tantos afectos todos se han volcado de una manera que me resulta conmovedora.

Quiero expresar mi gratitud a la ciudad con una emoción que ustedes advertirán. Emoción que además aumenta por el hecho de que, como han oído ustedes, soy un barceloní, y eso se debe a que en 1917, año en que ocurrieron muchas cosas en Barcelona, ocurrió una de una importancia tremenda, no para nadie, pero sí para mí, y es que nació un niño en ese día y empezó a pronunciar, no sé si en catalán o en castellano, pero empezó a decir ciertas cosas. Han pasado 93 años y ese niño, que ha venido muchas veces a Barcelona, e incluso ha tenido el honor de ser recibido antes en este salón, se encuentra en este lugar privilegiado, privilegiado por la historia, privilegiado por las personas, privilegiado por el carácter del acto, y se encuentra verdaderamente deudor de todos ustedes. Y trataré simplemente de responder a esa deuda.

Yo, con el Teatro del Liceo muy cerca de aquí, me encuentro casi en la situación del tenor que canta a Puccini y al final de Tosca hace el «Adiós a la vida»; así pues, mi situación actual es hacer ese canto, y no podía encontrar un lugar mejor para ello.

Voy a hablar, naturalmente, de San Jordi; voy a hablar de los libros, de la palabra, pero no empezaré contando, porque no es necesario, la leyenda del santo y la forma en que mata al dragón y libera a la doncella. Lo que ocurre es que, para remozar un poco las cosas, si les parece, podemos dar una versión moderna de aquella situación, porque se trata de una situación permanente en la vida humana, la del poder secuestrando a la libertad. Y esa situación que se repite todos los días, que se repite entre todos, porque la vida es una colección de desequilibrios de poder y de enfrentamientos, afortunadamente pacíficos la mayoría de las veces, tiene una manifestación en esa leyenda. Y si la tomamos a lo moderno, el dragón no sería un dragón, sería un hombre poderoso; podría ser un financiero —y que no se enfaden conmigo, yo he trabajado en un banco—, podría ser un general, podría ser un obispo, podría ser una persona poderosa; una persona poderosa que está reteniendo a la libertad contra su voluntad, a la libertad ajena. Porque el poder quiere siempre para él la libertad más absoluta, y en cambio quiere impedir que esa libertad esté disponible para todos los demás.

Pues bien, aparece el santo, que en aquel momento no era santo todavía —lo será después—, y este santo que podemos suponer educado de una manera estricta y rigurosa y acostumbrado a obedecer y a servir, de pronto se encuentra con esta mujer hermosa retenida, detenida por el poder; entra violentamente, exige que la liberen, y cuando le presentan en contra toda una serie de argumentos (quizá documentos, hipotecas, contratos, etc.) él esgrime un libro —en la leyenda esgrime una espada o una lanza, pero eso ya no se gasta—; en nuestro tiempo, el santo esgrime un libro y con ese libro anula todos los contratos leoninos, anula todos los trucos legales del poder. Porque él esgrime el libro de la justicia, y a esa mujer la están reteniendo con los documentos de la ley.

La ley y la justicia son cosas bastante diferentes entre sí. A veces coinciden, pero todos ustedes saben de sentencias injustas. Y el santo será santo después porque defendió la justicia y la libertad. Porque al salir —esto ya no lo cuenta la leyenda, pero lo añado yo— con esa mujer hermosa, charlan, hablan, salen a la calle, y la calle de hoy, lo saben ustedes mejor que yo, bulle de vida efervescente, una vida llena de puestos de libros entre los que se puede navegar y asomarse a cualquier cosa de aquellas que hace el hombre: a viajes, a ciencias, a placeres, a regocijos, a conocimientos curiosos, a lo que se quiera. Y hablando, hablando, el santo y la mujer acaban enamorándose. Entonces, el san Jordi de hoy descubre que su vida, férreamente sujetada por una educación dogmática, se encuentra con que al añadirle la libertad se convierte en su propia vida. Porque, noten ustedes, al hablar de la libertad se habla de la vida, y viceversa; la vida, para ser nuestra vida, la vida que vivimos cada uno y que debemos vivir (no solo tenemos el derecho de vivirla, tenemos el deber de vivirla); la vida, si no es libre, no es nuestra. Si se atiene a lo que otros nos obligan a hacer, no somos nosotros, no somos responsables, no somos los que viven ni los protagonistas; somos unos ejecutivos mecánicos. Y esto es lo que la libertad añade al mero hecho de existir.

El personaje en la Edad Media se hizo cristiano, porque él era oficial del ejército romano, conoció seguramente a personas que no eran militares ni eran rigurosas, que tenían otras ideas distintas, y conoció a los cristianos de entonces, que aunque a veces se anatematizaban unos a otros, vivían entre hermanos, vivían en cofradías, tenían bienes comunes, etcétera. Y cuando llegó el momento en que le obligaron a renegar de aquello, decidió renunciar a la vida para no perderla, porque si no renuncia y acepta dejar a Cristo para irse con los dioses paganos, entonces ya no es libre y ya su vida no es suya, y la pierde aunque siga existiendo. Y por eso fue mártir, y ha tenido después la resonancia y la atracción de tantos pueblos por el mundo, porque ha sido y es el patrón, no solo de Cataluña, sino de muchos pueblos, como ustedes saben muy bien.

La cuestión está en defender la propia vida, en defender la propia verdad y en defenderla con libertad, porque si no, no es propia. No es propia, y ustedes me dirán: bueno, cada cual tiene verdades distintas. Pues naturalmente; cada uno de nosotros tenemos nuestras verdades. Lo que motiva y dirige nuestras vidas, lo que hace que decidamos ir a tal sitio, estudiar esta carrera, hacer esto o aquello, escribir un libro en vez de no escribir, o lo que sea, todo esto se debe a nuestras creencias. Nuestras creencias a veces son verdad, pero otras veces no podemos ni siquiera estar seguros de que lo sean. Porque la realidad en sí, la realidad de las cosas en sí, fuera del pensamiento humano, es inalcanzable para nosotros, es tan completa, tan intrincada, tan llena de dimensiones, tan organizada en un solo ser (el famoso ser de Parménides) en un universo en el cual todas las cosas están relacionadas unas con otras, que no podemos conocerla. Y entonces, hombres y mujeres vivimos en nuestra representación de la realidad, que no es necesariamente (y probablemente en muchos casos) la realidad de verdad.