Punto Final, S. A.

Max Brooks

Un relato de zombis de la mano de un maestro del género.

En Punto Final, S. A., Max Brooks, único heredero de George R. Romero, vuelve a utilizar a los zombis para reflexionar sobre el colapso de la civilización. Esta vez, es una entrevista traspapelada que debía haber aparecido en Guerra Mundial Z, con un terapeuta danés que, tras la plaga, «recupera» psicológicamente a quienes no se atrevieron a matar a familiares infectados.Este ralato forma parte de la antología La marcha zombi.

[Thomas Kiersted está igual que en esa foto sacada antes de la guerra. Quizá ahora tenga una complexión considerablemente más delgada, y su pelo entrecano haya perdido toda su parte morena; no obstante, en sus ojos no se percibe el más leve atisbo de «la mirada del superviviente». Me saluda desde la cubierta de La Reina de África. Esta nave de unos noventa metros de eslora, que fue un yate velero en su día, sigue siendo magnífica, a pesar de sus velas remendadas y de estar pintado con un color gris naval . Este antiguo juguete de la familia real saudí navega ahora bajo la bandera de la Unión Europea y es el cuartel general móvil de Punto Final S. A.]

¡Bienvenido a bordo!

[El doctor Kiersted me ofrece una mano en cuanto la lancha de suministros se sitúa a la par de su barco.]

Menuda fiesta, ¿eh?

[Se refiere al conjunto de buques de guerra y de transporte de tropas que se encuentran anclados en el fiordo.]

Menos mal que solo es una misión de reconocimiento. Cada vez nos resulta más difícil conseguir sujetos. El sur y el este de Asia son buenas zonas en ese aspecto, pero en África ya hay poco que rascar. Rusia solía ser nuestro principal exportador, aunque de manera extraoficial, por supuesto, pero ahora… Van en serio, quieren cerrar las fronteras. Se acabaron «las negociaciones flexibles», ni siquiera a nivel individual. ¿Adónde va a ir a parar el mundo si uno ya no puede sobornar a un ruso?

Se ríe entre dientes mientras bajamos a la cubierta B, en cuyo pasillo reina un ruido tremendo que surge de una escotilla iluminada.

No se preocupe por eso.

[Kiersted hace un gesto para señalar hacia atrás.] Es la temporada de cricket, Sri Lanka contra las Antillas. Recibimos la señal de la BBC directamente desde Trinidad. No, nuestros sujetos están todos abajo, en unos camarotes especialmente modificados. No es barato, pero nada de lo que hacemos aquí lo es.

[Descendemos a la cubierta C y dejamos atrás los camarotes de la tripulación y varios armarios donde al parecer guardan diversos materiales y equipo.]

Nuestros fondos provienen oficialmente del Ministerio de Sanidad de la UE. Nos proporcionan el barco, la tripulación, un enlace militar para ayudarnos a recoger sujetos, o, si no hay tropas disponibles, nos dan dinero suficiente como para pagar a contratistas privados como los «Impisi», ya sabes, los «Hienas», quienes tampoco son baratos.

No recibimos ningún tipo de financiación pública por parte de Estados Unidos. He visto en la C-SPAN* los debates que se han celebrado en su congreso al respecto. Casi me da algo cuando vi que un senador intentaba defender lo que hacemos abiertamente. Supongo que ese tipo ahora debe de estar trabajando como subalterno en el Departamento de Registro Nacional de Tumbas, ¿no?

Lo más irónico de todo esto es que, al final, casi todo el dinero que recibimos procede de América, de individuos particulares o instituciones benéficas. La [nombre omitido por razones legales] nos ha proporcionado los fondos que han permitido que decenas de compatriotas suyos hayan tenido la oportunidad de utilizar nuestros servicios. Necesitamos todos los dólares posibles, o quizá debería decir pesos cubanos, ya que esa es la única moneda que vale algo hoy en día.

Si bien resulta muy difícil y peligroso recoger sujetos, realmente peligroso, esa es la parte relativamente barata de todo el proceso. El dinero se va de verdad en… la preparación. No basta con dar con un sujeto que tenga la altura, la constitución y el género adecuados, así como unos rasgos faciales razonablemente parecidos. En cuanto los tenemos [menea la cabeza de lado a lado] comienza el trabajo de verdad.

Hay que lavarles el pelo, cortárselo y, a veces, teñírselo incluso. Casi siempre hay que reconstruirles los rasgos de la cara o incluso hay que moldearlos a partir de cero. Contamos con algunos de los mejores especialistas de Europa… y Estados Unidos. La mayoría trabaja a cambio de un salario estándar, o incluso «desinteresadamente», pero algunos saben perfectamente que poseen un talento muy valioso y nos hacen pagar por cada segundo de su tiempo de una manera acorde. Son unos cabrones con mucho talento.

[Ahora vamos a la cubierta E, cuyo acceso se encuentra bloqueado por una escotilla blindada custodiada por dos hombres armados muy corpulentos. Kiersted habla con ellos en danés. Asienten y, acto seguido, me miran.]

Disculpe, pero yo no dicto las reglas.

[Les muestro mi identificación, tanto la de EE. UU. como la de la ONU, una copia firmada del escrito en que les exonero de toda responsabilidad y una carta con mi consentimiento, estampada con el sello del ministro de la Unión Europea de Salud Mental. Los guardias examinan detenidamente los documentos, incluso con luces ultravioletas anteriores a la guerra, y, a continuación, asienten y abren la puerta. Acto seguido, Kiersted y yo nos adentramos en un pasillo extremadamente seco iluminado con luz artificial, donde no corre el aire y no huele a nada. Oigo el zumbido de varios deshumidificadores pequeños o de uno extremadamente grande y potente. Las escotillas situadas a ambos lados son de sólido acero y se abren únicamente con una llave electrónica; en ellas, aparece escrita en varios idiomas la misma advertencia de que el personal no autorizado tiene prohibido el acceso. Kiersted baja un poco su tono de voz.]

Aquí es donde lo preparamos todo. Lamento que no podamos entrar; es por cuestiones de seguridad, por el bien de los trabajadores, usted ya me entiende.

[Seguimos recorriendo el pasillo. Kiersted señala las puertas sin llegar a tocarlas.]

La cara y el pelo son solo una parte de los preparativos. «La personalización del vestuario»… eso sí que es un reto. El proceso no funcionará si los sujetos, por ejemplo, llevan una ropa que no es la adecuada o les falta algún objeto personal. En ese sentido, al menos, podemos dar gracias a la globalización. La misma camiseta hecha, por ejemplo, en China se puede encontrar en Europa, Estados Unidos, o en cualquier sitio. Lo mismo se puede decir de los chismes electrónicos, o las joyas; tenemos contratado a un joyero para realizar piezas únicas, pero le sorprendería saber la cantidad de veces que damos con réplicas exactas de piezas supuestamente «únicas». También contamos con una especialista para los juguetes de los niños, pero no para fabricarlos, sino para modificarlos. Los niños personalizan sus juguetes como nadie. A un oso de peluche le puede faltar un ojo, o un muñeco puede tener una bota negra y otra marrón. Nuestra especialista tiene un almacén en Lund. Yo lo he visto, es un viejo hangar de aeroplanos enorme, que está repleto de piezas únicas de juguetes; como peines de muñecas y pistolas de Action Man… Hay cientos de montones, miles. Este sitio me recuerda a cuando visité Auschwitz cuando era estudiante… a esas montañas de ojos de cristal y de zapatos de niños que había ahí. No sé cómo lo hace la tal Ingvilde. Le pone mucho empeño.