Recuerdos de las ballenas / Círculos

Ignacio del Valle

Dos historias impactantes, duras, profundas y directas sobre personajes al límite en situaciones extraordinarias, que tienen en común la capacidad para hipnotizar al lector y que no deje de leer hasta haberlas devorado.

En Recuerdos de las ballenas, el protagonista nos sumerge en un viaje etílico a las profundidades de la noche urbana, un descenso a los infiernos plagado de violencia, arrepentimiento y soledad.En Círculos, relato ambientado en un conflicto bélico indeterminado, dos hombres muy diferentes quedan a merced de un francotirador. De las decisiones que tomen en los próximos segundos dependerán sus vidas.

Aquel engendro tecnológico se había tragado mi tarjeta como si llevara sin comer una semana. Y en su pantalla de cristal líquido brillaba con malignidad esa frase que aparece en toda pesadilla cuando nos hallamos en una ciudad desconocida, de madrugada, sin un duro en el bolsillo y completamente borrachos, sobreimpresionada en el cajero automático que acaba de engullirse la 4B: tarjeta retenida por motivos de seguridad. Póngase en contacto con su entidad bancaria. Por supuesto, hice la única cosa razonable que se podía hacer en tal caso: partirle la granítica cara a aquel cabrón computarizado. A la tercera patada sonó la metálica voz del guardia de seguridad que me vigilaba a través de la cámara, advirtiéndome que si no abandonaba en ese instante la cabina avisaría a la policía. Tampoco ahorré con él apóstrofes despectivos, pero opté por sacar mi borrachera a la calle y ventilar un poco mis ideas. Fuera soplaba un viento glacial que se hilaba por el dobladillo de los pantalones y me congelaba los bajos fondos. Miré el reloj. Eran las dos y cuarto de la mañana. Sábado. Las calles estaban llenas de gente y de coches; esas mismas calles que antes me habían parecido brillantes y promisorias y que ahora me parecían oscuras y venenosas. Sólo el dinero podía cambiar de aquella manera el mundo, o más bien su ausencia. Madrid, meca y ciudad santa de los que huyen: de un divorcio en trámites en una claustrofóbica capital de provincias, que posiblemente dejaría mi sueldo y mi patrimonio reducido a dimensiones microscópicas; de un matrimonio recientemente volado, aunque por suerte sin hijos; de un corazón hecho cascotes, de una mujer a la que todavía amaba y de un trabajo que todavía odiaba. Sólo que, en mi huida, de momento, no había camino, solo un rastro.

Madrid. Estaba en Madrid para correrme una juerga. Y no pararía hasta licuar todas mis neuronas. Busqué en los bolsillos. Sólo me quedaban unos cuantos billetes revenidos y la dirección del hostal de una estrella, porque no lo encontré de ninguna, donde me hallaba alojado. El problema era la 4B. Los domingos no abrían los bancos y aunque lo hicieran tampoco me la devolverían, pues las tarjetas confiscadas eran sistemáticamente destruidas. Hasta el lunes no podría solucionarlo en mi sucursal. Si hubiera tenido algo de cabeza me hubiese ido directamente al hostal y me quedaría el dinero suficiente para regresar a mi ciudad. Pero yo no estaba en Madrid para ser racional, sino para olvidar. Miré las calles. Nombres de resonancias promisorias, Gran Vía, Fuencarral, Hortaleza, que además no despertaban en mí ningún recuerdo, ni de tristeza ni de felicidad. No había nada de mí en ellas. Justo lo que me convenía. Le di una última patada a la puerta acristalada del cajero y me perdí en las entrañas de la ciudad.

Lo primero que necesitaba era una copa para no descabalgarme. Me metí en uno de esos bares que tienen pulpos despatarrados sobre el mostrador y encargué un licor de cuarenta grados a la sombra. Tres tragos después me instalé definitivamente en la barra, que parecía haber sido destinada para mí miles de años atrás. Entre trago y trago me di cuenta de que aquél era un bar de pirados: había un tipo sentado tres taburetes a mi izquierda que no paraba de hacer chiribitas con los ojos y que repetía una canción de Dyango; otro con el único objetivo de sacarle el premio gordo a una máquina tragaperras, otro más que se ponía en medio del pasillito y no dejaba transitar a la gente porque decía que era el aduanero… Una hora después ya me había tomado tres copas más, hacía dúos eurovisivos, había logrado vaciar una triple corona y ayudaba a pedir pasaportes. Una vez cumplí mi propósito de tonificarme, me despedí de mis nuevos amigos y salí del local para instalar mi reino portátil en otro lugar.

El ciclo había comenzado de nuevo. Lo notaba. El mismo zumbido de taladradora en los oídos, el cerebro cocido en asfalto, ese impulso destructor. Y todo aquello no eran metáforas, estaba sucediendo en ese momento. El mismo ciclo que había llevado mi matrimonio a la ruina. Pensar en Alicia hizo que mis emociones rebasaran. Un dolor fino e intenso brotó de mi estómago, un dolor no físico producto de un mundo, el mío, que se derrumbaba, de la certeza de que no sobreviviría a la pérdida y de que nunca había habido posibilidad de que fuera de otra manera. La última vez que estuvimos bajo el mismo techo, antes de que ella se marchara directamente a la sección de malos tratos de la policía, me había empeñado, totalmente borracho, en cambiar los muebles de sitio a las cinco de la mañana. La situación debería haberse roto mucho antes, pero se prolongó porque yo, la parte fuerte de la pareja, fui tan débil como para no cortar, y ella, la débil, no había sido lo bastante fuerte como para imponerse. La compasión que despiertan la infelicidad, la desesperación, los disgustos y el fracaso que le había proporcionado durante el matrimonio fue lo único que lo mantuvo a flote el último año. Recordé el día que elegimos aquella vajilla con bordes de selva antes de casarnos. Recordé nuestros primeros besos, cuando ella no cerraba los ojos. Recordé las pieles echando chispas en la cama. Todos sueños de fruta pisada.

Paré en una máquina expendedora para sacar un bote de cerveza. Las burbujas cosquillearon en mi garganta. ¿Cuánto hacía que no la veía? Un par de meses, por lo menos. Desde la última entrevista con el abogado, ni una señal de vida. Ella se había quedado con la casa. Allí debía de seguir. Mientras terminaba la cerveza, mi mirada localizó una cabina telefónica. Al principio no se me ocurrió nada, pero luego, mi cerebro, mi alma y mi corazón lograron una conexión fortuita que me llevó a considerar que, a pesar del tiempo que llevábamos separados, no tenía por qué estar todo perdido. Abrí sus puertas articuladas y tras una raya hecha directamente sobre la bandeja de instrucciones, introduje moneda tras moneda. Cuando los tonos me lo permitieran le diría que las discusiones habían matado muchas cosas, pero no mi amor por ella, que todavía existía una oportunidad para los dos, que podríamos citarnos para tomar un café, quizá para almorzar o cenar en el restaurante que tanto le gustaba, y hablar, solamente hablar… Una voz de hombre al otro lado de la línea me preguntó, entre somnolienta e irritada, si sabía la hora que era. Quedé bloqueado. Comprobé con rapidez que no me había equivocado de número y, haciendo un alarde de sangre fría, adopté un tono urgente para convencerlo de que Alicia se pusiera al teléfono. En cuanto la escuché una legión de orcas surcaron mi sangre. Rugí, blasfemé, insulté… No tardó en amenazarme con más denuncias y colgar el teléfono. Primero lloré de impotencia: cómo había sido capaz de pasar con tanta facilidad la página del pasado; y luego de odio: cómo había tenido la seguridad, la fuerza, inalcanzable ya para mí. Un saquito de rabia se me rompió en el pecho, y me dediqué a despertar a todos los amigos y enemigos que podía recordar, marcando sus números hasta que se me acabaron las monedas.