Relato acerca del tiempo, de un viejo cuento y de la manera extraña en que ocurren las cosas

Javier Argüello

Un viaje literario a través de la obsesiones fantásticas de un narrador

El protagonista de esta historia emprende un alucinado viaje en tren por Europa que le llevará, de pronto, a sufrir un cambio de rumbo. Londres será la ciudad elegida por el destino, y desde allí una serie de casualidades, además de la obsesión del narrador por un relato fantástico, le llevarán a formar parte de un mundo extraño y puramente literario.

Las circunstancias que me llevaron hasta esa ciudad fueron particularmente azarosas, o al menos así me lo pareció entonces. Corría la última semana de mayo de 1997, y contra todas las recomendaciones del sentido común, había decidido abandonar por tren la ciudad de San Petersburgo, para dirigirme a visitar a mi amiga en Budapest. Alguna razón tenían quienes se oponían a esta iniciativa mía. El precio del billete sería prácticamente el mismo que el del avión, y el peligro de atravesar por alguna desagradable experiencia con la llamada mafia rusa, según mi amiga húngara, inquietantemente elevado. De todas formas, un poco por mi aversión a volar y otro poco por el romanticismo que me inspiraba la idea de recorrer Rusia por tren, decidí correr el riesgo. Al comprar el pasaje fui advertido acerca de las cuarenta y tres horas que el trayecto tomaría, cosa que no me pareció un problema. No me advirtieron, sin embargo, que debía llevar mi propia comida, ya que en los casi dos días de viaje me sería imposible conseguir nada a bordo. Y tampoco consideraron pertinente informarme —y esto resultaría decisivo— que en su camino hacia Budapest el tren atravesaría los tres recientemente independizados estados de Lituania, Bielorrusia y Ucrania, para los cuales, y desde hacía no demasiado tiempo, era necesario poseer ciertas visas que, en mi ignorancia, jamás me molesté en tramitar. De más está decir que lo último que esperaba era terminar el recorrido en Londres, pero el destino, ya lo sabemos, nos enreda a su antojo en las trenzas que va tejiendo, y es sólo la irresponsable y distraída manera en que nos deslizamos por la vida la que nos permite a veces olvidarlo. Seguramente Dios y ese otro personaje que tanto tiene que ver con esta historia, sabían ya de mi visita a la capital inglesa, de mi encuentro con el mencionado libro, y de las consecuencias que todo eso tendría.

El compartimento que me asignaron estaba diseñado para albergar a cuatro pasajeros. Dos pares de asientos enfrentados que por la noche se transformarían en dos pares de literas. Al llegar, sin embargo, sólo me encontré a una chica de cachetes más bien redondos y de cabello rojizo y enrulado que me sonrió cortésmente. Era algo más joven que yo y leía algún tipo de revista científica de esas cuya portada no presenta ninguna foto. Le devolví la sonrisa y, acostumbrado a que en ese bendito país nadie hablara más que ruso, acomodé mis cosas y me senté en silencio. Luego de algunos momentos, y más por evitar la incomodidad de la espera que por genuinas ganas de leer, saqué mi libro de Nabokov y me puse a hojearlo. What are you reading?, escuché de pronto sorprendido. Se trataba de una estudiante de lenguas muertas y manejaba también dos o tres de las que aún permanecen con vida, entre ellas el inglés. Fue en ese idioma que intercambiamos información acerca de nuestras procedencias y destinos. Ella también iba a Budapest, a visitar familiares. Parece ser que durante los tiempos de Stalin parte de su familia había tenido que trasladarse y desde entonces las visitas se sucedían en una y otra dirección. Quedé bastante impresionado con lo que me contó acerca de cómo un libro de química escrito sin la expresa autorización del régimen había sido el causante del desmembramiento de su familia, pero eso no viene al caso. Lo cierto es que todas esas idas y venidas habían despertado en Anna —así se llamaba la chica— un fuerte interés por los idiomas, cosa que me resultaría de suma utilidad en las horas que se avecinaban.

Los primeros momentos de un viaje como ése son los más largos. A medida que el recorrido avanza, y tal vez por esa hipnótica combinación de quietud y movimiento en que los trenes nos envuelven, uno tiende a penetrar una suerte de dimensión en la que el tiempo funciona de manera diferente, como si se dilatara. Para bien o para mal Anna y yo ya no estábamos solos. Dos mujeres de unos cuarenta años nos acompañaban. Parecía como si hubieran recorrido ese trayecto demasiadas veces, porque no miraban por la ventanilla ni nos miraban a nosotros. Ni siquiera entre ellas se miraban, sólo fumaban en silencio recostadas en sus asientos.

Pasaron tres o cuatro horas antes de que me enterara de lo comprometido de mi situación. El guarda —un tipo alto y ancho, de ojos pequeños y boca muy poco dada a la sonrisa— pasó pidiendo pasajes y pasaportes, y al ver el mío, algo comenzó a vociferar en ese idioma lleno de kas y de ve cortas mientras lo sacudía por sobre su cabeza. Con gesto preocupado, Anna me explicó que no tenía las visas para Bielorrusia y Ucrania; Lituania no era problema porque el tren no se detendría allí. ¿Cuáles son mis opciones?, pregunté. Ella consultó con el guarda —que insistía en tomarse el asunto como una afrenta personal— y me dijo que lo único que podía hacer era bajar en la próxima estación y regresar a San Petersburgo. ¿Y si no?, aventuré. Puede que quedes detenido, me dijo Anna con una cara que parecía asegurar que no había nada de bueno en esa opción. Hay ciertas leyes físicas que pueden ser extrapoladas sin mayor problema a las conductas de los hombres. La inercia, por ejemplo, esa tendencia de los cuerpos a conservar la misma velocidad y dirección a menos que alguna nueva fuerza intervenga, bien puede compararse a aquel impulso que nos impide correr ante la inminencia de un asalto. Algo como eso ha de haber sido lo que me llevó a continuar el viaje por más que todas las posibilidades jugaran en mi contra. Eso, o alguna intervención del siniestro personaje. El caso era que en Bielorrusia, al parecer, eran lo suficientemente corruptos como para que no fuera demasiado difícil encontrar una manera de arreglar el entuerto, pero en Ucrania, según me explicaban, se mostraban muy celosos de dejar bien en claro que ya no eran más un apéndice soviético, sino un estado soberano para el que había que tener una visa si uno quería entrar. Le expliqué al guarda —a través de Anna, por supuesto— que no tenía la menor intención de quedarme en ese país, que sólo recorrería algunos kilómetros de su territorio montado en un tren, lo cual, evidentemente, no constituía ninguna seria violación a su soberanía, pero él opinaba —y se reía ruidosamente mientras lo hacía— que un razonamiento de ese tipo difería en mucho del que llevarían a cabo los soldados ucranianos. Entonces le hice notar que mi pasaporte era español, pensando que tal vez, con todo el tema de la comunidad europea, eso ayudaría de alguna manera. Esta vez sólo se limitó a reír, dejando bien en claro que por esas latitudes seguramente estarían mucho más familiarizados con la dinastía Ming que con la dichosa comunidad. De todas formas la inercia, o lo que sea que haya sido, terminó ganando la partida, y contra toda lógica decidí seguir adelante.