Retrato íntimo de un padrote

Humberto Padgett / Eduard Loza Vazque

Un retrato íntimo y desgarrador de la prostitución en México.

“-Aquí vas a trabajar y vas a ganar más de cuatro mil pesos al día -dijo El Güero-. Te vas a llamar Nataly. Cuidado y digas tu verdadero nombre, porque te rompo toda tu madre.”Así comienza la escalofriante historia de Nataly, una menor de edad engañada por un hombre dedicado a traficar mujeres en el negocio de la prostitución desde el municipio de Tenancingo, en Tlaxcala, hasta La Merced, en la Ciudad de México.A partir de testimonios dramáticos como los de esta joven -quien terminó calcinada en las calles de la capital por no obedecer a su explotador-, el periodista Humberto Padgett y el fotógrafo Eduardo Loza consiguen delinear un perfil íntimo de esa temible figura conocida como “padrote” (proxeneta), que actúa con total impunidad en medio de un tejido social en plena descomposición.

El bulto humea en el suelo. En la pira recién extinguida quedan restos distinguibles de su pantalón de mezclilla azul claro y un calzón blanco con vivos rojos. Yace bocarriba sobre la banqueta con la cabeza orientada al sur, la mano izquierda debajo del torso y la derecha, en un extraño ángulo de 90 grados, aprieta un pedazo de plástico, también quemado. Sobre el abdomen permanece un cordel que fuera amarillo, ahora ennegrecido por el fuego, lo mismo que el utilizado para sujetar los pies y dejarlos entrelazados por los tobillos: el derecho sobre el izquierdo.

Imposible saber el color de sus ojos o la forma de sus orejas. Pero sí adivinar la complexión delgada de la joven y detallar que, por los pocos parches de piel conservada, fue una tez morena clara. El fuego respetó sus uñas de acrílico. Los pocos rizos conservados denuncian una melena brillante, negra y espesa. A su lado, también en el suelo, un pequeño lápiz labial de plástico azul a un lado de su mano derecha llama la atención de policías, peritos y socorristas para quienes ya no queda nada que hacer. Completa el repertorio de objetos un envase de vidrio para esmalte de uñas sin tapa e incendiado y un garrafón de plástico contraído por la lumbre. Y la mascada de poliéster con brillitos dorados y tela afelpada con que la amordazaron. Permanecen restos de la manga izquierda de su blusa negra y también del cuello, lo suficiente para saber que es una prenda marca Zara Basics talla 28. Retazos del sostén conservan el estampado de tulipanes azules.

Es muy cerca de la Cámara de Diputados, en avenida Congreso de la Unión y Circuito Interior, colonia Valle Gómez. Se sabrá pocos días después que la mujer muerta es, más bien, una niña asesinada. Y que bien pudo morir estrangulada o por los golpes sufridos en la cabeza, sólo es claro que la golpearon al mismo tiempo de asfixiarla.

La madrugada abre el 16 de julio de 2006. Persiste el olor a gasolina y mañana será cumpleaños de Ismael Guzmán Flores, el hombre más importante en la vida, y aún más relevante, en la muerte de esa muchacha calcinada.

***

Para marzo de 2004, Nataly tenía ya varios años de abandono definitivo de la escuela. Apenas terminó la primaria, ya era urgente su colaboración con la economía de su familia en Anenecuilco, Morelos, la tierra de Emiliano Zapata.

A los 16 años, la chica trabajaba en un puesto de discos y películas piratas junto a la terminal de autobuses de Cuautla, también en Morelos. Un día, un hombre estacionó su Jetta gris junto al tendido de Nataly y bajó del auto. Aplomado, caminó hacia ella. Nataly tuvo entonces ante sí la encarnación de su idea de la elegancia, la educación, la riqueza, la gallardía y la caballerosidad. Hasta el lunar en la mejilla derecha junto a la nariz le pareció interesante.

—Señorita, vengo a comprar un disco de Lupillo Rivera, ¿me lo puede probar usted? —engoló la voz.

—Sí… —apenas respondió ella. Buscó entre las pilas de sobres de celofán, escogió uno e introdujo el disco en el reproductor. La música de banda del cantante sinaloense llenó la banqueta. Ismael sacó su cartera y recorrió con el pulgar una faja de billetes. Sacó uno y lo puso en la mano de la muchacha.

—¿Son caros esos coches? —se asomó ella.

—Sí. Lo compré en 150 mil pesos —respondió él con naturalidad.

Nataly no contuvo el asombro puesto sobre el enorme anillo dorado que él portaba en un dedo de la mano derecha y sobre una esclava de oro, decorada con la letra I, que le pesaba en la muñeca izquierda.

—Me llamo Ismael —dijo antes de dar media vuelta y entrar en su auto.

Al día siguiente Ismael ya no compró nada y fue directo al punto.

—¿Dónde comes? Te invito a comer a un restaurante de los mejores para que veas que yo soy buena gente y después de comer te invito un helado.

—No puedo. Sólo tengo media hora para comer.

—¿Dónde vives?

Ella calló. Al menos un poco de resistencia debía ofrecer.

—Si se te hace tarde yo te llevo a tu casa —pero, apenas terminó la frase, se fue. El cálculo era simple.

El día siguiente apareció hasta la tarde, cerca del ocaso. Alargó la conversación entre piropos y presunciones. El último camión de Nataly había pasado y él propuso llevarla a casa.

—Estás bien guapa […] ¿Tienes novio? […] ¡Qué bonito cuerpo tienes! Estás muy bien, muy caderona y ganarías muy buen dinero —se quedó a nada de perder las formas.

Ella no encendió ninguna sirena. Al contrario.

—¿Trabajando en qué? —se interesó ella, habitante de un mundo con cuatro cuadras de extensión.

—Haciendo limpieza en uno de los mejores hoteles del Distrito Federal. Dejan buenas propinas. Ganarías dinero para comprar ropa y enviar dinero a tus papás, que dejarían de trabajar.

—Ismael frunció el ceño, pues esto último era serio. Nataly abrió más los ojos—. Yo te puedo conseguir trabajo en el hotel. Conozco al dueño.

 

La chica pidió al hombre 17 años mayor que ella no detener la marcha frente a su puerta, sino algunos metros antes para evitar la mirada escrutadora de sus padres y se escurrió del auto. Él siguió su camino con la enorme ganancia de la complicidad.

El Güero no cesó. Él la invitaba a comer y ella aceptaba el juego y alargaba la concesión.

Al cuarto día de la aparición, Nataly entró en la fonda de doña Herminia, más chismosa que cocinera. Ismael ya la esperaba en alguna de las mesas. Sonreía. Estaba a una distancia infinita, insalvable, de los lances trastabillantes y los torpes manoseos de los muchachos del pueblo. En su idea del cuidado de las formas, Nataly pagó los 30 pesos de su comida.

—Acepta la invitación, se ve muy buena persona, se ve de dinero —le susurró doña Herminia apenas tuvo oportunidad.

—Tengo una boutique de zapatos en Guadalajara —detectó la debilidad de Nataly por su aspecto—. Gano mucho dinero —la modestia estorbaba—. ¿Cuánto ganas?

—Entre 350 y 450 pesos a la semana más comisiones.

—Vente a trabajar conmigo. Ayuda a tu familia, vas a ganar bien. Yo te pago el doble en mi boutique de Guadalajara o te consigo el trabajo en el hotel del Distrito Federal.

—Acepta lo que te dicen —se entrometió Herminia apenas se marchó el hombre.