Seres de arena y escoria

Paolo Bacigalupi

Lisa, Chen y Jaak son los agentes encargados de garantizar la seguridad de las operaciones en la explotación minera de SesCo. Sus días transcurren sin muchos sobresaltos entre videojuegos de gama alta, vuelos de reconocimiento en cazadores de última generación y practicándose las modificaciones corporales que marcan tendencia. Hasta que de pronto un intruso muy peculiar se desliza por la pantalla de sus radares#

Relato finalista del premio Hugo y Nebula en 2004, «Seres de arena y escoria» nos muestra un mundo en el que los avances tecnológicos han permeado todos los aspectos de la vida: las enfermedades se han erradicado, hay seres biodiseñados para cada una de las funciones y los seres humanos han alcanzado su fase evolutiva más elevada, pero ¿queda algo de humano? «Seres de arena y escoria» está incluido en el libro de cuentos La bomba número seis.

—¡Movimiento hostil! ¡Dentro del perímetro! ¡Muy adentro!

Me quité las gafas de Respuesta Sumersiva mientras la adrenalina bombeaba en mi interior. El paisaje urbano virtual que había estado a punto de arrasar desapareció, remplazado por las múltiples vistas de las operaciones de explotación minera de SesCo que ofrecía nuestra sala de observación. En una de las pantallas, el rastro rojo fosforescente de un intruso se deslizaba por un mapa del terreno, un punto de calor intermitente parecido a una gota de sangre que se escurría hacia el Pozo 8.

Jaak había salido ya de la sala de observación. Me apresuré a recoger mi equipo.

Alcancé a Jaak en la sala de equipamiento, mientras cogía un TS-101 y unas cuantas granadas de dardos antes de embutir su cuerpo tatuado en el exoesqueleto de impacto. Se cargó unas bandoleras de baterías portátiles a los hombros inmensos y corrió en dirección a las escotillas del exterior. Me coloqué el exoesqueleto, cogí mi 101 de la armería, comprobé que estuviera cargado y lo seguí.

Lisa había llegado ya al vehículo híbrido, cuyas turbohélices aullaron como banshees cuando se dilató la compuerta. Los centauros centinelas me apuntaron con sus 101 antes de volver a relajarse cuando la información de amigo-enemigo se derramó sobre las pantallas de sus visores. Crucé el asfalto a toda velocidad, con la piel azotada por las glaciales ráfagas de viento de Montana y las corrientes a presión de los motores Hentasa Mark V. Sobre mi cabeza, las nubes refulgían anaranjadas por la luz de los robots mineros de SesCo.

—¡Rápido, Chen! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

Me zambullí en el cazador. La nave se elevó por los aires. Se ladeó, arrojándome contra un mamparo, antes de que el ciclo de los Hentasas se completara y el cazador saliera disparado hacia delante. La compuerta deslizante del híbrido se cerró. Los bramidos del viento enmudecieron.

Avancé con esfuerzo hasta la cabina de pilotaje y miré por encima de los hombros de Jaak y Lisa para escudriñar el paisaje que se extendía ante nosotros.

—¿Te ha ido bien la partida? —preguntó Lisa.

Fruncí el ceño.

—Estaba a punto de ganar. Llegué hasta París.

Surcamos los bancos de bruma que cubrían las cuencas hidrográficas, sobrevolándolas a meros palmos del agua, y tocamos la orilla lejana. El cazador se encabritó cuando el software anticolisión nos apartó del terreno, cada vez más abrupto. Lisa anuló la orden de las computadoras y obligó a la nave a apuntar de nuevo hacia el suelo, llevándonos tan abajo que podría haber sacado los brazos y rastrillado el pedregal con los dedos mientras nos deslizábamos sobre él envueltos en el alarido de las turbinas.

Se dispararon las alarmas, ensordecedoras. Jaak las desconectó mientras Lisa continuaba guiando el cazador hacia abajo. Frente a nosotros se alzaba una cresta de relaves. Ascendimos por la ladera como una exhalación y nos precipitamos vertiginosamente hacia el fondo del siguiente valle. Los Hentasas se estremecieron cuando Lisa los llevó al límite de la amortiguación para la que estaban diseñados. Coronamos y rebasamos otra cresta. Al frente, el escarpado montón de recortes que formaban las montañas horadadas se extendía hasta el horizonte. Caímos de nuevo, zambulléndonos en la niebla, y sobrevolamos a baja altura otra cuenca hidrográfica, en cuyas espesas aguas doradas dibujamos una estela encrespada.

Jaak estudió los escáneres del cazador.

—Ya lo tengo. —Sonrió de oreja a oreja—. Se mueve, pero despacio.

—Estableceremos contacto dentro de un minuto —anunció Lisa—. No ha lanzado ninguna contramedida.

Observé al intruso en los monitores de rastreo donde se desplegaba la información en tiempo real que nos proporcionaban los satélites de SesCo.

—Ni siquiera es un blanco enmascarado. Podríamos haberle lanzado una mini desde la base si hubiéramos sabido que no pensaba jugar al escondite.

—Podrías haber terminado la partida —dijo Lisa.

—Todavía estamos a tiempo de atomizarlo —sugirió Jaak.

Sacudí la cabeza.

—No, echemos un vistazo antes. Si lo vaporizamos nos quedaremos con las manos vacías, y Bunbaum querrá saber para qué hemos sacado el cazador.

—Treinta segundos.

—Le daría igual si alguien no se hubiera llevado el cazador de paseo a Cancún.

Lisa se encogió de hombros.

—Me apetecía nadar. Era eso o volaros las rótulas.

El cazador encaró otra serie de crestas.

Jaak observó el monitor.

—El objetivo se aleja. Sigue yendo despacio. Le daremos alcance.

—Quince segundos para saltar —anunció Lisa. Se desabrochó las correas y activó el software del cazador. Todos corrimos a la escotilla mientras el híbrido se espoleaba por sí solo hacia el cielo, desesperado su piloto automático por alejarse del flagrante peligro de las rocas que amenazaban con desgarrarle el vientre.

Saltamos de la escotilla a la de uno, dos, tres, arrojándonos al vacío como Ícaro. Golpeamos el suelo a cientos de kilómetros por hora. Los exoesqueletos se hicieron añicos como si fueran de cristal, arrojando fragmentos a las alturas. Los pedazos cayeron revoloteando a nuestro alrededor, negros pétalos metálicos diseñados para absorber el radar y los detectores de calor del enemigo mientras rodábamos hasta detenernos, vulnerables, en medio del talud enfangado.

El cazador rebasó la cresta envuelto en los alaridos de los Hentasas, un blanco llameante. Me incorporé arrastrándome y corrí en dirección a la cresta, apisonando con los pies fangales de relaves amarillos y parches de nieve ictérica. A mi espalda, Jaak había caído con los brazos destrozados. Las hojas de su exoesqueleto marcaban la dirección en la que había rodado, un largo rastro de reluciente metal negro. Lisa yacía postrada a cien metros de distancia, con el fémur sobresaliendo de su muslo como un brillante signo de exclamación blanco.

Llegué a lo alto de la cresta y escudriñé el valle.

Nada.

Activé el aumento del casco. A mis pies se extendían, monótonos, más taludes pedregosos. Los peñascos, algunos tan grandes como nuestro vehículo híbrido, algunos partidos y fragmentados por explosivos de gran potencia, compartían las laderas con los inestables esquistos amarillos y la fina grava de los desechos de las operaciones de SesCo.

Jaak se situó a mi lado, seguido instantes después de Lisa, con la pernera de su traje de piloto desgarrada y empapada de sangre. Se enjugó la arcilla ocre que le cubría el rostro y se la comió mientras estudiaba el valle que se abría a nuestros pies.

—¿Algo?

Sacudí la cabeza.

—Todavía nada. ¿Estás bien?

—Era una fractura limpia.

Jaak apuntó con un dedo.

—¡Allí!

En el fondo del valle corría algo, hostigado por el cazador. Avanzaba por la orilla de un arroyo poco profundo, viscoso a causa del ácido de los relaves. La nave lo conducía hacia nosotros. Nada. Ni fuego de misiles. Ni escoria. Tan solo la criatura huidiza. Una masa de pelo enredado. Cuadrúpeda. Cubierta de barro.