Sombra perfecta (e-original)

Brent Weeks

Descubre los antecedentes de Durzo Blint en esta novela corta ambientada en el universo de la trilogía «El Ángel de la Noche». Disponible exclusivamente en formato digital.

Gaelan Fuego de Estrella es un campesino, un padre atento y un esposo fiel. Un hombre que, en apariencia, transmite serenidad y simpleza. Pero lo que el mundo no sabe es que Gaelan es también un ser inmortal, poseedor del don supremo del arte de la guerra. A través de los siglos, el guerrero ha tenido que adoptar múltiples alter egos para esconder su verdadera esencia, pero es un hombre destinado a convertirse en héroe aunque procure vivir en la oscuridad. Así es como los diversos nombres que ha asumido acaban convirtiéndose en auténticas leyendas: Acaelus Thorne, Yric el Negro, Hrothan Doblaceros, Tal Drakkan, Rebus Diestro…El delicado equilibrio que sostiene toda su vida y la mentira que lo acompaña parecen vacilar el día en que Gaelan se ve obligado a aceptar un nuevo y peligroso trabajo: enfrentarse a los delincuentes más temidos del universo, para ayudar a la dueña suprema de los crímenes de la ciudad, la hermosa cortesana Gwinvere Kirena.Este será su nuevo e inevitable destino: vivir en el mundo de las sombras y convertirse en un asesino en serie al servicio de los poderosos. A partir de ahora, su nuevo nombre será Durzo Blint.

Se supone que el castillo Shayon es inexpugnable. Me encanta que digan eso. Sus murallas, que aplastan bajo su peso una roca desnuda muy cercana a la costa, rodean la isla entera y en algunos puntos hasta quedan suspendidas sobre las aguas del lago Shayon.

Iba a ser mi primer muerto por encargo. Es bueno empezar con lo imposible. Labrarse una reputación. Pisar fuerte.

Al salir a la superficie provoqué poco más que una onda. Las murallas se alzaban ante mí, por encima de mí. No había ningún punto donde pudiera hacer pie. En los pocos lugares donde antes se podía, algún señor del castillo había enviado picapedreros para que rebajaran la roca hasta una profundidad de tres pasos por debajo de la superficie. Yo iba desnudo de cintura para arriba y me había untado la piel de grasa y ceniza como aislante y camuflaje. La ropa no habría hecho más que llenarse de agua y entorpecerme.

Ya sangraba de un corte en la mejilla y varios en los antebrazos. Heridas defensivas. No quería permanecer en el agua ni un instante más de lo necesario. Había más bichos asquerosos de esos.

Pero esperé. Agarrado a las rocas, zarandeado por las olas, estudiando la muralla. Había maneras más sencillas de hacerlo, por supuesto. El ka’kari podía hacer que casi todo resultara fácil. «Salvo aquello que el cabrón vuelve casi imposible.»

—No quieres hacer esto, Acaelus. ¿Asesino a sueldo? ¿Tú?

«No me vengas con esas. Ese no es mi nombre. Hace mucho que dejó de serlo.»

El saliente de la muralla estaba cubierto de matacanes para tirar piedras, troneras para disparar flechas y caños para verter fuego candente. Distinguí a dos centinelas por encima de mí, vestidos con cota de malla y prendas de lana, que charlaban y miraban hacia el lago de vez en cuando. Era una noche despejada, iluminada por una luna llena, de las que no exigen mucha vigilancia. Vi a otros seis hombres en lo alto de la muralla, estaban lo bastante lejos para que no hubiera podido verlos en la oscuridad. Eran ocho en total.

Pero la oscuridad da la bienvenida a mis ojos. Ese uso del ka’kari no puedo evitarlo. Ha alterado para siempre mi manera de ver.

La mayoría de las ventanas del castillo tenían los postigos echados a causa de la fría brisa nocturna. Yo no buscaba una ventana abierta, sin embargo. Todas estaban protegidas con barrotes y todos los barrotes se hallaban en buen estado. No había balcones que dieran al pintoresco lago. Solo proporcionarían un enganche para posibles garfios. Ese castillo lo habían construido para la defensa, y no había sido obra de ningún tonto.

Un asesino cualquiera fracasaría.

Únicamente en las ventanas de la tercera planta del castillo —protegidas también con barrotes de hierro macizo— brillaba una alegre luz de fuego a través de los postigos abiertos de par en par. Debía de tratarse del gran salón, donde el barón Rikku agasajaba a sus vasallos. El barón Rikku era un hombre orgulloso. Se enorgullecía de sus fiestas, de los buenos vinos sethíes que servía, de sus ornamentos, sus sedas, sus obras de arte. Se enorgullecía de su devoción. Se enorgullecía de haberle arrebatado aquel pequeño castillo isleño a su anterior propietario.

Por desgracia, el anterior propietario de la isla no era de hecho el dueño de la misma. Solo la ocupaba por encargo de otra persona, que deseaba mantener su propiedad en el anonimato. Una persona que ni se dejaba impresionar por el barón ni pensaba perdonarle su ignorancia, o su robo.

Pero eso es lo malo de dirigir una organización clandestina, ¿no? Si haces saber lo que es tuyo, estás pidiendo a gritos que te ataquen quienes sean lo bastante fuertes para desafiarte; si lo mantienes en secreto, no disuades a quienes son lo bastante cobardes para amilanarse al saber quién eres.

«Claro, pobrecitos los del Sa’kagé, qué vida más dura tenemos.»

Comprobé la posición de la luna y calculé cuánto se había desplazado desde que me había metido en el agua al otro lado del lago, a unos dos mil pasos de distancia. El barón se retiraría de la fiesta, haría el amor con su mujer en su alcoba o con una de sus damas de compañía o una doncella en un cuartito que reservaba para esos menesteres y después pasaría por el retrete de los señores antes de recogerse en sus aposentos de la planta superior.

La clásica debilidad defensiva de cualquier castillo: cómo entra y cómo sale la mierda. Allí, los retretes colgaban sobre el agua, de modo que pude encontrar las letrinas por su olor. El conducto era estrecho, probablemente para minimizar el viento que te soplaba en las posaderas más que por fines defensivos. No arrancaba hasta unos cinco pasos por encima del agua, y su estrechez significaba que toda superficie circundante estaba cubierta de una resbaladiza capa de vertidos. Con una costra de diarrea fresca sobre las quebradizas heces secas y terrosas, no había manera de saber dónde estaban las grietas en la roca.

Eché un vistazo hacia arriba, vi que ninguno de los centinelas miraba y luego algo me llamó la atención a mi espalda: una sombra en el agua.

Más de una. Docenas. Putos peces con colmillos. Estúpidos a más no poder, pero había oído que podían oler la sangre a un kilómetro. Al parecer tendría que haberlo creído.

Con un golpe de mi Talento, salí disparado del agua. Clavé los dedos de las manos y de mis pies desnudos en la resbaladiza y pringosa muralla, hice fuerza, me retorcí y salté hacia la pared interior del vertedero, me retorcí de nuevo y al intentar agarrarme me fallaron tanto la mano como el pie izquierdos.

Caí, arañando las paredes con las manos, rascando con los dedos de los pies hasta que, después de perder varias uñas, por fin me detuve. Respiré hondo unas cuantas veces y luego volví a lanzarme hacia arriba con fuerza aumentada por la magia. Esta vez reboté con facilidad de un lado a otro.

Casi arriba del todo me encontré con los restos de una reja. La debían de haber instalado hacía siglos, porque el hierro estaba corroído y solo quedaban unos bultitos que asomaban de cada pared. Reemplazarla era demasiada molestia, al parecer, o demasiado asqueroso. En ese momento ofrecía un buen apoyo para los pies de la clase de hombre contra la que precisamente había sido diseñada.