Stanley Channel

Fabrizio Mejía Madrid

He aquí un detallado relato que cuenta un momento en la historia de la dinastía que encumbró Televisa: los Azcárraga, sus estilos de ejercer y sus influencias en el mundo del poder. Este fragmento de Nación TV narra la llegada de E. Azcárraga Jean a la dirección de Televisa, y las diferencias que tuvo y ha tenido respecto a su padre, el Tigre, Emilio Azcárraga Milmo.

Stanley Channel es un relato que combina perfectamente personajes y hechos reales con la inventiva de Fabrizio Mejía Madrid, que sin caer en el engaño, pero tampoco en el trabajo documental, nos comparte de manera amena un momento en la historia de los monstros televisivos y su influencia en el juego de poder del país.

A partir de dos historias reveladoras de cómo Emilio Azcárraga Jean relevó a su padre en el manejo de Televisa y los hechos que envolvieron esta sucesión (nos sería difícil imaginar que los escándalos de Paco Stanley y de Gloria Trevi le dieron la bienvenida a y que fue precisamente esa sucesión la que influyó en que las cosas resultaran) Fabrizio Mejía Madrid expone, no de manera explícita, que detrás de los escándalos mediáticos se reacomodan los equilibrios del poder en México, y que el gran emporio que es Televisa tiene un papel muy importante en ese equilibrio.

—Hazlo por los niños —les dijo a todos los anunciantes que le ayudaron a levantar el primer Teletón mexicano en 1997.

Dedicado a la rehabilitación de niños discapacitados, el primer Teletón de Televisa se había proyectado un 12 de diciembre. En vez de la Basílica de Guadalupe, el espectáculo de recaudación de millones se haría desde un foro de Televisa San Ángel y, después, casi cumplidas las 24 horas de transmisión ininterrumpida, desde el mismísimo Estadio Azteca. Ése era otro deslinde de su abuelo, de su padre. Lo más importante serían los niños discapacitados, no Las mañanitas a la Virgen. Sólo ahí se demostraba el poder de Televisa: convocar a los otros medios y a miles de anunciantes. ¿Quién podía negarse a ayudar a un niño paralítico? Ya no era ir a ver el ayate del indio Juan Diego. Ahora era apreciar el yate de los Azcárraga. El Teletón no era el espectáculo de la genética con niños que no podían andar, ni hablar, ni coordinar y, a veces, ni ver. El milagro no lo iban a pedir al Cerro de Tepeyac sino al edificio de Chapultepec 18. No a la virgen que, en cuatro siglos, había fallado tanto, hasta con el abad Schulenburg. A “los jodidos” de su padre ya sólo les quedaba recurrir a Televisa. Ésa era la apuesta: ahora la televisión sería el milagro posible.

Por supuesto, como en la Basílica, la conductora había sido Lucero. Los mercadólogos de Televisa tenían medido el encanto que causaba en la gente, la confianza que se le tenía a su sonrisa, la congoja que causaba en las audiencias cuando lloraba. Emilio supervisó el montaje del primer Teletón como si fuera una de sus bodas: consistía en un escenario semicircular con dos torres de monitores donde se alternaban las marcas que lo financiaban: un pan industrial, un refresco, los bancos, las aseguradoras, los equipos de futbol de Televisa, un cereal, periódicos, estaciones de radio, marcas de autos. En el promocional, los conductores de Televisa besaban, abrazaban y cortejaban a niños en sillas de ruedas, sin control sobre sus gestos, ciegos, mudos, moviéndose como muñecos de trapo, como en un perpetuo ataque de epilepsia, como los que un tumor en la cabeza le provocaba a la única mujer a la que su padre quiso, Gina. Para ella y para nadie habían sido las últimas palabras de su padre:

—Por fin —dijo agonizante— me reuniré otra vez con Pato.

Al menos eso se decía en los cuartos de maquillaje de Televisa.

En los talleres de la televisora se mandaron a hacer miles de cochinitos con el logotipo del Teletón —unas manos uniéndose en oración—, con la esperanza de que la gente donara sus monedas. Los mismos productores de su segunda boda fueron los encargados de dramatizar lo de por sí trágico: el niño con parálisis que logra decirle algo con trabajos a la conductora:

—Gra-cias Tele-vi-sa.

Y entonces los aplausos, el público en el estudio llorando de pie y el contador electrónico donde se va sumando el dinero acumulado. Y la canción-tema:

Aliviar el dolor
dar un mundo mejor
a quien lo necesita.
Aliviar el sufrimiento
responder como hermanos.

Luego, una historia conmovedora: un niño que aprendió a pintar con la boca. Nuevos aplausos, llanto, más dinero en el conteo. Ahora, cantantes juveniles llamados indistintamente Mercurio, Kabah, Jeans, Thalía. El dinero que donara la gente era sólo parte del suspenso; de antemano se tenía pactado el monto con los bancos, las empresas, los publicistas, para llegar a la meta. Emilio se veía en medio de su Teletón como alguien que salva a los que ya están salvados y condena a los que se han condenado a sí mismos. Era el nuevo poder de Televisa: ya no la invasión del Tigre de todo lo que se le atravesaba en su camino y aun en sus sueños, sino el espectáculo de dejar que las cosas sucedieran. Este nuevo Emilio calculaba con parsimonia sus combates. Casi ninguno valía la pena: su trama estaba decidida previamente, se le veía de lejos.

Así había ocurrido con los dos casos con los que se había inaugurado su nuevo reino en Televisa: la detención de Gloria Trevi y el asesinato de Paco Stanley. Emilio jamás intervino ni para defenderlos ni para defenestrarlos. Sólo dejó caer a los condenados. El signo de su liderazgo era dejar pasar a todos en su trayecto hacia abajo, mientras el suyo siguiera hacia arriba.