Tarjeta amarilla

Paolo Bacigalupi

Trahn es un antiguo oligarca chino que malvive en las calles de Bangkok, uno más de entre los millones de emigrantes que tuvieron que abandonar su país tras el sangriento Incidente. A pesar de sus esfuerzos por olvidar el pasado, este acaba encontrándolo representado en la figura de su ex ayudante, Ma Ping, que ahora presume de buena fortuna pero, como bien sabe Trahn, «mejores hombres han caído»... Relato precursor de La chica mecánica, la novela que dio a conocer a su autor en todo el mundo, «Tarjeta amarilla», finalista del premio Hugo 2006, es un relato acerca del fin de las sociedades, de los ciudadanos de clase B y de su lucha por mantenerse dignos en entornos donde sus vidas no tienen ningún valor.

Los machetes relucen en el suelo del almacén, reflejando una roja conflagración de yute, tamarindo y muelles percutores. Ya están por todas partes. Los hombres con sus pañuelos verdes en la cabeza, sus consignas y sus hojas chorreantes. Sus voces resuenan en el almacén y en la calle. El hijo número uno ya ha desaparecido. A Flor de Jade no consigue encontrarla, da igual cuántas veces pedalee su número de teléfono. Los rostros de sus hijas se han partido por la mitad, como durios afectados por la roya.

Más llamaradas. La negra humareda se enrosca a su alrededor. Atraviesa las oficinas del almacén a la carrera, dejando atrás las carcasas de madera de teca y los pedales de hierro de los ordenadores, los montones de ceniza que señalan el lugar donde sus empleados se han pasado la noche quemando documentos, eliminando los nombres de las personas que han ayudado a las Tres Velas.

Corre, asfixiado por el calor y el humo. Una vez en su elegante despacho, se abalanza sobre los postigos de la ventana y forcejea con los pestillos de bronce. Embiste con el hombro contra la madera pintada de azul mientras el almacén arde y los hombres de piel tostada irrumpen como una marabunta, blandiendo sus viscosos cuchillos escarlatas…

Tranh se despierta, sin aliento.

Unos afilados cantos de cemento se clavan en las protuberancias de su espinazo. Un asfixiante muslo salobre le cubre la cara. Aparta de un empujón la pierna del desconocido. En la penumbra resplandecen pieles barnizadas de sudor, marcadores impresionistas que señalan la posición de los cuerpos que fluctúan y se agolpan a su alrededor. Ventosidades, gemidos y vuelcos, carne contra carne, hueso contra hueso, los vivos y los muertos a causa del calor, todos juntos.

Un hombre tose. Pulmones húmedos y gotitas de saliva que surcan el aire hasta el rostro de Tranh, que tiene la espalda y el vientre pegados a las sudorosas pieles desnudas de los desconocidos que lo rodean. La claustrofobia se revuelve en su cubil. Se obliga a contenerla. Se obliga a yacer inmóvil, a respirar de forma acompasada, hondamente, a pesar del calor. A paladear las sofocantes tinieblas con toda la paranoia de su mente de superviviente. Se mantiene despierto mientras los demás duermen. Conserva la vida cuando otros hace ya mucho que la perdieron. Se obliga a permanecer inmóvil, y a escuchar.

Suenan timbres de bicicleta. Abajo, a lo lejos, a diez mil cuerpos de distancia, a toda una vida de distancia, suenan timbres de bicicleta. Se desenreda de la madeja humana, arrastrando tras él el saco de cáñamo que contiene sus pertenencias. Llega tarde. De todos los días en los que podría demorarse, este es el peor. Se cuelga la bolsa de un hombro huesudo y baja las escaleras a tientas, pisando con cuidado entre el alud de carne dormida. Sus sandalias se deslizan entre familias enteras, amantes y hambrientos fantasmas al acecho, rezando para no resbalar y partirle el cuello a algún anciano. Paso, tanteo, paso, tanteo.

Una maldición se eleva de entre la masa. Los cuerpos ruedan y se sacuden. Recupera el equilibrio en un rellano, entre los privilegiados que yacen horizontalmente, y continúa anadeando. Abajo, siempre hacia abajo, doblando más recodos en la escalera, pisando con cuidado en el manto que forman sus compatriotas. Paso. Tanteo. Paso. Tanteo. Otro recodo. Un destello de luz grisácea se insinúa a lo lejos. Un soplo de aire fresco le besa la cara, le acaricia el cuerpo. La catarata de carne anónima se materializa en individuos, hombres y mujeres amontonados unos encima de otros, con el cemento por almohada, apoyados en la pendiente de la escalera sin ventanas. La luz gris se torna dorada. El tintineo de los timbres suena ya con más fuerza, tan claro como el repicar de las alarmas de cibiscosis.

Tranh sale de la torre de pisos y se zambulle en la marea de vendedores de congee, tejedores de cáñamo y carros de patatas. Apoya las manos en las rodillas y jadea, llenándose los pulmones de remolinos de polvo y estiércol pisoteado, agradeciendo cada bocanada de aire mientras el sudor mana a chorros de su cuerpo. De la punta de su nariz caen perlas salobres cuya humedad salpica el empedrado rojo de la acera. El calor mata a las personas. Mata a los ancianos. Pero él ha salido del horno; no ha perecido asado, pese al ardor de la estación seca.

Las bicicletas y sus timbres pasan por su lado como bancos de carpas, camino de los respectivos puestos de trabajo de sus dueños. La torre de pisos se cierne a su espalda, cuarenta alturas de calor, enredaderas y hongos. Una ruina vertical de ventanas rotas y apartamentos saqueados. Un residuo del esplendor de la antigua Expansión energética, devenida ahora en recalentado ataúd tropical, sin aire acondicionado ni electricidad que lo protejan del implacable sol ecuatorial. Bangkok mantiene a sus refugiados encerrados en el pálido firmamento azul, con la esperanza de que no salgan de allí. Y sin embargo él ha emergido con vida, pese al Señor del Estiércol, pese a los camisas blancas, pese a los años; una vez más, ha bajado de los cielos abriéndose paso con uñas y dientes.

Tranh endereza los hombros. La gente remueve woks repletos de fideos y extrae humeantes bolas de baozi estofado de sus ollas de bambú. El engrudo gris de arroz U-Tex rico en proteínas inunda el aire con la pestilencia del pescado podrido y los aceites ácidos saturados. El estómago de Tranh se encoje de hambre y una película de saliva pastosa le reviste la boca, todo cuanto consigue invocar su cuerpo deshidratado ante el olor a comida. Los gatos demonio rondan las piernas de los vendedores ambulantes como tiburones, aguardando a que caiga algún bocado, atentos a la menor ocasión de latrocinio. Sus relucientes formas camaleónicas centellean parpadeantes, revelando indicios de pelajes manchados, siameses y anaranjados antes de confundirse con el telón de fondo de las paredes de cemento y las hordas hambrientas contra las que se rozan. Los woks arden con fuerza, resplandecientes de metano teñido de verde, emitiendo nuevos aromas conforme los fideos de arroz chapotean en el aceite caliente. Tranh se obliga a girar sobre los talones.

Se abre paso a empujones entre el gentío, arrastrando la bolsa de cáñamo con él, ignorando a quién golpea y quién lo impreca a su espalda. Las víctimas del Incidente ocupan los portales, agitando las extremidades amputadas y mendigando a aquellos que tienen un poco más que ellas. Acuclillados en taburetes para el té, algunos ven cómo se acumula el bochorno de la jornada mientras fuman diminutos cigarrillos de tabaco de hoja dorada de contrabando liados a mano que saltan de boca en boca. Las mujeres conversan en corrillos, manoseando nerviosas sus tarjetas amarillas mientras esperan a que los camisas blancas aparezcan y les renueven los sellos.

Los tarjetas amarillas se extienden hasta donde alcanza la vista: un pueblo entero, refugiados en el gran reino de Tailandia tras huir de Malaca, donde de repente habían dejado de ser bienvenidos. Un denso coágulo de desplazados sometidos a la autoridad de los camisas blancas del Ministerio de Medio Ambiente, como si no fueran más que otra especie invasora que contener, como la cibiscosis, la roya y el gorgojo pirata. Tarjetas amarillas, personas amarillas.