Tengo hambre de ti

Margaret Atwood

Margaret Atwood nos recuerda en Tengo hambre de ti, que toda utopía esconde un lado oscuro.

Tras la peor crisis económica que ha sufrido el mundo, Estados Unidos ha quedado  reducido a una parcela gigante de viviendas deshabitadas en manos de bancos, donde los recursos escasean, el paro afecta a más del cincuenta por cuento de la población y jaurías de jóvenes sin futuro patrullan las ciudades sembrando el terror…¿Y si en medio de ese clima de inseguridad y falta de expectativas hubiera una iniciativa arriesgada, vanguardista, que te asegurara un empleo remunerado, tres comidas equilibradas al día, un jardín que cuidar y la seguridad de estar contribuyendo al bien común?Bienvenidos a Positrón.

Stan abre la gran taquilla metálica verde y guarda la ropa que ha llevado últimamente: los shorts, las camisetas, los tejanos; todas las prendas de verano. No las necesitará por un tiempo; cuando regrese, lo más probable es que el calor haya pasado ya y vuelva a ponerse los suéteres de lana. Entonces no tendrá mucho trabajo de mantenimiento en el jardín, eso es una ventaja. Aunque el jardín estará hecho un asco. Hay tipos sin la menor sensibilidad para los jardines, que los abandonan a su suerte. Dejan que se enmarañen y se sequen, y entonces los infestan aquellas hormigas amarillas y luego cuesta mucho trabajo arreglarlos. Si él estuviera ahí siempre, podría mantener el jardín en óptimas condiciones. Sin embargo, tiene que estar arreglándolo constantemente.

La ropa está lavada y pulcramente doblada; su mujer, Charmaine, dejó la colada para el final, antes de marcharse en su moto en dirección al ala de mujeres en Positrón. Los últimos meses, Stan salía de casa después que ella, de modo que la comprobación final ha recaído en él: que no haya cercos en la bañera, ni ningún calcetín desparejado por ahí, ni restos de jabón o ralas marañas de pelo en el suelo. Cuando vuelven el primer día de los meses alternos, Stan y Charmaine encuentran la casa impoluta, impecable, con un leve aroma a productos de limpieza al limón y sin rastro de haber sido ocupada últimamente; les gusta dejarla así.

Aunque no siempre ha estado impecable. Tres meses atrás, Stan encontró una nota doblada; la esquina sobresalía de debajo de la nevera. Debió de estar sujeta con el imán plateado con forma de pato, el mismo que utiliza Charmaine para recordar lo que hay que comprar. Pese a la estricta prohibición en Prestaleza de mantener cualquier clase de contacto con los Alternos, Stan leyó la nota de inmediato. Estaba hecha con una impresora, pero aun así era muy íntima:

«Querido Max, apenas puedo esperar hasta la próxima vez. ¡Tengo hambre de ti! Te necesito muchísimo. Bsss y ya sabes qué más, Jasmine».

Había un beso de lápiz de labios, de un rosa vivo. No, más oscuro: de algún tono púrpura. No era violeta, ni malva, ni granate. Rebuscó en su mente tratando de recordar los nombres de los tonos en las cartas de colores y muestrarios de telas ante los que Charmaine pasaba tanto tiempo rumiando. Se había llevado la nota a la nariz, para olerla; aún desprendía un leve aroma, como a chicle de cereza.

Charmaine nunca ha llevado lápiz de labios de ese color. Y tampoco le ha escrito nunca una nota como esa. La tiró al cubo de basura, como si quemara, aunque luego se lo pensó mejor y volvió a dejarla debajo de la nevera; Jasmine no debía saber nunca que su nota para Max había sido interceptada. Además, es posible que Max se haya acostumbrado a mirar debajo de la nevera en busca de esas notas, podría tratarse de un jueguecito un poco pervertido acordado entre los dos, y que lo inquietara no encontrarla. «¿Encontraste mi nota?», le preguntaría Jasmine cuando yacieran abrazados. No sería un buen asunto que Max le preguntara: «¿Qué nota?». Y Jasmine exclamaría: «¡Oh, Dios mío, la habrá encontrado uno de ellos!». Entonces se echaría a reír. Era posible que la certeza de que un tercero hubiese visto la huella de su ávida boca la excitara.

Aunque ella no necesita que la exciten. Stan no puede dejar de pensar en eso, en Jasmine y en su boca. La situación no es muy agradable aquí, en la casa, incluso con Charmaine respirando a su lado, quedamente o emitiendo jadeos, dependiendo de qué estén haciendo, o mejor dicho, de qué esté haciendo él; Charmaine nunca ha sido una gran partícipe, sino más bien una mujer en el banquillo, que lo anima desde la distancia. Pero en Positrón, en la angosta cama en el ala de hombres, aquel beso flota en la penumbra ante sus ojos abiertos, como cuatro mullidas almohadas que se abren, incitadoras, a punto de exhalar un suspiro o de hablar. Ahora ya conoce el color de esa boca, lo ha averiguado. Fucsia. Desprende algo húmedo, seductor. «Oh, date prisa —diría esa boca—. Te necesito, ¡te necesito ahora!» Pero estaría hablándole a Stan, no al tipo cuya ropa esperaba en la taquilla junto a la suya. No a Max.

Max y Jasmine, esos son sus nombres; los nombres de los Alternos, los otros dos que habitan la casa, se ocupan de los quehaceres domésticos, atienden a sus necesidades, se benefician de sus modestos lujos, representan sus fantasías de una vida normal cuando él y Charmaine no están allí. Se supone que no tiene que saber esos nombres, ni cualquier asunto que tenga que ver con sus propietarios; así lo dicta el protocolo de Prestaleza. Pero sí conoce los nombres. Y a esas alturas sabe —o deduce o, para ser más exactos, imagina— muchas cosas más.

La taquilla de Max es la roja. La taquilla de Charmaine es rosa; la de Jasmine, morada. Dentro de una hora más o menos —una vez que Stan haya abandonado la casa, que haya salido del sistema— Max entrará por la puerta principal, abrirá la taquilla roja, sacará la ropa que tiene ahí guardada, la llevará al piso de arriba y la dejará en el dormitorio, en los estantes y en el armario. Lo necesario para una estancia de un mes.

Entonces llegará Jasmine. No se molestará en dirigirse a la taquilla, al principio no. Se arrojarán uno en brazos del otro. No, Jasmine se arrojará en los brazos de Max, ceñirá su cuerpo al de él, abrirá su boca color fucsia, le arrancará la ropa a Max y luego se desnudará ella, hará que se eche… ¿Dónde? ¿Sobre la alfombra de la sala de estar? ¿O subirán trastabillando por las escaleras, borrachos de lujuria, para caer entrelazados sobre la cama que tan pulcra y concienzudamente les ha hecho Charmaine con las sábanas recién planchadas antes de irse? Unas sábanas con embozo de pajaritos azules que atan lazos de cinta rosa con el pico. Son unas sábanas de guardería, de crío pequeño; he ahí la idea que tiene Charmaine de algo bonito. Aunque, como todo lo demás aquí, venían con la casa.