Todo brilla

Sarah Pekkanen

De la autora de Un mundo entre tú y yo y Mírame a los ojos, nos llega esta encantadora historia que habla de volver a casa y encontrar en ella regalos inesperados.

Elise no se veía casada con Griffin, su eterno amigo de la infancia, así que se fue. Ocho meses después de la ruptura, Elise vuelve a casa por Navidad y en la frutería se encuentra con Janice, la madre de Griffin. Paseando con ella, los recuerdos de su propia madre, fallecida cuando Elise era una niña, de Griffin y de la acogedora Janice volverán intensamente a su memoria… Le habría gustado pertenecer a esa familia pero rechazó a Griffin. ¿Cómo es posible decir adiós a los que hemos amado sin perder todo lo que significaron para nosotros?

Estaba doblando la esquina de uno de los pasillos del supermercado cuando mi carro estuvo a punto de chocar con uno que venía en sentido contrario.

—¡Lo siento! —se disculpó una voz surgida del pasado.

Me quedé petrificada, sujetando la fría barra de metal del carro, mientras la voz de la madre de Griffin, dulce y llena de vida, conjuraba una retahíla de recuerdos que se sucedían en mi mente como si fueran tarjetas de un juego de memoria: ella dándome un Chupa Chups con sabor a lima y vendándome la rodilla después de que yo tropezara con una piedra jugando al pillapilla en el patio de su casa; la expresión de su cara —genuina decepción, mucho más potente que la ira— cuando nos pilló a Grif y a mí con quince años compartiendo un Marlboro Light, previamente sustraído del bolso de la tía de él; las lágrimas que no se molestó en disimular la noche del baile de graduación al hacer fotografías a su hijo y a mí, ambos de cabello oscuro y liso, ambos con los ojos azules, y el rojo chillón de mi vestido a juego con la faja del traje de Grif.

—¡Elise! ¿Qué haces de nuevo en la ciudad? —exclamó Janice, mientras se acercaba con su parka y sus botas de invierno; un atuendo mucho más apropiado para diciembre en Chicago que las botas Levi’s de piel marrón que yo me había puesto antes de coger el vuelo en San Francisco—. Clarissa y tu padre están en… la India, ¿no? ¿O era en Islandia? Van enviando postales de vez en cuando, ¡pero es difícil seguirles el ritmo! ¿Sabe Griffin que estás aquí?

Otro recuerdo de Janice: sus preguntas confundiéndose unas con otras como calcetines girando en el tambor de una secadora. Aquella costumbre, sin embargo, siempre me había parecido tranquilizadora. La cháchara de Janice nunca era exigente; podías escoger las preguntas que te apeteciera responder y ella pasaba a las siguientes sin insistir en las que ya habían sido ignoradas.

—Indonesia —respondí con la cara escondida en su pelo, teñido de castaño rojizo, porque me había atraído hacia ella. Janice siempre abrazaba como si realmente lo sintiera—. Ahora mismo están en Yakarta. He vuelto a casa porque no quiero que Nana pase las Navidades sola.

—Claro que sí. ¿Cómo está tu abuela? Tu padre me dijo que la artritis no ha empeorado mucho, gracias a Dios. Pero ¿vas a dormir tú sola en esa casa tan grande y vieja? —preguntó Janice, y acto seguido abrió los ojos de par en par—. A menos que hayas traído a alguien contigo…

—Oh, no —mascullé—. No estoy saliendo con nadie. —Y enseguida me di cuenta de que mis palabras no habían sonado muy bien—. O sea, no es que esté mal salir con alguien tan pronto… Me alegro de que Grif haya encontrado a alguien. De verdad.

Tranquila, intervino mi vocecilla interior.

—¿Has llegado hoy? La casa debe de estar helada. Y seguro que tienes la nevera vacía después de tantas semanas… Si lo hubiera sabido, te habría dejado un poco de leche y una barra de pan. Pero ya te estás ocupando tú de eso, ¿verdad?

Yo asentí.

—He venido en el vuelo de la noche. Nada más llegar, he entrado corriendo en casa para encender la calefacción y luego he venido directamente a tomarme un café y hacer la compra. Hemos estado tres horas retenidos en la pista y yo iba sentada al lado de un tipo con un resfriado de aúpa. Jamás me había alegrado tanto al bajar de un avión.

—Pobrecita. —Janice se acercó y me frotó la espalda. Yo tragué saliva con la esperanza de deshacerme del nudo que se había formado en mi garganta. Janice era menuda y delgada, y se movía con la agilidad de un pajarillo, aunque siempre con mucha suavidad. ¿Cómo había podido creer que me odiaba?, pensé mientras sus ojos castaños me sonreían.

Habían pasado ocho meses desde la última vez que hablé con ella. Ocho meses desde la noche en que me senté junto a Griffin en su Jeep verde botella mientras volvíamos del restaurante de sushi al que habíamos ido a cenar, los dos con las mejillas cubiertas por un reguero de lágrimas. Al ver de nuevo a Janice, me di cuenta de cuánto la había echado de menos. No a Grif, a ella. Era el ejemplo perfecto de por qué Grif había cortado conmigo y por qué durante tanto tiempo yo no había sido capaz de poner punto final a la relación. Lo cierto era que me asustaba más perder a su madre que a él.

Griffin y yo habíamos estado saliendo desde el segundo año de instituto con un par de pausas largas, la primera en la universidad y la segunda, aún más larga, a los veinticinco. Cuando volvimos a intentarlo por última vez, él encontró un trabajo de comercial en Los Ángeles y se mudó; yo le seguí con la esperanza de que por fin todo funcionara entre nosotros. Sin embargo, con una botella de sake frío en un restaurante de Huntington Beach, apenas una semana después de mi treinta cumpleaños, Grif me preguntó si quería casarme con él. No me lo estaba pidiendo, solo rescataba un tema que ya habíamos tratado hacía tiempo. Yo siempre le decía que necesitaba más tiempo.

—Nunca estarás preparada, ¿verdad? —me dijo aquella noche—. ¿Algún día será el momento adecuado, Elise? —Yo agaché la cabeza y fijé la mirada en la servilleta que estrujaba entre mis manos, recordando las clases de laboratorio que habíamos compartido en el instituto. Nos habíamos pasado todo el semestre juntando dos elementos y esperando una reacción: una explosión, un gorgoteo, lo que fuera. Grif era guapo, inteligente y divertido, y aun así yo nunca vi las estrellas ni sentí una calidez especial a su lado. Siempre me quedaba a medio camino entre ambas reacciones.

Dos semanas más tarde, me marché de Los Ángeles rumbo a San Francisco con la esperanza de que la distancia nos ayudara a sanar las heridas. Un mes más tarde le envié una nota a Janice y ella me respondió, ambas cautelosas y educadas. Demasiado educadas. No sabía cómo se había sentido hasta ahora.