Tres cuentos rusos

Francesc Serés

Premio de la Crítica 2010 y Premio Ciutat de Barcelona de Literatura 2010. Una historia de amor imposible con un final inevitable, una búsqueda que lleva a los hombres más valientes al corazón de la taiga, una partida de ajedrez que se juega más allá del tablero...

En Tres cuentos rusos de Francesc Serés se incluyen los relatos “La casa de muñecas ruras”, “El camino que hay en medio del bosque” y “La prenda”. Su libro Cuentos rusos, donde estos relatos fueron publicados por primera vez, resultó merecedor del Premio Ciutat de Barcelona de Literatura 2010 y el Premio de la Crítica 2010.

Me llamó la noche anterior. Desde el día que la conocí sé que el teléfono puede sonar a cualquier hora del día o de la noche.

–Yuri, Yuri, tengo que hablar contigo.

–Maya, que…

–Yuri, tengo que hablar contigo, tenemos que hablar.

–Por el amor de Dios, no te pregunto si sabes qué hora es porque es imposible que no lo sepas, Maya –le dije desperezándome mientras el despertador caía al suelo, se le abría la tapa y las pilas rodaban debajo de la cama.

–Vamos, Yuri, no tienes nada importante entre manos y no estás acompañado; en caso contrario habrías desconectado el teléfono. Di en el trabajo que te han llamado a casa, yo ya se lo diré a papá.

–Maya, estaba durmiendo…

–Vamos, Yuri, mañana, a las once, tomaremos café, daremos una vuelta por ahí y después comeremos juntos. Vamos, di que sí, le diré a papá que dé el aviso en el trabajo, vamos, Yuri, cuento contigo, ¿verdad? Cuento contigo.

Siempre me ha desarmado en un abrir y cerrar de ojos. Hacía quince años que nos conocíamos y, ay, hacía quince años que yo no sabía decir no. Es la mujer más guapa de todo San Petersburgo, una cara de muñeca que te maneja como si fueras un títere.

El títere, claro, telefoneó al trabajo para decir que aquella mañana no iría, recorrió la Perspectiva Nevski hasta el Neva y, desde allí, cruzó cuatro calles hasta llegar a la casa de Maya.

La casa –ella todavía vive allí–, está en la isla Vasilievski, cerca del palacio. Maya es como su casa, a las dos parece que los años las embellezcan y las hagan más valiosas, como si el tiempo que pasa, en vez de arrugarles la cara y agrietarles la fachada, les fuese dando una pátina suave y agradable. Desde la casa desciende una escalera hasta la calle, lenta, soberbia y elegante, como una alfombra roja que se desenrollara de arriba abajo. Siempre que iba a su casa pensaba cómo era posible que aquellos peldaños hubiesen sobrevivido a revoluciones y guerras, a ocupaciones y bombas. Era como si la hubieran conservado dentro de una campana de cristal. La primera vez que me invitaron, subí y bajé la escalera siete u ocho veces, hasta que oí carraspear al mayordomo. La casa, la casa… os perderíais en ella, la entrada, el recibidor y, después de traspasar unas puertas blancas y doradas, un vestíbulo con dos escaleras de mármol que suben hasta la antesala del primer piso. Ay, Dios, tenéis la sensación de que estáis en un museo construido para exponer el buen gusto que la familia ha tenido con la decoración, nada recargado y todo en su sitio, cuadros, estanterías y estatuas.

Maya me esperaba. Había mandado servir el café en el invernadero. Ah, hay mujeres que gastan fortunas en ropa carísima –y Maya es una de ellas– pero que nunca estarán tan elegantes como ella cuando baja con el albornoz y la toalla. La aristocracia de San Petersburgo, cien por cien genética pura de no sé cuántas generaciones que han sobrevivido a los zares, a los comunistas y a las mafias. Como la casa: tiempo y normas.

Cuando vi que ella se adelantaba al servicio en el momento de abrir la puerta, empecé a pensar que sucedía algo importante.

–Oye, Maya, ¿cómo sabes lo del teléfono?, ¿cómo sabes que lo desconecto? –le pregunté.

–No preguntes y no te mentiré.

–¡Vamos, dímelo, Maya! ¿Cómo sabes que desconecto el teléfono? –Con ella siempre tienes que insistir.

–Cuando te liaste con Irina siempre comunicaba. No podía ser que hablases tanto rato.

–Y tú qué sabes del rato que hablaba con Irina… ¿Me pinchaste el teléfono? ¿Ahora te dedicas a eso, guapa?

–¡Hi-ce-cuen-tas! Sé cuánto ganas y sé cuánto cuesta llamar. Fácil, ¿verdad?

–Vale, tocado, pero no te hagas la sargento y cuéntame qué está pasando aquí. ¿Le has dicho a tu padre que llame a Fetisovo?

Fetisovo era mi jefe, mi jefe que recibía órdenes de su padre. Siempre que la niña quiere verme, tienen que llamarle para decir que necesito el día libre. Fetisovo me odia, pero a mí la situación me divierte, como cuando provocas a esos perros que ladran al otro lado de la valla y que chocan contra la reja mientras tú te ríes.

Su padre me enchufó en la empresa. Bueno, de hecho, me enchufó ella. Se trata de una empresa de importación y exportación que controla una parte del puerto y del aeropuerto.

Por aquel entonces hacía quince años que nos conocíamos, desde un día que fingí que me había atropellado con el coche. Hice como que me caía de la bici y que me quedaba inconsciente. Un mes después se lo conté todo y me gritó, «¡Estás loco, estás loco!», juró que se cambiaría de universidad y que se iría a estudiar al extranjero, «¡Estás loco, estás loco!». No solo no lo hizo, sino que no le contó a nadie que todo había sido una treta para echarle el lazo. Sí, estaba loco por ella. Desde aquel día, ninguno de los dos hemos tenido a nadie más cercano, yo continuaba enamorado y ella afirmaba que yo era su mejor amigo. Un camión de mil toneladas me aplastaba el corazón cada vez que me lo decía.

–Sí, se lo he dicho, pesado. –Se levantó un momento y volvió a sentarse encima de sus piernas–. Yuri, tengo que decirte una cosa… Esta vez creo que me voy a casar y supongo que esta vez va de veras.

–¿De veras lo crees? ¿Con el car-ni-ce-ro? –le dije yo imitando el tono de voz que utiliza cuando quiere aleccionarme o remarcar algo importante.

–Sí, con el car-ni-ce-ro, si quieres seguir llamándole así. Te recuerdo que es el propietario de la segunda empresa cárnica del país.

–Y qué quieres que sea yo, ¿padrino o sacerdote? –Me pasé, vi enseguida que me había pasado.

–Sarcasmo no, es lo úl-ti-mo que necesito, amor mío, así que si quieres, nos acabamos el café y comemos cada cual en su casa.

–Eh, eh, eh, frena, muñequita.

–De acuerdo. Volvamos a empezar. Creo que voy a casarme. No acabo de tenerlo del todo claro, pero ahora pienso que casarme con Alekséi no tiene por qué ser el fin del mundo. Hasta puede ser divertido y bueno. Al fin y al cabo siempre puedo tener un amante, como mamá, como la abuela, como la bisabuela. Y Alekséi también tendrá las suyas y no me molestará demasiado. Mamá dice que lo de la jaqueca todavía funciona –añadió con una carcajada, y eso que a mí, maldita la gracia que me hacía, pero supongo que así todo era más liviano–. Dice que es más fácil y cómodo que cada cual se líe con su amante que tener que crear vínculos, calor, y todo eso…

–Supongo que ya que hablamos tan claro, puedo preguntártelo así, sin más: ¿podré ser tu amante?