Tres ensayos

Juan Benet

Tres deslumbrantes ensayos donde relucen la inteligencia y el dominio del lenguaje de Juan Benet.

Juan Benet es la mejor prosa castellana al servicio de una inteligencia deslumbrante. La mejor prueba son estos tres magníficos ensayos: Valedictoria a Dionisio, un elogio a Dionisio Ridruejo, maestro y amigo; y dos reflexiones sobre la clase política española en los albores de la Transición, “El tonto de la familia” y “Fisiología del pasillo”. Una pequeña dosis de un grande de las letras.

La última vez que le vi fue la noche del 15 de abril, a la salida de un banquete-mitin que sus amigos organizaron en el Hotel Mindanao para, tomando como pretexto la aparición de un libro suyo, presentar en sociedad su última criatura política. Durante el acto previo y la cena no tuve ocasión de estar con él, en parte debido a mi tardanza, en parte a causa del corro de amigos y admiradores que le rodeaban y acompañaron desde la mesa hasta la puerta de la calle. Como hacía tiempo que no le veía y como también al día siguiente, de madrugada, yo tenía que emprender un viaje de varias semanas, me decidí a romper el bloque tan sólo para obligarle a desmentir, una vez más, sus acostumbradas afirmaciones acerca de mi alejamiento e indiferencia. Los asistentes a aquella fiesta recordarán sin duda que aun cuando Dionisio se levantó a agradecer el banquete (sin necesidad de excusas por levantarse porque en su caso «ponerse de pie nunca era una exageración») a los pocos minutos se vio obligado a hacer una pausa un tanto angustiosa e ingirió unas píldoras para proseguir —si no recuerdo mal— sentado. Viendo que el esfuerzo —el sofocante acto de la presentación, las palabras en la librería, la rueda de prensa acerca de la USDE en un salón del hotel, el banquete y el discurso final— había sido excesivo y que tantos amigos deseosos de retenerle retrasaban la hora de la retirada, Eurico de la Peña lo tomó del brazo y al acercarme yo me rogó sin más preámbulos que les esperara con el coche a la puerta del hotel.

Fuimos a su casa y esa noche Gloria, Dionisio, Eurico y yo estuvimos charlando hasta las tres o cuatro de la madrugada sobre los acontecimientos de la noche, los discursos de unos y otros, la significación del acto, con esa un tanto adolescente excitación con que las jóvenes comentan el baile de la víspera cuyo anecdotario, vicisitudes y consecuencias se prolongarán durante mucho tiempo. Con una de aquellas sumarias definiciones con que Dionisio tanto gustaba resumir una situación compleja, en aquella ocasión nos dijo: «Esta tarde hemos terminado con nuestra clandestinidad» para añadir a continuación que la labor de los próximos meses consistía, ni más ni menos, en dar el paso siguiente para clausurar la ilegalidad. Yo que llevaba mucho tiempo sin tener contactos «de trabajo» con Dionisio y la gente de su grupo, pensé para mis adentros que se trataba, una vez más, de una de las muchas doradas y frustradas profecías de aquel hombre que, si caía alguna vez en el desánimo se sentía tan educado y comprometido con su lucha como para no ponerlo nunca de manifiesto, como todo verdadero y apasionado jugador; seguía siendo capaz de organizar una timba sobre la punta de una espada. Resulta difícil recurrir a cosa distinta de la vocación o el apasionamiento para comprender la carrera de un jugador que ha consumido la casi totalidad de su vida en el juego… perdiendo siempre, y a nadie mejor que a él le cuadraba el asombro con que el protagonista de la anécdota se preguntaba qué sería eso de jugar y ganar. Luego, en los meses de verano y en las reseñas de los periódicos posteriores a su muerte, vi que se hablaba de la USDE —con esporádicas pero consistentes noticias sobre su evolución— sin la menor reserva ni timidez y vine a concluir que la profecía podía no ser tan descabellada como a mí me pareciera la noche del 15 de abril, «the cruellest month». Quiero creer que le conocí por el mismo mes de abril —cuya mayor crueldad sea acaso la de reiniciar el ciclo, y despertar todas las promesas que todo nacimiento entraña, que habrá de concluir en el mismo punto y en las mismas circunstancias donde finalizaron todos los precedentes—, allá por el año 1965 y aunque con anterioridad había sido introducido en uno de sus numerosos círculos, sólo a partir de entonces trabamos y practicamos una amistad que se había de prolongar tan sólo por espacio de diez años. Al principio aquella amistad tuvo un local, un pequeño piso en la calle de San Lucas donde «el grupo» instaló su sede social, sufragado a prorrata entre sus integrantes y mediante unas modestas aportaciones que procedían de algún partido social-demócrata americano, amueblado con unos pocos enseres de nueva adquisición y otros pocos sobrantes de cada uno de nosotros. En San Lucas nos reuníamos una vez a la semana —a menos que mediara convocatoria especial— a última hora de la tarde, con prolongación de cena en La Criolla, las más veces. No voy a hacer la historia de aquel grupo en aquellos años, ni de las gentes que pasaron por allí, ya que seguramente habrá más de un aficionado o profesional que puede contarla —y sin duda un día la contará— con una precisión de la que me encuentro horro. Creo que mis aportaciones a la labor del grupo, a tantas propuestas como allí se produjeron, fueron más bien escasas: por lo general, obedecía a mi tendencia natural a oponerme a las propuestas y sólo planteaba iniciativas impracticables. Ahora bien, como esa hora, las ocho de la tarde, para mí siempre ha sido difícil de soportar sin ciertos estimulantes, introduje en las sesiones la encomiable costumbre de disponer una botella de «whisky» que se podía consumir a 25 pesetas la ración. Es decir, era el «whisky» de club más barato de Madrid y a pesar de que se trataba de una operación filantrópica —sin margen de beneficios-, a pesar de que era preciso recurrir a todas las insistencias y amenazas para que Pablo Martí Zaro se desprendiese de su moneda de cinco duros, a pesar de que con frecuencia nos visitaba algún personaje de alcurnia política que imponía el respeto suficiente como para que no reclamásemos el abono a pesar de que los hombres de izquierda «se limitaba a probarlo», a pesar de que los elementos de derechas siempre escasos de moneda suelta acumulaban sus pufos, en los old happy days del grupo llegamos a tener en la alacena dos botellas de reserva adquiridas gracias a la cuota. Aquello me llevó a pensar si no podría ser yo —en un futuro lejano— un excelente experto en Finanzas. Dionisio no abrigaba respecto a ello la menor duda, aunque no diré —no tanto por un mínimo de vergüenza cuanto por ser demasiado obvio— de qué signo era su seguridad.

Como algunos recordarán, el problema más acuciante del grupo era el de su crecimiento; tenía voz, tenía opiniones claras, mantenía una postura incorruptible, contaba en su nómina con hombres reconocidos por su capacidad y dentro de la llamada oposición gozaba de una posición estratégica envidiable; más honrado que García del Castañar y más justo que Trajano, no sólo era con frecuencia requerido para solventar y limar diferencias que surgían entre otros grupos aledaños, sino que en ocasiones su voz era escuchada —aunque en general no fuera atendida la demanda— por alguna persona situada en el poder o cerca de él porque, por encima de todo, el grupo tenía a Dionisio.