Tres maestros: Bellow, Naipaul, Marías

Gonzalo Torné

Las lecciones fundamentales de tres clásicos contemporáneos

Saul Bellow, Sir Vidia Naipaul y Javier Marías son tres autores tan distintos como claves para entender la novela en la segunda mitad del siglo XX. En tres ensayos recorridos por la misma admiración inteligente, Gonzalo Torné, uno de los escritores más interesantes del panorama actual, desentraña los motivos por los que todo lector que se precie debe colocar encima de la pila novelas como Las aventuras de Augie March, Un recodo en el río o Corazón tan blanco.

Con frecuencia he escogido bando en una disputa no tanto por convencimiento intelectual sino por el respeto y aprecio que me merecían los nombres que se empleaban en su defensa, y no seré yo quien niegue que podemos encontrar a individuos bien horribles defendiendo los poderes terapéuticos de la escritura. Si existe algo peor considerado que confiar en esas facultades, ahora mismo no se me ocurre. Pero como estamos entre amigos me animaré a reconocer que parte de mi gratitud hacia los tres escritores aquí reunidos, parte de lo que me empujó a escribir sobre ellos, se debe a que sus libros me ayudaron a corregir o a encauzar debilidades y vicios capaces de secar la raíz de cualquier vocación literaria.

Empecé a leer a Javier Marías a los veinte años, cuando estaba más preocupado por el deporte que por la actividad intelectual. Mi bagaje era bien escaso, disperso entre lecturas obligatorias y «clásicos» que pese a la distancia temporal y geográfica me resultaban cercanos (Sófocles, Shakespeare, Chéjov, qué sé yo). Ese autodidactismo a tirones me convenció de dos cosas: que la literatura ya estaba escrita, que fue una empresa librada por personas que llevaban siglos muertos, y que cuanto podía escribirse en cualquiera de las dos lenguas que manejaba eran libros para papanatas o llepafils. Las dos novelas de Marías en las que insistiré más adelante (y que sin yo saberlo culminaban el lento aterrizaje de Marías en su propia tradición, al superponer el espacio de la narración con el territorio natal del escritor) me abrieron los ojos a la posibilidad de que la novela se atreviese a agarrar su tiempo por el cuello, me despertaron de mi complejo museístico.

Empecé a leer a V. S. Naipaul y a Saul Bellow poco después de publicar mi primer libro. Advertí que ni siquiera en las reseñas más entusiastas reconocía al novelista con el que fantaseaba ser, que no disponía de los recursos necesarios para escribir los libros que había empezado a intuir. Mis novelistas favoritos (Bernhard, Sebald, Kundera, Benet o Beckett) trabajaban en vetas imaginativas y de estilo que su propia obra se encargaba de agotar; te conducían a espacios fascinantes pero una vez allí te dejaban escorado, no se me ocurría la manera de aprovechar sus logros. Supongo que cualquier novelista ambicioso, con independencia de su valor, atraviesa una fase decisiva en la que devora el trabajo de los autores que le ayudan a barruntar la manera de abrir la mente y el estilo, que le suministran el ánimo y el combustible para sus fantasías.

Hayas nacido donde hayas nacido, sea cual sea tu situación de partida, es improbable que el camino que te conduce a revelarte como escritor sea más escarpado que el que tuvo que remontar V. S. Naipaul. Suele decirse que la «antipatía» de Naipaul se debe al resentimiento hacia las heridas que el racismo y el clasismo dejaron en su carne mientras ascendía por el escalafón literario. Pero ese es solo un lado del asunto. Cuando pienso en Naipaul, el rigor, el talento estilístico, el alcance de su mirada, se anticipan al supuesto rencor. No se me ocurre un escritor más melancólico que Naipaul; en comparación, las profundidades nostálgicas de Sebald tienen un tacto, como diría, más sintético. Pero Naipaul apenas se permite pasiones mustias, no tolera que sus circunstancias personales le debiliten como escritor, nunca busca excusas. La lección que los novelistas podemos extraer de Naipaul es que nazcas donde nazcas, sean cuales sean tus padres, con independencia de cuántos libros encontraste en casa, de la falta de interlocutores válidos, de lo que te costó, de lo poco que hayan creído en tu vocación, hay que arreglárselas para extraer la fuerza creativa de esas desventajas, no nos beneficia escudarnos en ellas: cuando se trata de literatura las justificaciones son declaraciones de impotencia, nadie lee por compasión, la lectura piadosa no tiene valor.

Me divierte imaginar que mis escritores favoritos no solo se leen y se admiran mutuamente, sino que en el distrito ultraterreno a donde probablemente no vayan se llevarán absolutamente bien. Así que me entristeció descubrir que Naipaul apenas valoraba a Bellow. En desagravio diría que si la experiencia de leer a Naipaul bien podría ser el equivalente mental de sumergir el cuerpo en un lago de aguas frías, enclavado en un paisaje perturbador, un ejercicio tonificante que debe administrarse con prudencia, los aficionados podemos zambullirnos una vez tras otra en la acogedora atmósfera de las novelas de Bellow.

Algunas enseñanzas de los maestros que jamás nos han dirigido una palabra privada no llegan a fijarse, son temporales, entran y salen de nuestras convicciones. Con Bellow enseguida aprendemos dos nociones perdurables. La primera es que existen verdades favorables al ser humano, que si bien experimentamos una mentira y una ocultación del sentimiento, también nos pertenecen su brillo y su afirmación. La segunda remite al supuesto divorcio entre las palabras y las cosas, que tantos novelistas se toman como una ofensa íntima que se traduce no solo en un prurito aprensivo ante tanta inexactitud verbal, sino en el compromiso de no dar un paso (no contar nada, no manejar un personaje, no enseñarnos un paisaje, no contemplar la sociedad que les envuelve) hasta que se resuelva esa incompetencia verbal que están decididos a denunciar libro a libro. Las novelas de Bellow no logran desmentir (ni lo pretenden, y más bien se benefician) que el lenguaje, al articularse en un texto de ficción, arrastre entrañas tenebrosas, abismos de ambigüedad, pero te enseñan lo que ese mismo lenguaje es capaz de hacer cuando cae en las manos adecuadas.

Siento demasiado respeto por la crítica literaria (entendida como el esfuerzo sostenido por penetrar en una obra importante o por ordenar una región literaria) para considerar estos apuntes impresionistas una aportación relevante al estudio de tres novelistas que están a la cabeza de su arte y han merecido y merecerán la atención de esfuerzos más constantes que el mío.

Lectores cercanos y sagaces me han convencido de lo iluso que es andarse con disimulos, así que me anticiparé al reproche de estar empleando nombres consagrados para apoyar escaramuzas en favor de mis propios intereses. Me disculpo pensando que, si bien casi siempre actuamos buscando un beneficio, no escribimos exclusivamente para nuestro beneficio, y que también es prerrogativa de los maestros que escogemos enseñarnos a reconocer las batallas que vale la pena librar.