Tres mujeres solas

Paloma Bravo

Julia, Alejandra y Martina son tres mujeres solas, y lo son cada una a su manera. Porque a las tres les gusta elegir sus propios errores.

Julia cumple treinta y nueve años y está decidida a no celebrar los cuarenta rodeada de hombres que solo se asoman a ella para ver un bonito reflejo de sí mismos. Alejandra es pura ambición y nadie ha conseguido interponerse en su camino hasta que se tropieza consigo misma. Martina, en cambio, ha descubierto la oxitocina y lo ve todo diferente.Tres mujeres distintas, las tres hermosas e inteligentes, que saben que la soledad es una elección, no una maldición, y que a veces el perdón no implica redención

«Hace frío y hace luz», es lo primero que piensa Julia. Y sonríe.

Le gusta jugar con el lenguaje; le gusta usarlo, estirarlo, exprimirlo; le gusta que obedezca y hasta que desobedezca, que la fuerce a perseguirlo hasta lugares secretos donde no hubiera llegado sin él. El lenguaje y las palabras… y Julia sonríe, y se estira, y cierra la ventana, y va a por su móvil.

«Tres, claro.»

Julia vive sola desde hace tres años, y no siempre le gustan los domingos. Pero hoy ese cielo frío y apetecible de Madrid parece un regalo privado, y Julia decide que sí, que el día es para ella, con antojos incluidos. Por eso se perdona el ahorro y la sostenibilidad y se acerca a la cafetería pija a tomarse el Chai dulce y picante que, según Virginia, está lleno de sirope adictivo y no es nada saludable. A Julia le gusta. Es su domingo.

Con el Chai en la mano, paseando de vuelta a casa, revisa los mensajes. Son tres, pero podrían ser más, o menos. Depende de los días, de los domingos. Son mensajes de hombres diferentes, dos casados, uno separado. Tres de los varios que creen que Julia está siempre para ellos.

«Sería completamente feliz si pudiera pasar el resto de mi vida besando tus ojeras por las mañanas.»

—¿Mis orejas?

Rafa la había mirado desconcertado: «No, Julia, no. Tus ojeras. Las bolsas que tienes bajo esos ojos oscuros que lo ven todo. Y yo no quiero que me veas, sólo quiero estar cerca de ti».

Eso había pasado el viernes, en una cerveza rápida antes de la cena de cumpleaños. Rafa era, es, un compañero de facultad, casado desde hace veinte años, aburrido de su vida.

«Si vuelvo a pasar un sábado llevando a los niños a los campeonatos del colegio, haciendo la compra en Mercadona y luego viendo el partido, moriré de vergüenza y de desesperanza, Julia. Te lo juro.»

—¿Y tú crees que mis ojeras te van a salvar los sábados?

—Me salvarían la vida.

—Tengo que irme, Rafa.

Y Julia se levantó sin enfadarse, cansada de otro hombre que ni la mira ni la ve, pero que quiere que ella le devuelva una imagen idealizada de sí mismo.

—¿Por qué? ¿Te he molestado?

—No, pero no puedo ayudarte. Te tienes que salvar tú solo.

—¿Y si te salvo yo a ti?

—¿Cómo?

—¿Cómo quieres que te salve?

—No quiero que me salves, Rafa.

Julia se acercó para darle los dos besos de rigor en la mejilla y Rafa giró sus labios hacia los de ella.

—Joder, Julia, no me apartes la cara.

—¿Y qué quieres que haga? Que no quiero que me salves, Rafa; que, además, no estás en condiciones de salvar a nadie.

Julia lo dijo bajito, sin enfadarse, y se subió en el primer taxi de los mil que llenan esta ciudad en crisis.

«No quiero hombres tristes», pensó Julia, de camino a su casa. «No quiero hombres tristes, ni tampoco hombres mentirosos. No quiero hombres que no me vean y que sólo me usen como espejo, para verse altos y guapos.»

Pero Julia sí quería hombres. No en plural, en singular. Quería un hombre al que querer bien, al que comprender y adivinar, al que acompañar y aportar, al que tocar. Y quería que ese hombre hiciera lo mismo con ella. Y que, algunos días, simplemente la abrazara y le permitiera abandonar ese disfraz de fuerte que pesaba tanto.

«Rafa, yo no soy tan fuerte», había empezado a explicarle, «a mí estos veinte años también me han hecho daño, yo también estoy herida y quiero lo que tengo, pero quiero también otras cosas…»

Rafa no la había escuchado. «Déjame, por favor, déjame despertarme cada mañana en tus ojeras.»

Eso fue el viernes, y al llegar a casa, Julia se encendió un porro que le había dado Virginia, ya liado, como siempre, y se puso a leer, a pensar, a escribir, a navegar por internet… sonriendo.

Era pronto. Podía, si hubiera querido, haberse acostado con Rafa. A Julia le gustaba el sexo porque sí, pero odiaba las mentiras. Se masturbó después del porro, con uno de sus cómics de Milo Manara. «Verano indio.» «Un día me voy a regalar un mohicano», pensó.

Y sonrió otra vez. Estaba aprendiendo a perdonarse a sí misma y, además, por primera vez en mucho tiempo, era muy consciente de las ventajas de su estado.

***

Y más la noche siguiente, la del sábado. Julia cumplía treinta y nueve años, y aunque no le hacía demasiado feliz hacerse mayor, su amor por los múltiplos de tres la había empujado a montar una cena con amigos que sabía que no sería capaz de repetir a los cuarenta, que es un número par y acabado en cero, demasiado redondo para esa inclinación hacia lo imperfecto que definía el mundo de Julia.

Virginia, Domingo, Manolo, Juan… casi todos vinieron con pareja. Y aun así… aun así acabaron hablando de que llevaban ya casi veinticinco años de adolescencia.

—¡Y sin casi! Que desde los trece hasta ahora…

—Sí, sí, pero define adolescencia —dijo Juan, muy científico.

Y la definieron más o menos entre todos: esa época en la que entras con ganas de querer y que te quieran, deseando pasarlo bien y estar siempre con tus amigos, convencido de que cuando encuentres el amor, el amor de verdad, será definitivo y saldrás de la adolescencia y te quedarás instalado en ese amor compartido, creciendo, haciéndote mayor y por fin adulto.

—Pues adolescentes perdidos, entonces…

Se habían girado todos hacia Manolo y Marta, la pareja más estable de la mesa, con cierta esperanza de encontrar la madurez, pero la sonrisa de Manolo no era la de un padre. «Eh, que yo soy como vosotros…»

Eso también hacía sonreír a Julia esta mañana de domingo: sus amigos, su adolescencia. El absurdo de pensar que sí, que desde los doce o trece, desde siempre casi, todos iban como locos detrás de un amor que corría más que ellos, o a veces menos.

Se le acababa el Chai a Julia, y recolocando el picante, el frío y toda la lucidez de su domingo feliz, volvió a los mensajes.

El primero era de su ex, de Álvaro. Su último ex para ser precisos. El último hombre con el que había vivido. «Y compartido hipoteca, que no lo he hecho con nadie.» Álvaro y Julia habían estado a punto de ser padres, que para Julia habría sido el signo definitivo de madurez, pero nunca lo llegó a ser.