Tres relatos sobre la plusvalía

Isaac Rosa / Ana Valero / Ricardo Rodríguez

Tres cuentos en los que el entorno laboral es protagonista.

En el primero de los relatos, Horas extraordinarias de Isaac Rosa, la trama donde se entrecruzan distintas vidas transcurre en una oficina en la que el sometimiento consciente o inconsciente y el miedo a no ser una empleada o un empleado suficientemente “positivo” y “entusiasta” hace que la jornada de trabajo se prolongue voluntariamente hasta límites inverosímiles pero, laboralmente, posibles. En el segundo de ellos, Proyecto cultural de Ana Valero, la acción, contada con ironía por una “víctima laboral”, tiene lugar en una editorial “independiente y con glamour” donde el editor “va de culto y exquisito” por la vida literaria mientras que como empresario se comporta como un negrero explotador y maleducado. En el tercer relato, La parábola del ingeniero, de Ricardo Rodríguez, las relaciones ambiguas y paradójicas entre el trabajador esclavizado y el ingeniero que diseña las máquinas dan lugar a una fábula de tono bíblico sobre la crisis económica absolutamente actual.

A la generosidad de nuestra compañía debemos la instalación, años atrás, de una máquina de café en el pasillo. Aunque inicialmente fue visto con recelo por algunos empleados, y por el delegado sindical, que advirtió que aquello era una forma de control, de disposición de nuestro tiempo, de acortar la pausa del café y retenernos más horas en el centro de trabajo, lo cierto es que el paso de los años ha demostrado las ventajas del asunto: nos ahorra la molestia del desplazamiento a cafeterías ajenas al edificio, especialmente en los días de frío o lluvia, en que la intemperie de las calles desnudas del polígono no puede atraer a nadie, y hasta los empleados más diletantes preferirán la comodidad de la oficina isotérmica. Por no hablar del ahorro económico, pues la máquina de café tiene un precio simbólico (50 céntimos de euro la taza), frente al abuso de la cafetería habitual que, por ser la única cercana, impone sus tarifas sin competencia (1 euro la taza). La oferta de la máquina es, además, más ajustada, lo que aleja a los empleados más disolutos de las tentaciones presentes en la cafetería, ya sean bebidas alcohólicas, ya máquinas tragaperras. Además, la familiaridad enmoquetada de la oficina templa los ánimos y las conversaciones, pues los habituales deslenguados moderan su lenguaje y frenan las maledicencias y cizañas que enrarecen el ambiente y tanto daño hacen a la convivencia laboral.

Desde hacía varios meses era costumbre que permaneciesen en sus puestos de trabajo más allá de la hora de salida. Aunque era algo ya consolidado, y que no necesitaba excusas, no faltaba quien, cada tarde, cinco minutos antes de las siete, se levantaba de su mesa, se acercaba a la pared acristalada y, señalando hacia la hilera de luces rojas y blancas que formaban la caravana inmóvil, exclamaba para los demás, como si fuera una novedad:

—Ya se ha montado el atasco. Va a ser mejor esperar un rato antes de salir.

Era la frase que todos aguardaban oír. Levantaban la mirada de los monitores, consultaban el reloj, se desperezaban y recibían el anuncio como una autorización para continuar con sus trabajos.

En efecto, todos admitían que era preferible permanecer en la oficina hasta que, una o dos horas después, el tráfico en la autopista fuese más fluido. De todas formas, tanto si salían ahora como si esperaban, llegarían a sus casas a la misma hora, con la diferencia de que en la oficina podían adelantar algo de trabajo (y siempre había trabajo de más, eso no faltaba), mientras que después de hora y media o dos horas de atasco uno llegaba a casa cansado y furioso, cuando no dañado física o moralmente en una de las habituales peleas del atasco, que solían empezar con un bocinazo, un grito con la ventanilla bajada, un corte de mangas, y toda esa altanería conductora que termina en empujones, bofetadas, patadas al aire y algún puñetazo antes de que uno de los dos se retire a su vehículo, humillado. Desde el ventanal de la oficina habían presenciado más de una tarde el espectáculo de dos púgiles que, descendidos de sus monturas, iluminados por los faros del resto de coches, iniciaban el baile de manotazos torpes y agarrones a las camisas, antes de caer al suelo y simular una pelea desganada, a la espera de ser separados.

Aunque hablemos de máquina de café, en realidad su oferta es mucho más amplia. Además de poder elegir la concentración de café (normal, suave, cargado), la cantidad de leche añadida (solo, cortado, con leche, manchado), y el edulcorante (azúcar, sacarina), la máquina ofrece té, leche sola y chocolate, todo al mismo precio. Junto a ella, otra máquina, instalada posteriormente, expone a través de su frente transparente varios estantes con alimentos envasados: sándwiches (jamón y queso, vegetal, ensaladilla, salmón, beicon; a 1,20 euros cada uno); empanadas (bonito, carne; a 1,50 euros la unidad); bollería (magdalenas, bizcochos, donuts, cruasanes; precios entre 0,60 y 1 euro); aperitivos salados (patatas chips, aceitunas, frutos secos; entre 0,75 y 1,20 euros, y chocolatinas (de 0,50 a 1,20 euros, dependiendo de tamaños y presentaciones). Una tercera máquina, de reciente aparición, surte a los empleados con bebidas refrescantes (0,60 euros la lata de 33 cl.). De esta forma, cualquier empleado puede componerse un desayuno suficiente a media mañana, puente entre el café de primera hora y el almuerzo.

Dos horas después, a las nueve de la noche, el tráfico en la autopista era todavía lento, pero el atasco iba desliéndose de forma progresiva. En la oficina solo quedaban ya seis empleados, cuyo tecleo en los ordenadores sonaba cada vez más cansino. Los teléfonos habían callado hacía ya más de una hora, y al fondo se veía el pasillo oscuro y las puertas de los despachos cerradas. Aurora, contratada por una empresa de limpieza, pasaba el trapo por las mesas desocupadas, y también por las aún ocupadas, cuyos inquilinos levantaban los pies para la escoba o se retiraban brevemente para que limpiase la superficie de la mesa libre de papeles, y esos gestos los hacían como autómatas, sin mirar a la mujer, a la que devolvían un mecánico «buenas tardes».

Sentado a su mesa, Juan (treinta y cinco años, licenciado en económicas, seis años de antigüedad en la empresa, 1.470 euros brutos al mes, 14 pagas) tamborileaba con los dedos sobre el ratón del ordenador. Miró a la ventana, al exterior ya anochecido, y después echó un vistazo sin mucho interés a la oficina, la gran sala diáfana parcialmente oscurecida, solo algunos flexos encendidos sobre las últimas mesas ocupadas. Vio cómo se ponía el abrigo uno de los empleados, y sin despedirse se alejaba por el pasillo. Recuperó bajo varias carpetas el periódico del día, y lo desplegó sobre la mesa. Abrió la última página, la programación televisiva. A ver, a ver. Miró el reloj y después consultó la oferta nocturna. Un par de series que le aburrían; una película interesante pero cuya duración, contando espacios publicitarios, la haría interminable, y un concurso idiota. Qué coñazo, nada que merezca la pena. Metió el periódico en la papelera que Aurora acababa de vaciar, y puso los dedos sobre el teclado. A ver si termino esta mierda y me la quito de encima de una puta vez.

A dos mesas de distancia, Paloma (treinta y dos años, licenciada en derecho, tres años de antigüedad en la empresa, 1.150 euros brutos al mes, 14 pagas) tecleaba despacio y fruncía los ojos ante el monitor. Giró la cabeza, miró más allá de donde alumbraba su flexo, a la mesa ya vacía y oscura del empleado que acababa de marchar. Joder, se me fue y ni me enteré. Intentó calcular cuánto tiempo podía haber pasado desde la última vez que vio aquella mesa ocupada. La duración de tres párrafos, no más de dos o tres minutos.