Un momento de gracia

Marian Keyes

Un relato cargado de humor y ternura de la mano de Marian Keyes.

Gracia es un ángel, un ángel muy torpe que desconoce por completo la diferencia entre vicios, virtudes y los nombres de los siete enanitos, por lo tanto, no puede ayudar a los humanos. Remedio: envío inmediato a la tierra para un curso de formación…Marian Keyes ha hecho de sus obsesiones un universo propio, que comparte con una legión de lectoras en sus artículos, novelas y cuentos: la moda, los hombres, los viajes, la familia, los amigos, el hogar… Un momento de Gracia tiene todos estos ingredientes y uno más: humor. Mucho humor.

Yo soy un ángel. Eso, eso, ríete cuanto te apetezca, pero es cierto. Un ángel. Un ángel como es debido, con su afiliación celestial, alas, aureola y todo lo demás.

Y estoy en Los Ángeles en una misión. Una misión de Dios, ya que me lo preguntas.

Suena como una gran cosa pero, para serte franco, el motivo que me ha traído aquí no tiene nada de genial. Algunos ángeles poseen un don natural para este trabajo. Por desgracia, no soy uno de ellos, de modo que me han enviado a la tierra para formarme. El caso es que para poder ayudar a los humanos primero tengo que entenderles. Así pues, mientras esté aquí he de cometer —sin excesivo entusiasmo, por supuesto— los siete pecados capitales. Y tengo siete días para hacerlo.

—Envidia, Pereza, Avaricia —me enumeró Ibrox, mi superior—, Gula, Ira, Envidia… Espera, Envidia ya lo he dicho, ¿verdad? Nunca consigo recordar los siete. Me ocurre lo mismo con los siete enanitos; generalmente llego a cinco y luego me quedo en blanco. Dilos.

—Gruñón, Mudito, Dorm…

—¡No, los siete pecados!

—Lo siento. Bien, Avaricia, Envidia, Pereza, Ira, Gula… —Lo miré impotente.

—Soberbia —prosiguió él—. Y el séptimo ya lo recordarás.

Así que me marché y aquí estoy, en Silverlake, Los Ángeles, delante del apartamento que va a constituir mi hogar durante una semana. Por lo visto me ha recomendado un amigo de un amigo de un amigo y tendré dos compañeros de piso: Nick, un actor que siempre interpreta a psicópatas, y Tandy, una actriz que recibe numerosas ofertas para hacer papeles de putilla.

Toqué el timbre. No acudió nadie. Llamé de nuevo y oí un grito ahogado. Luego un hombre abrió la puerta.

—¿Qué?

Tenía un aspecto horrible: pelo salvaje, mirada salvaje, olor espantoso. Parece que este Nick es un actor que sigue el método Stanislavski.

—Soy Gracia, y tú debes de ser Nick.

—¡Y tú debes de estar chiflada! —gruñó el tipo—. Nick vive en la puerta de al lado.

—Ah… vaya… lo siento.

¿Entiendes ahora cuando digo que hago fatal mi trabajo? ¿Te imaginas que fuera el arcángel Gabriel? Probablemente llamaría a la casa equivocada y le diría a la mujer equivocada que es la madre de Dios. Nunca conseguiré grandes cosas si sigo así.

Avancé una puerta y me abrió una mujer que supuse que era Tandy. Me miró de arriba abajo y, cuando comprobó que ella estaba más delgada, se relajó visiblemente y sonrió.

—Pasa.

Era muy, muy bonita, pero podía entender por qué siempre le ofrecían papeles de prostituta. Tenía los labios tan inflados que parecía que le iban a reventar y estaba flaca como un fideo, salvo por un par de tetas enormes que, sin duda, pertenecían a otro cuerpo.

—Nick, ven a saludar a nuestra nueva compañera de piso —gritó.

Llegó Nick. Le eché una ojeada y recordé el séptimo pecado. ¡Lujuria!

—Hola —dijo distraídamente.

¡Holaaaaa!

Moreno, desgarbado, de constitución ágil y mirada distante del tipo «no vive en esta dirección». Me pregunté, por curiosidad, si yo era su tipo. Me parezco un poco a esos ángeles de la pintura renacentista, pero sin la aureola, las alas y la desnudez. No hay por qué asustar a la gente, me digo siempre. Pero tengo todo lo demás: pelo rubio y rizado, rostro redondo de mejillas sonrosadas y un cuerpo algo más entrado en carnes de lo que gusta en Los Ángeles.

Inopinadamente, de la habitación de Nick salió una chica. Estaba llorando.

—Nick —imploró, tratando de agarrarse a él. Era de ojos negros, pelo sedoso y cuerpo menudo. De repente, deseé fervientemente ser ella.

—Cuídate, nena. —Nick la condujo firmemente hasta la puerta—. Ya te echo de menos.

—Pero… —insistió la muchacha. Nick la besó dulcemente en la frente al tiempo que conseguía depositarla en el rellano.

Por la forma en que Tandy me miró, con los ojos en blanco, deduje que la escena se repetía a menudo.

Nick cerró la puerta, esperó, se puso rígido al oír una explosión de aullidos y llantos y se relajó al ver que nada ocurría. La muchacha se había ido para lamerse sus heridas en otra parte.

—¿Por qué siempre hago daño a la gente que quiero? —preguntó a nadie en particular antes de marcharse distraídamente de la sala.

De repente me alegré de no ser esa chica exquisita.

—Granola —dijo Tandy—, ven a conocer a Gracia.

Entonces reparé en un pequeño terrier blanco que estaba sentado en una cesta con actitud expectante. Me estaba mirando como hipnotizado. ¡Ja! Podrás hacer creer a la gente que eres humana, pero los animales funcionan a otro nivel. Granola sabía que había algo muy raro en mí.

—¿Qué ocurre, cachorrito? —preguntó Tandy sonriendo—. Bueno —dijo, encogiéndose de hombros—, sé un maleducado si quieres. ¿Te apetecería salir esta noche y atiborrarte de martinis y tarta de queso con fresas, Gracia?

—¡Me encantaría!

Se había apoderado de mí ese sentimiento de soledad, de añoranza del hogar. Atiborrarme de martinis y tarta de queso con fresas era justamente lo que necesitaba.

Más tarde, cuando nos disponíamos a salir, le conté a Tandy que me había equivocado de apartamento.

—¿Qué? ¿Llamaste a la puerta del loco Karl? —Estaba horrorizada—. Es un alcohólico y está como una cabra. Siempre le está aullando a la luna, como un lobo. Aunque últimamente está muy tranquilo —añadió cuando pasábamos por delante de su puerta. Sonaba casi decepcionada.

Subimos al coche y partimos entre palmeras que se dibujaban contra el horizonte. El sol estaba bajando y el cielo era una paleta de colores. El azul claro daba paso a un azul oscuro y luminoso donde las primeras estrellas empezaban a brillar como diamantes.

Fuimos a un bar de Sunset. Era un lugar moderno, vibrante, lleno de gente guapa. Si no hubiera estado con Tandy, jamás habría entrado, me habría intimidado.

Nada más sentarnos, un tipo atractivo que se había fijado en Tandy nos envió una botella de champaña.

—Devuélvasela —dijo Tandy al camarero. Luego me miró—. No quiero nada con él, de modo que no sería justo.

—Ah, vale.

Frente a martinis de diferentes sabores, conocí la historia de Tandy. Provenía de una familia rica e intelectual de la costa Este. Su hermana mayor tenía un doctorado en algo que impresionaba mucho, se las arreglaba para llevar una casa y era muy buena al tenis. Su hermana menor había ganado sus primeros cuatro millones creando una página web que vendía unos bolsos preciosos y era tan buena montando a caballo que, de haber querido, podría haber formado parte del equipo olímpico. La familia al completo estaba espantada con la decisión de Tandy de convertirse en actriz y más espantada aún de que estuviera haciendo trabajos temporales mientras esperaba su gran oportunidad.

—Es duro pertenecer a una familia donde todos son perfectos menos uno —suspiró.

¡Dímelo a mí!

—¿Y qué me cuentas de ti? —preguntó Tandy—. ¿También eres actriz?

Me habían dado una identidad completa, un poco como hace el Programa de Protección de Testigos. Al parecer, soy actriz; pero, dado que mis dimensiones son algo generosas, mi currículum solo muestra personajes secundarios: la mejor amiga gordita, la jovial compañera de trabajo gordita, la extraña compañera de piso gordita. «Gordita» es el denominador común.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Tandy.

Me quedé muda. ¿Qué edad tenía? En tiempo real, varios cientos de milenios, pero para Los Ángeles… ¿Qué me habían dicho?

—No importa —susurró Tandy—. A mí me pasa lo mismo. Mi currículum dice veintidós, pero tengo unos cuantos más.

—Los llevas muy bien.

—Bueno, veintisiete —reconoció con un suspiro.

—Y yo veintinueve. —Acababa de recordarlo.

—Como yo.

Nos miramos con simpatía y decidimos pedir otra ronda de martinis. Lo estaba pasando muy bien, pero no debía olvidar que estaba allí para trabajar.

Tuve mi primera oportunidad cuando fuimos al servicio para retocarnos el maquillaje.

Tandy me tendió un frasquito.

—¿Quieres un poco de Envidia?

¡Envidia! Uno de mis siete pecados capitales.

—¿Me estás diciendo… que en este frasco… hay Envidia?

Tandy giró la etiqueta y la examinó burlonamente.

—Eso dice.