Un poco de pasión y otros cuentos de fútbol

Ana Maria Moix

Reunimos por primera vez tres cuentos de Ana María Moix dedicados a una de sus pasiones: el fútbol.

¿Qué pasa si un día, de repente, sucede que dejas de sentir los colores de tu equipo? ¿Es posible mantener el control sobre tus emociones mientras sigues un partido decisivo para los tuyos? ¿Existe alguna actividad más apropiada que el fútbol para socializar a un hijo…?Ana María Moix reúne por primera vez en esta colección tres tentativas de explicar una pasión tan irracional como el fútbol. O la literatura.

Relajante. Ante todo, ver un partido de fútbol retransmitido por televisión le resulta relajante. Sumamente re-la-jan-te. Y, así, silabeándolo en voz baja y con pausada entonación, pronuncia el término al repetirle a su mujer que, al contrario de lo que ella parece dar a entender con sus reiterativos ¡tranquilo, hombre, tranquilo, seguro que ganan el título!, a él, ver un partido de fútbol en casa, sentado cómodamente en un sillón frente al televisor, le resulta muy, pero que muy re-la-jan-te. Y si, a veces, da muestras de inquietud, no se debe al hecho de seguir la marcha del encuentro con excesivo apasionamiento, ni al cero a cero indicado en el marcador, sino, precisamente, a los insistentes no te pongas nervioso de su mujer, ilógicos a todas luces tras una convivencia matrimonial de veinte años, período de tiempo más que suficiente para que cualquier esposa —y así se lo dice a ella— pueda apreciar el talante sosegado del hombre que tiene al lado.

La pasión no es sentimiento acorde con su ideal de vida, ni con el temple requerido para afrontar cuantos impertinentes problemas le plantean quienes le rodean. No es hombre de talante quebradizo, expuesto al nocivo efecto de los súbitos accesos emocionales que suelen desestabilizar el carácter de un hombre hecho y derecho. Consciente de dicha verdad, lamenta no poder inculcársela a su mujer. Lejos quedan los tiempos en que intentó hacerlo, y lejana su renuncia a seguir intentándolo dado el poco entusiasmo con que ella se aplicaba a la labor de comprender los altos razonamientos que estructuraban la manera de pensar y de actuar del que era su propio cónyuge. Allá ella, se dice; si no quiere o no puede entender, que no entienda. Pero deja de repetir sandeces, le grita él, ahora, para evitar volver a oírle decir que no se ponga nervioso cuando todos sus allegados saben de sobra que nunca, nunca, ha sido él hombre proclive a perder los estribos ante las adversidades de la vida, y, menos, ante la posibilidad de que su equipo resulte perdedor en el partido de fútbol que está presenciando en casa, cómodamente sentado en un sillón, frente al televisor. Y, además, admitiendo que dicha posibilidad se cumpliera, ¿es sensato calificar de adversidad un resultado negativo?, ¿en qué cabeza cabe semejante exageración?, se dice —y le diría a su mujer, de no ser consciente de su comprobada incapacidad para comprenderle—, ¿qué clase de persona hay que ser para permitir que el buen o mal temple de uno dependa del resultado de un partido de fútbol? Por supuesto que por nada del mundo se hubiera hoy perdido el encuentro entre los dos máximos rivales del campeonato de liga, pero —¡ay!, ¿cómo metérselo a ella en la sesera?— no por propio placer, sino para poder, mañana, compartir la experiencia con sus compañeros de oficina. Y porque le resulta relajante, muy relajante. Es más, le resulta altamente benéfico desde el punto de vista anímico. Tanto que incluso olvida la incomodidad que le produce la presencia de su mujer revoloteando por la estancia y aconsejándole calma. Y, generoso como es, la invita a sentarse a su lado para que también ella contemple el soberbio espectáculo. Quizá, se dice llevado por esa dulce euforia que le invade frente al televisor —y que, por supuesto y según piensa, no está relacionada con ese magnífico gol que acaba de marcar el interior izquierda de su equipo—, quizá, se repite, se decida a explicarle, una vez más, que a él el partido en sí no le importa en absoluto, que tanto le da que gane o pierda su equipo, y que su empeño en ver el encuentro obedece a un deber de amistad: ¿qué mejor gesto de solidaridad puede tener con sus compañeros de oficina, el lunes por la mañana, que el de sumarse a la polémica siempre originada por el partido del domingo?, ¿qué mejor prueba de afecto hacia los demás que aceptar, o simular aceptar, como propios sus aficiones, intereses y necesidades? Bien es cierto que, para conseguirlo, resulta imprescindible una cualidad poco común consistente en saber ponerse en la piel del otro. Cualidad que requiere imaginación y, también generosidad. Sí, eso es, imaginación y generosidad, se repite autocomplacido por sus reflexiones. Imaginación para adivinar cómo es el prójimo al que uno desea complacer y cuáles son sus deseos y necesidades; y generosidad porque para ponerse en piel ajena hay que olvidarse de la propia. Le encantaría poder explicárselo a su mujer; pero ¿qué va a decirle a una persona que ni siquiera es capaz de ver que él no está irritable, que nunca está irritable y menos ahora, precisamente ahora que su equipo acaba de marcar el segundo tanto?, ¿qué puede explicarle a una mujer que confunde euforia con crispación y no entiende que si se sirve un segundo whisky no es, como ella dice, porque piensas que te relajará, cuando sabes, debieras saber por experiencia, que lo que hace es alterarte más, sino para festejar ese glorioso segundo tanto de ese estupendo interior izquierda de su equipo? Cualquiera le habla de imaginación y generosidad, dos de las cualidades más evidentes del carácter de ese marido que Dios le ha dado y a quien ella no se ha tomado la molestia de intentar conocer ni comprender. No quiere romper la promesa que se ha hecho a sí mismo de no violentar la paz familiar por nada del mundo pese a lo ocurrido con su hija mayor y su amigo, novio o lo que sea; de lo contrario, podría reprocharle ahora mismo a su mujer qué cree ella que sucedería en ese remanso de paz que era su hogar si él, en lugar de ser un hombre tranquilo y reflexivo, fuera una especie de energúmeno capaz de alterarse por el resultado de un partido de fútbol. Si no se ha alterado por la noticia, por la visita a comisaría, por la visita a los abogados, ¿cómo va a perder el control de sus nervios ahora ante el partido de la máxima rivalidad? Cierto que está en juego el campeonato, o, mejor dicho, estaba en juego, porque con ese tres a cero a favor de su equipo —¡sí, tres, ya van tres!—, el título está más que ganado. Pero, aun en el supuesto de que la suerte se torciera, y sería torcerse mucho, hay que saber perder y resignarse, y saber apreciar el aspecto positivo de las cosas, por desagradables que a veces puedan ser. Y son. Desagradables, muy desagradables son a veces. ¿A quién le gusta tener a una hija en la cárcel de un país extranjero por drogadicción? ¿Quién no se sentiría desesperado al enterarse, por teléfono, como a él le ha ocurrido hoy, que su hija mayor y su novio o amigo o lo que sea, no estaban aprendiendo inglés en Londres sino atiborrándose de estupefacientes en un país asiático? Cualquiera, cualquier garabato de hombre que no tuviera la cabeza donde hay que tenerla. Sobre todo, si ese mismo garabato de hombre hubiera recibido aquella misma mañana la puñalada trapera que ha recibido él: una carta, una inmunda carta, de la no menos inmunda mujer que, hasta ayer, es decir, hasta hace veinticuatro horas, ha sido su amante, su secretaria, su colaboradora, su apoyo en el trabajo, en la cama, en todo, en casi todo lo que conforma la vida de un hombre.