Un rostro en la multitud

Stephen King / Stewart O'Nan

El viudo Dean Evers se pasa las tardes frente al televisor viendo un partido de béisbol tras otro. Un día empieza a reconocer rostros de personas de su pasado entre las gradas.

Desde la muerte de su mujer, Dean Evers se pasa las tardes apoltronado en el sofá viendo partidos de béisbol. Durante una de estas tardes solitarias, mientras mira un partido de los Devil Rays contra los Mariners, la visión de una figura entre las gradas lo saca de su letargo. Dos filas detrás de la multitud, en el asiento asignado a un invitado especial, alguien le mira fijamente desde el otro lado del televisor. Es el rostro de una persona de su pasado, de hace décadas, de alguien que no debería estar en un partido de béisbol ni tampoco en ningún lugar de este planeta. Y así empiezan a desfilar por la pantalla personas de su pasado. Hasta que un día aparece la más terrorífica de todas…

El verano que siguió a la muerte de su esposa, Dean Evers se aficionó a ver béisbol en televisión. Como muchas aves migratorias procedentes de Nueva Inglaterra, era un hincha de los Red Sox que había huido de las tormentas del noroeste hacia la costa del golfo de Florida y había adoptado como segundo equipo magnánimamente a los Devil Rays, por aquel entonces unos consumados paquetes. Cuando era entrenador en liguillas de barrio nunca le había entusiasmado el deporte, nunca le había obsesionado como a su hijo Pat; sin embargo, ahora, noche tras noche, mientras el colorido ocaso teñía el cielo al oeste, se descubría poniendo el partido de los Rays en la tele para llenar su apartamento vacío.

Sabía que no era más que una forma de matar el tiempo. Había estado casado con Ellie cuarenta y seis años, para lo bueno y para lo malo, y no tenía a nadie que recordara esos tiempos. Había sido ella quien lo había convencido para que se mudaran a St. Petersburg, y entonces, menos de cinco años después de que cambiaran de casa, a Ellie le dio una apoplejía. Lo terrible era que estaba en muy buena forma. Acababan de jugar un tonificante partido de tenis en el club. Ellie había vuelto a ganarle, lo que significaba que él pagaba las copas. Estaban sentados bajo una sombrilla, tomando unos gin-tonics helados, cuando Ellie hizo una mueca y se llevó una mano a un ojo.

—¿Demasiado frío? —preguntó Evers.

Ella se quedó inmóvil, sentada frente a él y mirando con su otro ojo fijamente a lo lejos.

—Ellie —dijo Evers al tiempo que alargaba el brazo para tocar su hombro desnudo. Más tarde, aunque el médico dijo que era imposible, recordaría que tenía la piel muy fría.

Ellie cayó de bruces contra la mesa, derramando las copas y haciendo que acudieran camareros, el director del club y el socorrista de la piscina, que le apoyó con suavidad la cabeza sobre una toalla doblada y se arrodilló junto a ella para controlarle el pulso hasta que llegó la ambulancia. Había perdido la movilidad de la parte derecha del cuerpo, pero estaba viva, que era lo importante. Solo que muy pronto, ni siquiera un mes después de que acabara la fisioterapia y volviera a casa para la rehabilitación, Ellie sufrió un segundo ictus fatal mientras Evers la duchaba, una escena que se repetía tan a menudo en su mente que Evers tuvo que mudarse. Y así fue como acabó allí, en un bloque de apartamentos en la costa donde no conocía a nadie y cualquier pasatiempo era bienvenido.

Cenaría mientras veía el partido. Ahora se preparaba él la cena. Se había hartado de comer solo en restaurantes y de gastarse el dinero en comida para llevar. Todavía estaba aprendiendo lo básico. Sabía hervir pasta, hacer un filete a la plancha y cortar un pimiento rojo para completar una ensalada de bolsa. No tenía ninguna gracia y, a menudo, el resultado lo desmoralizaba; no disfrutaba con aquello. Esa noche le tocaba una chuleta de cerdo adobada que había comprado en un supermercado Publix. Bastaba con ponerla en una sartén caliente, pero Evers nunca sabía cuándo la carne estaba hecha. Dejó la chuleta chisporroteando, preparó una ensalada y dispuso los cubiertos en la mesita de delante del televisor. La grasa del fondo de la sartén empezó a chamuscarse. Apretó la carne con el dedo para ver si estaba cruda, pero no lo tuvo claro. Cogió un cuchillo, le hizo un corte y salió sangre. Iba a costarle horrores limpiar la sartén.

Y cuando por fin se sentó y dio el primer bocado, la chuleta estaba dura.

—¡Qué horror!—se regañó—. Desde luego, no eres el chef Ramsay.

Los Rays jugaban contra los Mariners, por lo que las gradas estaban vacías. Cuando el equipo visitante eran los Red Sox o los Yankees, el Tropicana se llenaba; en cualquier otro caso, permanecía desierto. En los malos tiempos de antaño tenía sentido, pero ahora el equipo era un contrincante serio. Mientras David Price corría entre la alineación, Evers vio con desaliento que varios espectadores hablaban por el móvil en los asientos acolchados de detrás de la base meta. Como era de esperar, un adolescente empezó a mover los brazos como un náufrago, de modo que cabía suponer que saludaba a alguien que estaba viendo el partido desde casa.

—Mírame —dijo Evers—. Salgo en la tele, luego existo.

El chico saludó durante varios lanzamientos. Quedaba justo encima del hombro del árbitro, y, cuando Price sirvió una bola con efecto hacia dentro, la repetición amplió la zona de strike y magnificó la sonrisa idiota del chaval, que movía los brazos a cámara lenta. Dos filas por detrás, sentado solo, con su bata blanca de médico y el ralo cabello engominado y peinado hacia atrás, tieso y estoico como un dios tiki, estaba el viejo dentista de Evers en Shrewsbury, el doctor Young.

Su madre siempre lo llamaba «Young Dr. Young», el joven doctor Young, porque el hombre ya era mayor incluso cuando Evers era un crío. Había sido marine en el Pacífico, y cuando regresó de Tarawa había perdido parte de una pierna y toda la esperanza. Había dedicado el resto de su vida a vengarse, pero no con los japoneses, sino con los niños de Shrewsbury: en su consulta, hurgaba en sus esmaltes buscando puntos débiles con la implacable punta de su gancho de acero inoxidable y les pinchaba en las encías.

Evers dejó de masticar y se inclinó hacia delante para ver si de verdad era él. Pelo engominado hacia atrás, frente alta como el monte Rushmore, gafas bifocales de culo de botella y labios finos que se volvían blancos cuando hacía fuerza con el taladro… Sí, era él, y no había envejecido ni un solo día desde la última vez que lo había visto, hacía más de cincuenta años.

Era imposible. Debería de tener como mínimo noventa años. Pero Florida era un humidificador repleto de hombres de su edad, muchos de ellos bien conservados, casi momificados bajo su guayabera y su bronceado.