Uno a uno

Antonio Skármeta

Un hermoso y terrible encuentro poético, y sexual, casi la misma cosa, en «Uno a uno», la voz de Skármeta se vuelve sueño para hablarnos de la vida y la muerte.

El escritor y Teresa, o la rubia que finge hablar en noruego en el hotel Carrera de Santiago de Chile, protagonizan este relato en el que el amor, la pasión, la palabra y la muerte desatenta cobran vida en la realidad y en la metáfora.«Uno a uno» forma parte del volumen de cuentos Tiro libre, publicado en Argentina en 1973, dos meses antes del golpe de Pinochet y que nunca circuló en Chile.

Metí la rubia a un taxi y el chofer neurótico que no me golpee las puertas que no me vaya a vomitar los tapices. Tuve ganas de comprarle el coche y tirarlo a patadas. En venganza, le indiqué que nos llevara al Carrera. Apreté mis manuscritos y al evocar sus palabras, no me pareció tan mal la imagen de publicar con el dinero del hipódromo una docena de relatos. Iba a meter a la rubia al Carrera, a la suite nupcial, y después de tirármela le leería mis obras completas chupando huesos de faisán y arañándole las nalgas.

Los porteros tenían cara de tipos saludables y aficionados a la hípica, y la rubia comenzó a dar señales de vida justamente cuando uno de ellos abría la puerta y yo vengo y le tiro cincuenta de a mil, y para mi sorpresa, a la vista del Carrera, haciéndose cargo de la situación la rubia adoptó un aire de walkiria, tiró con un gesto la cabellera sobre una de sus orejas, y simplemente barrió con el mundo cuando pisó la alfombra hasta el cuarto de recepción. Discretamente le sugerí que me hablara en noruego, y mientras nos daban la llave, me dijo una serie de obscenidades en un idioma lleno de kas y ves, que me excitó y perturbó un vago acento extranjero que fingí por si acaso. Pero lo peor de todo fue que mientras firmaba el libro ella insistía en juguetear con el cierre metálico de la bragueta y yo no podía controlar la risa, y menos mal que el empleado creyó que yo very happy de estar en Chile, ja-ja, y me regaló un mapa Esso de Santiago. En represalia, yo le pedí el teléfono de la cocina para agenciarme un faisán o algo tan aparatoso, y me dijo que él se hacía cargo, que no había faisán pero que podía mandarme un tarro de caviar si gustábamos, por supuesto que gustábamos, y gustábamos una botella de champán que no fuera Valdivieso, y gustábamos estar desnudos de una vez estudiándonos la respiración sobre alguna alfombra.

En el ascensor un peruano nos convidó cigarrillos negros y ya por el décimo piso necesitábamos algo de beber para pasar su impacto. Cuando llegamos a la pieza, el peruano se alejó por el pasillo ejerciendo y murmurando toda clase de cortesías y frases de adiós exactamente como si estuviéramos en un aeródromo, y nosotros movimos la cabeza y farfullamos varias cosas amorfas, hasta que se lo tragó un recodo del pasaje. El camarero abrió la puerta y antes que la cerrara ya me había despojado de la camisa y añorado un trago. Teresa me condujo a la ventana y le eché mi aliento en la nuca. El paisaje de la plaza era siniestroso pero el vidrio me supo fresco a la frente, y nos quedamos quietos mirando los autos estacionados, con una pena más teatral que nada, hasta que tomó forma en mí la desazón de estar frente a una desconocida, que estaba ciertamente borracha aunque tuviese una aguda conciencia de los grandes momentos, que era sin duda menor de edad, aunque no virgen a juzgar por la pericia de sus manos, y por otra parte, o me equivocaba mucho o me gustaba otra mujer que no era ésta, sino otra por la que me había roto un pómulo y magullado una ceja no más anoche en una fiesta, y se había parado una paloma en el saliente de la ventana, y desde afuera para adentro, desde Santiago hasta la coronta de mis huesos, se hizo ineludiblemente domingo. Primero, por el centro casi desierto; luego las galas azules y los velos esparcidos, el ancho de los periódicos bajo el brazo de los ancianos impecablemente afeitados con una cadena de oro circundándoles las panzas, un programa de radio Minería que entregaba los ránkings musicales de la semana, encabezados por Sandro. Ahora mismo la gente escucha radio en sus casas y hace el amor con la espalda olorosa a las sábanas en que tuvo amores más fantásticos y violentos y ardorosos que los conyugales, y hacer el amor en la mañana es como un anticipo de algo, como una sinopsis de muerte, como un prólogo excelente de un mal libro, y el aroma de las empanadas, la tibieza de pan, el agricolor de los trajes de las abuelas, el aire de solemne celebración, de celebración de mierda, de celebración de un tiempo perdido que no interesa recuperar a nadie excepto a los cobardes, a los niños de la infancia tierna cuando tenían una buena teta en la mandíbula, a los propagandistas del primer y único útero, el de la santa madre, a los que aman el amor pero no lo practican, a los fanáticos de la muerte y de los alcoholes grises que creen de verdad que haber nacido alguna vez tiene algo más que la menor importancia, a los insaciables buceadores de sí mismos que se ahorcarían las tripas si se encontraran.

Estos domingos tan de popelinas y organdíes tan aldeanos en la metrópoli, llenas las manos de intenciones, de claudicaciones, de tango y sentimiento de barrio, de tranvías y amantes, de tías abuelas, tan de pájaros gastados y tanto pantalón corto y la garganta inflamada y fútbol en la radio, el desaliento de subirse a una micro e ir a la cancha, este andar entre las paredes tomándose el pico hasta irritarse, tan ansiosos de hablar con alguien, con una muchacha de catorce años una noche que los padres ignoran que no está en casa, un domingo de plaza comunal casi anocheciendo, irse por los alrededores charlando palabras ruborosas, con mucha mano en el bolsillo y mucho mirar las estrellas, y tirarse seco por el suspiro y la respiración agitada, y satirizar la banda de la plaza, comenzar a encontrarse por el repertorio de la música popular, por el odio a las matemáticas (que esto sea en Antofagasta), por los Baños Municipales, el Auto Club o las Almejas, por la Mistral o Neruda, por Frankie Laine o Gatica, por Brando o Douglas, por una pitada de cigarrillos «Ópera» papel dulce compartido en un zaguán reventado de luna y con cañerías goteando y la piel erizada, y poner la mano en su mejilla, y en sus ojos, y rozar apenas sus senos, y caer fulminantemente enamorado contra una pared de adobe, y reírse y correr a dejarla a casa, tropezando y estrellándose contra los buzones y los barquilleros y los milicos y los microbuses, como si el amor fuera algo importante, como si entregarse a amar fuese de una vez y para siempre todo, como si acaso se pudiera tirar toda la cochina vida entre divanes y suspiros, entre miradas y citas furtivas, entre acicalarse y actuar inteligentemente, como si fuera el cuento de nunca acabar, como si la vida no fuera una perfecta desmembradora, una puta que deshilacha lo que teje para enterrarte las garras en la carne, y pedir cuenta a tu cabeza y tu sangre de lo que eres, y alejarte, alejarte de todo, el único modo de quedar doblado frente a tu imagen, y rematar tu narcisismo bebiendo un agua tan inodora e insípida como cualquier otra, sólo que tu imagen será más anciana, con los pulmones revueltos, con el hígado taladrado, con los riñones yermos, con el pene fláccido.