Viaje de bodas / Las tres muchachas

Cesare Pavese

Estos cuentos, escritos en la época más fructífera de Pavese, son capaces de cruzar fronteras para instalarse en el ánimo del lector y plantearle preguntas incómodas, que le obligan a revisar su idea del mundo.

Con sus escasos ahorros un hombre indiferente y una mujer enamorada se dirigen a Génova de viaje de bodas. Un domingo tres muchachas muy diferentes se reúnen en el río para dar un paseo en barca, al final del desastroso paseo Lidia recupera súbitamente la profunda sensación de libertad que había perdido.

Ahora que, a fuerza de cardenales y remordimientos, he comprendido cuán necio es rechazar la realidad a cambio de fantasías y pretender recibir cuando no se tiene nada que ofrecer, ahora Cilia está muerta. A veces pienso que, resignado al trabajo y a la humildad como vivo ahora, sabría adaptarme con gozo a aquel tiempo, si volviera. O quizá sea esta otra de mis fantasías: maltraté a Cilia cuando era joven y nada debía agriarme, la maltrataría ahora por la amargura y el malestar de una mísera conciencia. Por ejemplo, aún no me ha quedado claro del todo en estos años si de veras la quería. Ahora la echo de menos, no cabe duda, y la hallo en el fondo de mis pensamientos más íntimos; no pasa un día sin que hurgue dolorosamente en mis recuerdos de aquellos dos años, y me desprecio por haberla dejado morir, sufriendo más por mi soledad que por su juventud; pero —lo que importa— ¿la quise de veras, entonces? Ciertamente no del modo sereno y consciente que se debe amar a una mujer.

En verdad, le debía demasiadas cosas, y no sabía corresponder sino con ciegas sospechas sobre sus motivos. Y por suerte mi innata ligereza no supo hundirse en estas turbias aguas, y entonces me contentaba con una instintiva desconfianza y negaba peso y cuerpo a ciertos pensamientos sórdidos que, acogidos en el fondo del alma, me la hubieran envenenado del todo. De todas formas, ciertas veces me preguntaba: ¿por qué se habrá casado Cilia conmigo? No sé si lo que me proponía la pregunta era la conciencia de una recóndita valía mía, o de una profunda ineptitud; el caso es que cavilaba.

No cabía duda de que era Cilia quien se había casado conmigo, no yo con ella. Aquellas tardes de abatimiento transcurridas en su compañía paseando sin tregua por las calles, llevándola del brazo, fingiendo desenvoltura, proponiendo en broma saltar juntos al río —no daba yo mucha importancia a estas ideas, porque estaba acostumbrado— la trastornaron y la enternecieron, tanto que, de su sueldo de dependienta, quiso ofrecerme una pequeña suma para sostenerme mientras buscaba un trabajo mejor. No quise el dinero, pero le dije que me bastaba con encontrarme con ella por la tarde, aunque no fuéramos a ningún sitio. Así fuimos resbalando. Empezó a decirme con mucha dulzura que me faltaba una compañía digna con la cual vivir. Y que yo daba demasiadas vueltas por las calles, y que una mujer enamorada habría sabido arreglarme una casita tal que, solo con entrar en ella, me pondría alegre, por cansado o disgustado que me hubiera dejado el día. Traté de contestar que ni siquiera solo apenas lograba salir adelante, pero sabía bien que esa no era la razón.

—Entre dos se ayudan —dijo Cilia— y ahorran. Basta con quererse un poco, Giorgio.

Yo estaba cansado y abatido esas tardes, Cilia era cariñosa y seria, con el bonito abrigo que se había hecho ella y el bolso agrietado. ¿Por qué no darle aquella alegría? ¿Qué mujer más apropiada para mí? Conocía el trabajo, conocía las privaciones, era huérfana de obreros; no le faltaba un talante activo y grave, más que el mío, de eso estaba seguro.

Le dije divertido que si me aceptaba brusco y haragán como era me casaría con ella. Estaba contento, aliviado por el calor de la buena acción y por el valor que descubría en mí.

—Te enseñaré francés —le dije.

Ella me respondió riendo con sus ojos humildes y colgándose de mi brazo.

II

En aquellos tiempos me creía sincero y puse también en guardia a Cilia sobre mi pobreza. Le advertí que apenas ganaba para vivir al día y que no sabía lo que era un sueldo. El colegio donde enseñaba francés me pagaba por horas. Un día le dije que, si pretendía alcanzar una posición, debía buscar a otro. Cilia me ofreció enfurruñada seguir trabajando de dependienta.

—Sabes perfectamente que no quiero —rezongué.

Con estas disposiciones nos casamos.

Mi vida no cambió sensiblemente. Cilia ya había venido antes algunas tardes a estar conmigo en mi cuarto. El amor no fue una novedad. Cogimos dos habitaciones atestadas de muebles; el dormitorio tenía una ventana clara, a la que acercamos la mesa con mis libros.

Cilia sí se convirtió en otra. En mi fuero interno, había temido que una vez casada mostrara un vulgar desaliño que me imaginaba que su madre había tenido, y en cambio la encontré incluso más atenta y fina que yo. Siempre arreglada, siempre aseada; hasta la pobre mesa que me preparaba en la cocina tenía la cordialidad y la atención de aquellas manos y aquella sonrisa. Su sonrisa, en efecto, se había transfigurado. Ya no era la de la dependienta que hace una escapada, entre tímida y maliciosa, sino el trepidante aflorar de una íntima alegría, sosegada y solícita a la vez, seria, sobre la flaca juventud del rostro. Yo experimentaba una sombra de resentimiento ante aquella señal de una alegría que no siempre compartía. Se ha casado conmigo y se lo pasa en grande, pensaba.

Solo por la mañana, al despertarme, mi corazón estaba sereno. Volvía la cabeza de su lado, en la tibieza, y me acercaba a ella, que dormía o lo fingía, y le soplaba en el cabello. Cilia, riendo soñolienta, me abrazaba. Tiempo atrás, en cambio, mis despertares solitarios me helaban y me dejaban acoquinado mirando el tenue resplandor del alba.

Cilia me amaba. Una vez levantada, para ella se iniciaba una nueva alegría: moverse, poner la mesa, abrir ventanas, mirarme a hurtadillas. Si me sentaba a la mesa, andaba a mi alrededor con cautela para no molestar; si iba a salir, me seguía con la mirada hasta la puerta. A mi regreso, se ponía en pie con rapidez.

Había días en que no volvía a casa de buen grado. Me crispaba pensar que inevitablemente la encontraría esperándome —aunque ya sabía simular desinterés—, que me sentaría a su lado, que le diría más o menos las mismas cosas, o a lo mejor nada, y que nos miraríamos incómodos, y sonreiríamos, y lo mismo al día siguiente, y lo mismo siempre. Bastaba un poco de niebla o un sol gris para empujarme a tales pensamientos. Otras veces era una límpida jornada de aire claro o un destello de sol sobre los tejados o un perfume en el viento el que me envolvía y arrobaba y me rezagaba por las calles, reacio ante la idea de no estar ya solo y no poder vagabundear hasta la noche y comisquear en una taberna al final de una avenida. Con lo solitario que siempre había sido, no traicionarla ya me parecía hacer mucho.