Vive sin drogas

Julián Herbert

Una epopeya sin héroe que da cuenta, con humor y furia, del lado áspero de la vida.

En 2006 Julián Herbert recibía el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola por los relatos contenidos en Cocaína (Manual del usuario). Bajo el título común Vive sin drogas ofrecemos aquí dos de esos relatos, breves epopeyas sin héroes que dan cuenta, con humor y furia, del lado áspero de la vida y son una pequeña muestra de la obra, tensa y afilada, de uno de los nuevos talentos de la narrativa actual.”Vive sin drogas I” y “Vive sin drogas II” forman parte de la antología de relatos titulada Cocaína (Manual del usuario).

Estaba en el baño, cortándome las uñas de los pies, cuando sonó el timbre. Adela salió de la recámara y me pidió a señas que no abriera. No le hice caso. Bajé los escalones. Al llegar al último detuve la vista en mis dedos gordos ennegrecidos por el polvo. Alzando el pie derecho, pude apreciar la raya oscura que marcaba el dobladillo de mi piyama.

—De seguro es la señito que me recomendaron para el aseo —dije en voz alta, aunque más bien para mí que para Adela.

Al cruzar la sala, eché un vistazo al reloj de pared: las ocho y media. Me quedaba una hora para llegar al laboratorio. Cuando corría el segundo cerrojo, escuché la voz de Rodrigo al otro lado de la puerta.

—Órale, flaco.

El metal frío de la perilla giró entre mis dedos. Me volví hacia el interior de la casa y dije:

—Es Rodrigo.

—Pues claro —respondió él, todavía afuera.

Cuando lo tuve frente a mí noté que también sostenía la perilla, como si me ayudara a desplazar la puerta. Entró a la casa y, sin mirarme, se instaló en el sofá. Echó los brazos a lo largo del respaldo.

—¿Con quién hablabas?

—… Solo.

Traía puesto el uniforme de Telmex y unas botas negras con suela de goma. De su cinturón pendían objetos negros y cromados. Con la mano derecha, arrugaba y desarrugaba un montoncito de papeletas. Con la izquierda, alternativamente, se acomodaba el copete lacio o se atusaba su bigotito de general alzado en armas. Recordé mi ridículo aspecto en piyama y bajé la vista. En el piso me topé nuevamente con un par de dedos gordos mugrosos.

—¿Te tocó este rumbo?

—Sí. Me dieron seis líneas de reparación y una reinstalación. Ya me eché la primera. Se me hace que hoy acabo pronto.

Sin dejar de atusarse el bigote, miró hacia las escaleras. Se hizo un silencio. Me di cuenta que era yo quien debía iniciar la plática. Pero no se me ocurría nada.

—¿Cómo está Adela?

—Bien. Salió temprano. Dijo que iba a donde unas maestras, a cobrar lo del Avon. Tú le debes, ¿no?

—Ajá. Unos desodorantes.

—¿Y no ha venido?

—No, cómo crees —dije, secándome el sudor de las manos en el pantalón de la piyama—. ¿Tan temprano?… No, ahorita no. A lo mejor en la tarde.

—A lo mejor. Pero ya ves cómo se me está volviendo madrugadora la vieja. —Miró de nuevo hacia las escaleras—. Con lo huevona que era para levantarse.

Luego se concentró en el polvo acumulado en sus botas.

—Seguro que te busca hoy porque… Bueno, no sé si te comentó: vamos a hacer una carne asada y queremos que nos prestes tu parrilla.

Le di la espalda y caminé hacia la cocina.

—Ah, órale… No me dijo nada.

Enchufé la cafetera. Luego estudié mi rostro en el cristal del trastero. Parecía mi misma imagen de todos los días, pero no podría asegurarlo porque, como luego dicen, uno nunca llega a conocerse lo suficiente. Además el cristal estaba lleno de polvo y cochambre.

Me recargué en el umbral de la cocina y miré hacia el sofá. Rodrigo estudiaba detenidamente la punta de sus botas.

—¿Quieres un café? Yo ya casi me estoy yendo al trabajo.

Antes de responderme sacó del bolsillo un trozo de franela y se limpió ambos empeines. Como si lo imitara, regresé a la cocina y pasé la manga de mi piyama por el cristalito del trastero.

—No, flaco. Ni te molestes. Nomás vine a usar tu baño.

Me volví, entre sorprendido y nervioso. Alcancé a ver cómo, con un suave giro de muñeca, Rodrigo devolvía el trozo de franela al bolsillo.

—Híjole…

—¿Qué?… ¿Estás ocupado?

Lo dijo con la expresión y el tono de voz de quien deveras teme ser inoportuno. Seguía sin mirarme a los ojos.

—No, no. Cómo crees. Nomás que estaba cortándome las uñas y dejé un montón de costras regadas por el piso. Dame chance de limpiar.

—¿Para qué? —replicó, encaminándose a las escaleras—. Si nomás voy a cagar. Yo también tengo que volver a la chamba.

Preferí quedarme en la planta baja.

Amortiguados por las suelas de goma, escuché sus pasos sobre los escalones. Percibí cómo abría la puerta de la recámara y luego la del clóset. Sólo después de esta inspección se metió al baño. Durante unos minutos, los únicos ruidos de la casa fueron sus espaciados carraspeos, algunos pedos y el tintineo del cinturón al rozar el piso de mosaico. Por último el agua del inodoro corrió gorgoteando.

El rumor sordo de las botas se aproximó escaleras abajo. Rodrigo fue hasta el sofá. Encorvándose, recogió sus arrugadas papeletas. Por primera vez en todo aquel rato, clavó su vista en mí con una mirada que yo no le conocía. Una mirada seca.

—¿Entonces, qué? —preguntó, volviendo el rostro hacia la puerta.

—¿De qué cosa?

—La parrilla, flaco. ¿Nos la vas a prestar?

—Ah. Sí. Ahorita la tengo arrumbada, no sé ni dónde está. Pero mañana a mediodía paso a dejártela.

—O igual y yo me doy una vuelta tempranito. Me tomo un rato al empezar la chamba.

Otra vez su mirada se clavó en mí con esa especie de resolana baldía. Di media vuelta y, de cara al reloj, dije:

—Diez para las nueve.

—Sí. Ya se te está haciendo tarde. —Se acercó y me palmeó el hombro—. Sale pues: ahí quedamos pendientes.

Pensé acompañarlo a la puerta, pero sólo atiné a seguir contemplando las manecillas. Escuché el clic de la cerradura. No sé cuánto tiempo estuve así, pensando en el modo tan… elegante. Sí: el modo tan elegante que tenía Rodrigo de limpiarse las botas. Como si el overol de Telmex y las ganas de cagar no fueran nada en comparación con esa pulcritud, la maestría para trazar el giro de la muñeca, el trapito de franela tan ceremonioso aunque estuviera pudriéndose de mugre.

Adela bajó y se plantó frente a mí con el maquillaje deshecho y el cabello enredado, lleno de telarañas. Se acariciaba un rasguñito sangrante que le surcaba la mejilla. Me dijo que era un ojete, que había abierto la puerta adrede para humillarla, que no quería verme nunca más. Quise preguntarle dónde se había escondido pero no me dio oportunidad: dando un portazo, salió detrás de su marido.

Hay una frase que siempre quise decir. Comienza así: «Llega un momento en la vida de un hombre en que…».

Pero mi vida tiene demasiados momentos. No me refiero a los felices, ni a los definitivos, ni a los desvergonzados, ni mucho menos a esos que mi Ex llamaba «inolvidables». Yo hablo de lo que realmente me importa. Por ejemplo: en la casa de asistencia donde vivo la puerta del baño tiene un agujero en lugar de cerradura. Cada mañana, cuando me siento en la taza y miro hacia el pasillo, donde siempre hay un inquilino esperando su turno, me pregunto: «¿Por qué las cosas tienen que ser así?»… Claro que no he pasado mi vida sentado en la taza del baño.